Canto a California

Luis Barreda Morán

Canto a California

Desde el norte, donde el oso pardo encuentra su último refugio en bosques de secuoyas milenarias,
se extiende la tierra que el Pacífico baña con espuma de siglos y acantilados de niebla eterna;
donde la cordillera Klamath guarda en sus pliegues el misterio de tribus antiguas y ríos cantores,
y el monte Shasta levanta su frente nevada sobre el valle de Sacramento que despierta entre almendros,
mientras la lluvia dibuja en la piedra el mapa de una geografía que es pura poesía de contrastes.

Al oeste, la costa se quiebra en ensenadas que reflejan la luz como espejos de sal y granito;
San Francisco despliega su puente como un arpa de acero cuyas cuerdas vibran sobre la niebla,
sus colinas alfombradas de casas victorianas que trepan como hiedras hacia el cielo cobalto,
y el Golden Gate teje un abrazo de óxido entre dos orillas que se encuentran en un abrazo de viento y acero,
mientras Alcatraz es una lágrima pétrea que el viento lima con paciencia de oleaje perpetuo.

Hacia el sur, la costa se torna más dulce con playas de arena que lamina el sol en cada atardecer;
Santa Bárbara se viste de misiones y buganvilias en un sueño colonial de tejas rojas y campanas mudas,
y más allá Los Ángeles se despereza en una llanura donde las palmeras son dedos que señalan el infinito,
una ciudad que no tuvo centro hasta que inventó la luz para dibujar sus avenidas en la noche,
y las montañas de San Gabriel vigilan como ancianos que recuerdan cuando todo era chaparral y arcilla.

En el valle de San Joaquín, la tierra es una herida fértil que sangra almendras y pistachos cada primavera;
los canales de Hetch Hetchy llevan el deshielo de la Sierra hasta los grifos de una sed metropolitana,
y los tractores escriben surcos paralelos como versos de una épica agrícola que alimenta continentes,
mientras Fresno sueña con sus viñedos y Bakersfield escucha el lamento de los pozos petroleros,
y el algodón se mece en un mar blanco que las cosechadoras devoran con hambre de industria.

La Sierra Nevada es una espina dorsal de granito que sostiene el cielo con sus picos de doce mil pies;
Yosemite abre sus paredes de cuarzo donde el Capitán contempla su rostro en el espejo del valle,
y las cascadas son venas que palpitan con el latido del deshielo en junio, una música de vidrio roto;
Half Dome ofrece su frente cortada al sacrificio de los siglos y la devoción de los alpinistas,
y en sus profundidades los lagos tienen el color de los ojos de los dioses que nunca abandonaron estas cumbres.

Al este, el desierto de Mojave extiende su paciencia mineral bajo un sol que calcina las horas;
Joshua Tree levanta sus brazos en una plegaria que el viento traduce con arenilla y silencio,
y Death Valley es el cráneo caliente donde la temperatura escribe récords en un idioma de espejismos;
Badwater se hunde en la sal como un recuerdo de mares que huyeron cuando la tierra se estiró,
y en la noche las estrellas caen sobre este territorio como polen luminoso de una flor cósmica.

En Los Ángeles, el asfalto es una piel que cambia de color según la hora y la colonia que transita;
sus freeways son ríos de metal que arrastran sueños en carrocerías de todos los años y todos los orígenes,
desde Boyle Heights, donde el sonido del tamalero anuncia la mañana con olor a masa y comino,
hasta Este de Los Ángeles, donde los murales cuentan historias que los libros de texto olvidaron encuadernar,
y en cada esquina la Virgen de Guadalupe observa desde azulejos pintados con fe doméstica.

La comunidad hispana es el río más profundo que atraviesa esta ciudad de ciudades sin memoria;
sus raíces se hunden en la época de las misiones, cuando el padre Serra plantó cruces de madera frágil,
y crecieron con la llegada de los pachucos, que vistieron el zoot suit como armadura contra el desprecio,
y florecieron con César Chávez, que enseñó que la uva puede ser símbolo de dignidad cuando se cosecha con justicia,
y hoy sus ramas cobijan a quienes cruzan el desierto con la esperanza pegada a la suela de los zapatos.

