Quise odiarlo, sabe.
Pero entre la parte prefrontal de mi encéfalo, sabía que yo era el daño, la falla en la encrucijada en la que usted abrió la puerta sin yo forzar la cerradura.
Quise odiarlo y repugnar cada parte que lo conforma, sabe.
Pero entendí que cada parte que intentaba odiar era cada parte de algo que me había hecho daño antes y usted nada ahí.
Cuatro paredes y yo llorando.
Llevo cinco años de no recordarlo.
Me refiero a todo.
Cinco años y después de eso, un mes quizá, llorándole a todo.
A los niños, a los parques, a los relojes, al puto perro de la calle.
Prendía un cigarro y le lloraba a la llama.
Desde entonces me volví pirómana de la nostalgia.
Usted no lo supo.
Cuando me alejé, probablemente piense que alguien besaba mis labios rotos con sabor a hiel.
Cada vez que eso pasa, nadie toca el rededor de mi yo, mucho menos de mi ser.
Son solo palabras en mi cabeza que no me dejan salir de la cama. Son solo recuerdos que me reprimen por la mañana, no soy la respuesta a todo lo que usted ha soñado con que yo iba ser.
Es entonces cuando quiero odiarlo, a usted, al mundo, al vientre de mi madre donde muerta hubiese deseado que me hubiesen sacado.
Quisiera odiarlo, pero no hay razón.
No existe la órbita que lo circule a mi odio eterno para no volverlo a ver jamás.
Usted es una parte que construye y yo una parte que se destruyó.
No hay un nosotros.
No existió jamás una mano entrelazada entre su pulso y mi yo.
Por cuando dije que lo quería, probablemente estaba hablándole a la idea de querer sentir algo más allá de la infamia de ser yo.
Quisiera odiarlo para dejar de sentir que un abrazo suyo podría complementar todos mis males.
Pero eso se sana de a poco y, a modo de comprensión, y yo, termino siempre escribiendo un cambio que jamás existió y después ya no.
Nos miento.
Cada vez que recaigo entiendo que la última vez fue solo un ensayo.
Lo siento.
Cada tocar fondo se vuelve más hondo que el hoyo mismo donde se perdió la cuenta cada vez que digo ya no.
Quisiera odiarlo, pero con odiarme tengo suficiente.
¿Por qué?
Porque soy yo.
Por la incapacidad que he tenido de retener algo cuando ya se fundió.
Por ser ese bicho del que habla Nietzsche sobre que pide amor con la incapacidad de dar amor.
Quisiera odiarlo, pero estoy ensayando nuevamente con aprender qué es la reconstrucción, un círculo del que probablemente caeré nuevamente y, sin embargo, nunca acaba la ilusión.

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Comentarios1
NUNCA PIENSES EN LA CAIDA... NO TIENE SENTIDO... PIENSA EN REUNIR PRONTO FUERZAS PARA SEGUIR LUCHANDO...
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