CONFESIONES DE UN CURSI
Yo también escribí
“amor eterno”
con escarcha tipográfica.
También puse lunas
donde no había cielo,
y rosas
donde apenas había costumbre.
Le llamé “alma”
a un hábito compartido,
“destino”
a la pura coincidencia,
“para siempre”
a lo que duró
lo que dura el entusiasmo sin facturas.
Fui ese poeta
de balcón prestado
y metáfora en alquiler.
Mi amada entonces
no sudaba,
no discutía,
no tenía pasado digestivo
ni memoria incómoda.
La mantuve
en vitrina lírica,
alimentada con adjetivos de algodón.
Y aplaudían.
Oh, cómo aplaudían
mi ternura pasteurizada.
Yo servía corazones
en bandeja de rima fácil,
con jarabe de promesa
y una cereza de “siempre”
arriba.
Hasta que un día
el amor real
entró con la verdad en carne viva:
olía a cansancio,
a miedo,
a platos sin lavar
y a deseo contradictorio.
No rimaba.
Se sentó en mi poema
y dejó pelos,
silencios,
preguntas sin música.
Intenté corregirlo.
Le puse luna.
No funcionó.
Le puse rosa.
Se pudrió.
Le puse eternidad.
Se rió.
Entonces entendí:
yo no escribía amor,
escribía su souvenir.
Y quemé
mis jardines de utilería,
mis besos con luz de estudio,
mis “tú y yo contra el mundo”
de papel satinado.
Desde entonces
cuando escribo “amor”
me lavo las manos.
No por pureza:
por miedo.
Porque sé
que todavía puedo
volver a endulzarlo
para que me quieran.
Y ese —
ese que falsifica la herida
para volverla postal—
es el cursi
que aún me habita.
-
Autor:
Wii (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 18 de febrero de 2026 a las 00:21
- CategorÃa: Reflexión
- Lecturas: 1

Offline)
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. RegÃstrate aquà o si ya estás registrad@, logueate aquÃ.