En el Mercado de Olvera, el pan dulce se alinea en vitrinas como hostias de una religión cotidiana y mestiza;
las taquerías guardan el secreto de la salsa que hace arder los labios y despierta la memoria de los abuelos,
y el mariachi afina su trompeta en garajes donde la música es un idioma que no necesita traducción,
mientras las quinceañeras posan en fotografías que congelan el instante justo antes de convertirse en mujer,
y el español se mezcla con el inglés en una cadencia que solo entienden quienes crecieron entre dos lenguas.

En Hollywood, el letrero es una cicatriz blanca en la colina que anuncia fábricas de ficción y paraísos inventados;
los estudios guardan en sus bóvedas las huellas digitales de Chaplin y la sonrisa de Marilyn fijada al celuloide,
y en las aceras del Paseo de la Fama cada estrella es una lápida que celebra a quienes murieron para ser inmortales,
pero también hay quienes filman con teléfonos la realidad de un vecindario que nunca sale en la pantalla grande,
y el cosmopolitismo es este roce constante de acentos que se entrelazan como hilos de un tapiz infinito.

Santa Mónica extiende su muelle sobre el océano como un dedo que señala el horizonte hacia el sol poniente;
Venice guarda en sus canales el eco de los sueños europeos que un hombre quiso transplantar a la arena californiana,
y los skaters escriben coreografías urbanas en el asfalto liso de las pistas junto a la playa,
mientras Malibú esconde tras sus portones la soledad elegante de quienes pueden comprar el silencio,
y el Pacífico besa la orilla con lengua de sal que lame la herida que separa a esta tierra de Asia.

Hacia el sur, San Diego despliega su bahía como un abanico de aguas donde la Armada ancla sus navíos grises;
Coronado es un castillo de arena que el turismo moldea cada verano con palas de selfies y bronceadores,
y la frontera es una cicatriz que sangra familias separadas por el alambre y la burocracia,
pero Tijuana y San Diego se miran a los ojos sobre la línea que es más un chiste que una verdad geográfica,
y el español se escucha en los pasillos de La Jolla con el mismo acento que en las colonias del sur.

En el condado de Orange, los campos de fresas guardan las manos morenas que doblan el lomo bajo el plástico;
Santa Ana recibe a quienes huyen de la violencia con el mismo silencio con que recibió a los soldados,
y Anaheim es el reino de lo efímero donde un ratón de orejas redondas vende felicidad envasada,
mientras Huntington Beach cabalga olas que fueron de los tongva antes de ser de los surfistas,
y la arquitectura de las misiones se repite en centros comerciales como un eco de la fe mercantil.

Silicon Valley inventa futuros en garajes que se convirtieron en imperios de chips y algoritmos;
San José extiende sus suburbios como raíces de un árbol que creció demasiado rápido hacia el cielo,
y Cupertino guarda en una manzana mordida la promesa de comunicar al mundo sin mover los labios,
mientras Palo Alto recuerda a los beats que escribieron poemas en servilletas antes de la era digital,
y la innovación es este vértigo de crear dioses de silicio que algún día pedirán cuentas a sus creadores.

Sacramento duerme entre dos ríos que traen el oro de la sierra y la ceniza de los incendios estivales;
su capitolio es un templo neoclásico donde las leyes se escriben con tinta de compromisos y lobbies,
y en Old Sacramento los trenes ya no silban, pero los rieles aún apuntan hacia el oeste prometido,
mientras los hmong cultivan sus verduras en parcelas que son Vietnam recreado en suelo americano,
y el delta del Sacramento-San Joaquín es una esponja que filtra la historia de toda esta geografía sedienta.

Napa Valley guarda en sus barricas el alma fermentada de la uva que aprendió a ser vino en estas colinas;
Sonoma despliega sus viñedos como manteles verdes sobre mesas de montañas suaves y redondeadas,
y el vino es esta metáfora líquida que envejece con dignidad mientras las etiquetas se vuelven leyendas;
los catadores pronuncian palabras como taninos y bouquet con la solemnidad de un ritual religioso,
y la tierra entrega su esencia en cada copa que atrapa la luz de un atardecer entre cepas doradas.

