El Primer Latido
La semilla dormía en la tierra oscura de mi vientre,
como un secreto guardado entre páginas de un libro antiguo
que nadie había leído todavía.
Las raíces buscaban agua en los ríos de mi sangre,
mientras el tiempo tejía redes invisibles
alrededor de tu forma que crecía sin prisa ni temor.
Mi piel se estiraba como el cielo al amanecer,
cuando el sol pinta de rosado las nubes que flotan
sobre campos de trigo maduro.
Cada latido tuyo era una campana lejana
que resonaba en los valles de mi cuerpo,
anunciando la llegada de una primavera
que nunca había conocido.
Mis manos aprendieron a tejer suéteres diminutos,
mientras las noches se hacían largas
como caminos de tierra que no terminan nunca en ninguna parte.
El hilo azul se enredaba entre mis dedos torpes,
formando nudos que deshacía una y otra vez
hasta que la prenda quedó lista
para abrigar tu piel recién nacida.
Las estrellas miraban por la ventana entreabierta,
como testigos silenciosos de una ceremonia
que solo las madres comprenden
en la soledad de sus habitaciones.
Mi alma se expandía como el mar
cuando la luna lo llena de agua salada
que sube y baja sin descanso,
marcando el ritmo de las mareas eternas.
Construí puentes de canciones
entre tu mundo líquido y el aire que te esperaba
con brazos abiertos, como árboles que ofrecen sombra
al viajero cansado.
Cada piedra era una palabra dicha en voz baja
al oído de mi propia sombra,
que caminaba a mi lado por pasillos de hospital
con olor a limpio.
Los planos se dibujaban solos en mis sueños,
mostrando habitaciones llenas de luz
donde tú jugarías con bloques de madera
pintados de colores vivos.
Mi cuerpo era el andamio que sostenía
el edificio más frágil que jamás se haya construido,
con materiales que se rompen si se tocan con fuerza.
Zarpé hacia aguas desconocidas sin mapa ni brújula,
guiada solo por el viento que soplaba
desde el interior de una concha marina
que guardaba tu eco.
Las olas mecían mi barco de huesos y piel,
mientras las gaviotas gritaban desde acantilados blancos
que se perdían en la niebla de la mañana temprana.
El horizonte se movía cada vez que tú te girabas
dentro de ese océano oscuro
donde flotabas como un pez
que aún no conoce la luz del sol.
Mi sangre era la marea que te empujaba hacia la orilla,
donde alguien con mi rostro te esperaba
con mantas secas y manos temblorosas.
Transformé el pan en tu cuerpo y el agua en tu sangre
mediante procesos misteriosos
que la ciencia explica, pero que el corazón siente
como magia pura.
Los metales pesados de mis cansancios
se convertían en oro
cada vez que sentía tu pie patear las paredes
de tu primera habitación provisional.
Los elementos se mezclaban en mi interior,
formando compuestos nuevos
que no existían en ninguna tabla periódica
ni en libro de química alguno.
Mi respiración alimentaba fuegos invisibles
que mantenían caliente el horno
donde se cocía lentamente el pan de cada día
de tu existencia futura.
Velé sueños que aún no eran tuyos
pero que vendrían después,
como visitantes que tocan la puerta sin avisar
y se quedan a vivir para siempre.
Las noches eran largas vigilias junto a una hoguera
que ardía sin consumirse,
consumiendo solo mis miedos
y transformándolos en cenizas blancas.
Los pájaros cantaban anunciando la lluvia,
y sus melodías entraban por la ventana
colándose hasta nuestro refugio,
recordándome que la vida siempre continúa.
Mi voz era la luz que mantenía alejadas las sombras
que se arrastraban por el suelo,
buscando rendijas por donde colarse
hasta tu sueño inocente.
Ahora te tengo en brazos
y pesas menos que el aire que respiramos los dos,
unidos por un cordón invisible
que no se corta con tijeras de plata.
Tu boca busca lo que mi cuerpo produce,
como manantial que no se agota
aunque beban de él todos los niños del mundo
durante siglos enteros.
Mis ojos se llenan de agua clara
cada vez que tú me miras,
reconociendo en mi rostro el paisaje
que viste durante meses a través de aguas turbias.
He dejado de ser una para convertirme en dos
que caminan juntas por senderos de tierra roja
donde crecen flores que perfuman el camino
con su aroma a esperanza y futuro.
—Luís Barreda/LAB
Glendale, California, EUA
Enero, 2024.
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Autor:
Luis Barreda Morán (
Online) - Publicado: 18 de febrero de 2026 a las 00:36
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

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