La Amenaza de las Islas de Obsidiana
El amanecer en Áureo despertó con un matiz enfermizo, tiñendo las nubes de un ocre mustio. Un presagio inusual de que las leyes naturales estaban siendo alteradas. Bajo la guía infalible de Ako, el Águila Irisada, el Bajel Celeste soltó amarras, dejando atrás los muelles de nácar para adentrarse en los confines de un mapa tridimensional. A medida que ganaban altura y distancia, la vitalidad del aire se transmutó en una espera gélida. Se adentraban en el Mar de las Tormentas, un cementerio de espuma negra poblada por sargazos amorfos que, en lugar de flotar en la corriente, derivaban por el cielo absorbiendo las ondas sonoras. En aquel vacío acústico, cualquier palabra moría antes de ser pronunciada, creando la quietud absoluta que precede a la aniquilación.
—¡Virad a estribor cincuenta grados! —chilló Ako desde la cofa del palo mayor, sus plumas emitían destellos de advertencia—. ¡Virad rápido o caeremos dentro de un maelstrom generado por la colisión de aquellas corrientes del vacío!
Titania conectada mentalmente a la nave, entornó los párpados. A través de un vínculo telepático, hizo girar la rueda de cabillas con la sola fuerza de su voluntad. Apenas unos minutos después, el espacio mismo se rasgó: un vórtice de antimateria casi invisible succionó las nubes justo donde el barco había estado flotando un momento antes. El vacío siseó por la pérdida de su presa. Solo la visión de largo alcance de Ako, capaz de detectar las distorsiones físicas antes de que llegaran a materializarse, les permitía navegar por aquel laberinto de peligros acechantes.
Al cruzar el umbral de las Islas de Obsidiana, el paisaje se transformó en una aberración euclidiana y hostil. Allí, la geografía no conocía curvas. Las islas eran poliedros perfectos que flotaban desafiando la gravedad. Enormes geometrías de piedra volcánica levitaban en el vacío, chocando entre sí con un estruendo seco que se adentraba hasta la misma médula de los huesos de la tripulación.
De las sombras angulares de estas islas emergieron los Fractales de Lava: antítesis de la vida y carentes de biología. Unos algoritmos físicos formados por conjuntos poligonales en constante reconfiguración que drenaban la realidad a su paso. Su ataque sigiloso no buscaba herir la carne. En contacto con su presencia, despojaba a los organismos celulares de su información, color y, finalmente, de su memoria, reduciéndolo todo a ceniza volcánica inerte.
La sorprendente visión global de Ako, detectaba la procedencia del peligro antes de que cruzara el plano material.
—¡Vienen por el flanco ciego de popa, a ras de la línea de flotación! —advirtió Ako, descendiendo en un picado audaz—. ¡Akelia, prepárate para el choque, en cinco segundos!
Akelia, cuya videncia le permitía predecir el punto exacto del impacto en el presente inmediato, dio la orden crítica:
—¡Leñador, a tu espalda! El ataque surge de la sombra del mástil. El Leñador, cuyos músculos poseían la densidad de mastodonte antiguo, pivotó sobre sus talones con una agilidad que desafiaba su envergadura. Descargó su poderosa hacha contra aquella amenaza apenas tangible. Al contacto con el filo de la pesada herramienta mágica, el fractal estalló en mil fragmentos de magma oscuro que se evaporaron antes de tocar la cubierta.
La coordinación de la tripulación era excelente. Desde la altura, Ako señalaba los peligros, mientras Akelia, en la cubierta de popa, dirigía las maniobras de combate. El Leñador repelía los embates. Titania concentraba toda su energía en mantener la estabilidad e integridad estructural de la nave frente a la presión del enemigo. El equipo repelió este primer asalto con clara facilidad, y continuaron la ruta hacia la negras lavas volcánicas que ya se veían cercanas en el horizonte.
En el centro exacto del archipiélago se alzaba la isla madre: un corazón de carbón que ardía rodeado de un frío absoluto. Era el dominio de la Sombra Geométrica. Repentinamente, una red de rayos deslucidos envolvió el Bajel Celeste, inmovilizándolo por una red de gravedad artificial que hacía crujir el casco de secuoya ancestral.
—El Brote, Titania... —silbó Ako, planeando hasta acercase al hombro del hada—. La rígida ley de la geometría solo puede quebrarse con la fluidez de la hermosa proporción Áurea, el crecimiento y desarrollo ordenado de la naturaleza. La vida es la única variable que este sistema no puede calcular.
Titania extrajo apresuradamente de sus ropas verdes el Brote de Sincronía. El escudo protector otorgado por la Arborigenia. La pequeña flor de hierro y ámbar comenzó a proyectar una potente línea de luz fija, cálida y orgánica que seguía la leyes feéricas de su propio corazón.