Big Sur es un suspiro de la costa, cuando la montaña se asoma al abismo y descubre su reflejo en el océano;
la carretera uno se aferra al acantilado como una cinta que la geografía no puede despegar,
y los elefantes marinos roncan en las playas con la placidez de quienes no tienen prisa por llegar a ninguna parte;
las secuoyas costeras alargan sus cuellos para ver el Pacífico desde la bruma que las envuelve de misterio,
y en Pfeiffer Beach la arena es púrpura como la tinta con que Dios firmó este tramo de su creación.

El condado de Humboldt es un pulmón verde donde las secuoyas guardan la memoria de mil inviernos;
Eureka conserva en sus maderas victorianas el orgullo de los pioneros que talaron el paraíso para construir casas,
y más al norte el río Smith corre libre, sin represas que sujeten su voluntad salvaje de llegar al mar;
los pescadores lanzan sus redes al salmón que remonta la corriente como un guerrero que vuelve a casa,
y en el horizonte se dibuja la silueta de Oregón como un promontorio que anuncia el fin de este reino californiano.

En el centro de todo está este mosaico de personas que no comparten origen, pero sí el mismo sol:
armenios que hornean pan en Glendale con recetas que cruzaron el mar Negro en la memoria de sus abuelas;
coreanos que encienden neones en Koreatown como faros para quienes navegan la noche urbana sin brújula;
etíopes que celebran el meskel en Fairfax con el incienso que perfumaba las colinas de Adís Abeba;
y filipinos que encierran en el adobo el sabor de un archipiélago que nunca dejaron de mirar hacia el oeste.

Los ángeles de la ciudad tienen nombres de santos en los letreros de las calles que se pierden en el valle:
San Fernando guarda en su misión la huella de los tongva que vieron llegar las barbas y las armaduras;
San Gabriel esconde en sus campanas el eco de los primeros naranjos que plantaron los frailes españoles;
San Pedro abre sus muelles al comercio que trae contenedores de sueños fabricados en el otro lado del mundo;
y Santa Anita es el hipódromo donde los caballos galopan como metáforas de una riqueza que siempre se aleja.

En las fábricas de Vernon, el ritmo de las máquinas compone una sinfonía industrial con acento hispano;
los obreros cosen telas que vestirán cuerpos que nunca conocerán sus nombres ni sus manos callosas,
y en los almacenes de City of Industry los pasillos son laberintos donde la mercancía espera su destino,
mientras en Pasadena el Rose Bowl es un escenario donde el deporte derrama su liturgia dominical,
y la economía es esta red de hormigas que transporta hojas más grandes que su propio peso sin preguntar por qué.

El desierto de Anza-Borrego guarda en sus rocas los petroglifos de quienes leyeron este paisaje antes de la escritura;
Salton Sea es un error geológico que la naturaleza corrige con lentitud de evaporación y sales tóxicas,
y en el Imperial Valley la lechuga nace bajo plásticos que imitan el invernadero del Edén;
los canales traen el agua del Colorado que once estados disputan con abogados y amenazas,
y la tierra cultivada es una deuda que se paga con cosechas mientras el río mengua como una vena que se cierra.

En las montañas de San Bernardino, el senderista busca la paz que la ciudad le niega entre sus calles numeradas;
Lake Arrowhead es un espejo donde las vacaciones se reflejan con casas de madera y muelles privados,
y Big Bear guarda en sus pistas la nieve que los ángeles bajan a tocar cuando el smog lo permite;
los osos negros husmean en los contenedores con la dignidad de quienes fueron dueños de toda esta montaña,
y el aire tiene esa transparencia que solo se encuentra a una hora de distancia del caos y a mil metros del nivel del mar.

California es este poema que nunca termina, porque cada día alguien escribe una nueva estrofa en su pavimento;
es la suma de todas las lenguas que han besado esta tierra desde que los primeros humanos cruzaron el estrecho;
es la contradicción de ser el sueño y la pesadilla, la sequía y la inundación, la mansión y el autoestacionamiento;
es la geografía que se hizo nación dentro de otra nación, con sus propios dioses de celuloide y sus propios profetas de silicio;
y en Los Ángeles, corazón de esta Babel de sol y smog, la comunidad hispana late como un ventrículo que bombea memoria hacia cada extremidad de este cuerpo llamado California.

— Luis Barreda / LAB
Los Ángeles, California, EUA
Enero, 2024.

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  • Autor: Luis Barreda Morán (Online Online)
  • Publicado: 13 de febrero de 2026 a las 00:27
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 2
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