—¡Ako, busca el punto de fuga! !El punto más débil! —ordenó Titania, sintiendo cómo un frío áspero trepaba por sus extremidades.
El ave fijó sus ojos de rubí en el cráter de la isla madre, analizando las líneas de fuerza.
—¡Allí! En el vértice donde todos los ángulos convergen para sostener esta construcción sinóptica de las islas. ¡Allí está! En el cráter mismo. ¡Dispara la frecuencia! ¡Ahora!
Titania disparó un rayo de energía orgánica a través del cáliz del Brote de Sincronía. El resultado fue una espiral áurea de colores oníricos, una forma de crecimiento infinito que penetró violentamente en la estructura artificial. El sistema de las islas, incapaz de procesar la complejidad de una curva perfecta y viva, sufrió un derrumbe crítico.
En el interior de la caldera del volcán, la configuración de la Sombra Geométrica sufrió un colapso devastador. El sistema no pudo procesar la complejidad de la forma orgánica y todo el basalto negro se fragmentó con el estruendo de un millón de rocas volcánicas estallando todas a la vez.
La escena fue una explosión de seca desolación; nada quedó en pie. Las Islas de Obsidiana se desmoronaron y se hundieron en las profundidades de su propio magma, perdiendo su cohesión y convirtiéndose en una simple mancha de polvo volcánico flotando a la deriva de la nada. La oscuridad que amenazaba con apagar las dimensiones soleadas retrocedió aterrada, dejando tras de sí una visión limpia, serena y purificada.
El Bajel Celeste, aunque con algunas de sus velas rasgadas, conservaba el armazón intacto, desplazándose victorioso.
El Águila Irisada sacudió sus plumas, recuperando su esplendor cromático.
Titania dejó caer los brazos, agotada. El Brote de Sincronía aún calentaba su mano, enviando pequeños destellos de calidez a través de sus dedos entumecidos. Ako descendió de la cofa y se posó suavemente sobre la batayola de arce rojo, a escasos palmos del hada. El águila no la miraba a ella, estudiaba el rastro de polvo volcánico que antes fue un archipiélago.
—¿Lo has sentido, ¿verdad? —preguntó Ako, con una voz que esta vez sonaba algo más pausada y amable—. No era solo piedra flotante. Era un intento de borrar el dibujo del mundo.
Titania asintió, frotándose las sienes. —Era... frío. Pero no el frío de la nieve, Ako. Era el frío de un libro en blanco donde alguien ha borrado todas las palabras escritas.
El Águila Irisada giró su cabeza blanca, observando fijamente a la ninfa capitana. Sus ojos reflejaban el espectro completo de colores que el magma había intentado devorar.
—La Sombra Geométrica no quiere conquistarnos, Titania. Quiere simplificarnos. Para esos fractales, tu magia es un error de cálculo y tu corazón de bondad es un ruido innecesario. Por eso la Espiral Áurea los destruyó; la vida es demasiado compleja para ser contenida en las rigurosas aristas de un cuadrado.
—Me preocupa el Brote —confesó ella en un susurro, mirando la pequeña flor de ámbar—. Ha crecido, pero se siente... insatisfecho. Como si al defendernos hubiera captado una carencia y ahora necesitara un catalizador mejor para complementar su fuerza.
Ako extendió una de sus alas, rozando levemente el hombro de Titania en un gesto de consuelo poco común en su naturaleza altiva.
—Es la carga de lo que está vivo. Para no ser relegados por la nada, debemos seguir creciendo, aunque el mapa no se extienda más allá de sus coordenadas. Sin embargo, recuerda: mi vista puede encontrar el camino, pero solo tu voluntad puede mantener el barco unido cuando el curso se desvanece.
Titania esbozó una sonrisa cansada y guardó el Brote cerca de su pecho.
—Esta perfidia ha sido desplazada, pero no destruida —advirtió Ako con su voz de arpa, mirando hacia el amplio horizonte—. Ha huido hacia las misteriosas Tierras de las Coordenadas, donde el sonido se convierte en piedra y las palabras arden.
Titania examinó el Brote de Sincronía en sus manos; la flor de ámbar efectivamente había crecido un poco más y ahora exhalaba un suave aroma a pino y olas de mar.
La vida ganaba terreno. Habían vencido al primer gran empuje de la rigidez cuadrada, pero el mapa aún guardaba secretos que ni siquiera el sol de Áureo se atrevía a desvelar.
Ako, el Águila Irisada, se elevó sobre las alturas y oteó el horizonte vigilando el acecho de nuevas vicisitudes.
*Autores: Nelaery & Salva Carrión
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Autor:
Salva Carrion (
Offline) - Publicado: 13 de febrero de 2026 a las 10:07
- Comentario del autor sobre el poema: Autores: Nelaery & Salva Carrión
- Categoría: Sin clasificar
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