LA MUJER QUE PARÍA SOMBRAS
Leyenda colombiana
En los pueblos ribereños del Magdalena Medio, donde el río arrastra más secretos que peces y el calor envejece antes que las personas, hubo uno que todavía aparece en los mapas viejos con tinta corrida: San Gregorio de la Ciénaga. Era un caserío levantado sobre pilotes torcidos, con casas que crujían como si soñaran de pie y un aire espeso que sabía a óxido y fruta sobremadura. Allí el tiempo no avanzaba: fermentaba.
En San Gregorio vivía Efigenia del Socorro, mujer de vientre perpetuo y ojos vacíos, como si hubiera llorado toda el agua por dentro. Nadie recordaba haberle visto un hijo vivo, ni llanto de criatura, ni bautizo, ni tumba pequeña en el cementerio que se iba hundiendo poco a poco en la orilla. Pero cada luna nueva se la oía gemir como si el parto la partiera en dos, y el río —supersticioso y antiguo— bajaba su corriente para escuchar.
Decían que Efigenia no estaba encinta de hombres, sino de culpas.
Y el pueblo sabía de culpas. Porque San Gregorio fue fundado por Don Arcadio Valdivieso, que llegó una tarde con un baúl de monedas que no eran suyas y un nombre que tampoco lo era del todo. Lo ayudaron hombres que cambiaron de identidad para enterrar deudas, mujeres que aprendieron a callar para sobrevivir, y un cura que trajo la fe agujereada por la guerra. El pueblo nació con un silencio atravesado en la garganta.
Efigenia era hija de ese silencio.
Cuando hablaba —con una risa espesa como miel fermentada— decía que le gustaban los hombres desmedidos allá abajo, con buenas proporciones como si la exageración del deseo pudiera explicar la desmesura de su vientre. Los hombres del pueblo se miraban entre sí con sospecha, pero sabían en el fondo que ninguno era responsable. Lo que crecía en ella no obedecía a la carne sino a la historia.
Cada luna nueva el calor se volvía insoportable. Las paredes sudaban salitre, los espejos devolvían reflejos más oscuros de lo habitual y el río cambiaba su murmullo por una respiración cansada. Entonces llegaban las parteras: Dolores la Paciente, que representaba la resignación; Basilia la Curiosa, incapaz de guardar un secreto; y Nicomedes el Sacristán, que había perdido la fe, pero no el miedo.
Lo que nacía no era carne.
Era sombra caliente. Negrura con pulso. Humo con forma de niño que lloraba sin lágrimas y dejaba frío donde se apoyaba. Al tocarla, cada partera sentía su propio pecado: Dolores revivía la injusticia que no denunció; Basilia escuchaba multiplicados los chismes que arruinaron vidas; Nicomedes sentía las oraciones devolverse convertidas en ceniza.
Las sombras crecían alimentadas por los vicios del pueblo.
La primera fue la Avaricia, que aprendió a caminar robando monedas y recuerdos felices.
La segunda fue la Envidia, que hablaba con voz dulce para sembrar sospechas entre esposos y hermanos.
La tercera fue el Rencor, que no decía nada, pero enfermaba a quien sostenía su mirada.
Luego vinieron más: la Lujuria que confundía deseo con posesión; la Cobardía que cerraba bocas cuando era urgente hablar; la Mentira que se sentaba a la mesa como un pariente antiguo; la Soledad que dormía al lado de los vivos como un cadáver tibio.
San Gregorio comenzó a cambiar. El calor dejó de ser clima para convertirse en castigo. El río dejó de ser agua para volverse memoria líquida. Los niños jugaban con compañeros invisibles que sabían palabras demasiado viejas; los hombres amanecían con culpas que no recordaban haber cometido; las mujeres lloraban dolores heredados.
Efigenia, cada vez más frágil del cuello hacia arriba y más vasta del vientre hacia abajo, les hablaba a las sombras como si fueran hijos legítimos. Les daba nombres en voz alta —Remordimiento, Desprecio, Hambre, Olvido— y cada nombre les añadía peso, como si el lenguaje fuera carne tardía.
El pueblo decidió quemar su casa.
El fuego ardió tres días y tres noches. Pero el humo no subió al cielo: bajó. Se metió por las rendijas, entró en los pulmones, se acomodó detrás de los ojos. Cuando las llamas se extinguieron, las sombras ya no estaban afuera.
Estaban adentro.
Una madrugada sin gallos, Efigenia desapareció.
Solo quedó la cama caliente y una mancha negra en el suelo con forma de vientre abierto. Durante un tiempo, San Gregorio creyó haberse salvado. Las sombras dejaron de verse. Pero comenzaron a nacer niños con miradas demasiado antiguas. Hombres que, sin haber robado nunca, despertaban con monedas ajenas en los bolsillos. Mujeres que odiaban sin motivo, como si heredaran un rencor sin dueño.
El río empezó entonces a cobrar su memoria. Primero se llevó una casa. Luego el cementerio entero. Después el campanario, que se hundió doblando las campanas como si pidiera absolución bajo el agua. San Gregorio de la Ciénaga terminó siendo pilotes carcomidos y recuerdos flotando entre los lirios.
Años más tarde, río abajo, surgió otro pueblo: Santa Amalia del Vapor, fundado por familias que huían de una tierra que no quisieron explicar. Allí el calor envejecía antes que las personas. Allí el aire extrañamente también sabía a óxido y a fruta sobremadura.
Y también vivía una mujer de vientre perpetuo y ojos vacíos. Cada luna nueva se oía un gemido que partía la noche en dos. Y el río, por unos segundos, parecía escuchar.
Los viejos que sobrevivieron a San Gregorio guardaron silencio. Reconocieron el mismo olor, el mismo calor, el mismo error repitiéndose como una herencia inevitable.
Porque el Magdalena no olvida.
El Magdalena no perdona.
El Magdalena repite.
Y mientras haya pueblos levantados sobre secretos y culpas sin nombre, siempre habrá una mujer pariendo sombras en alguna orilla.
No importa cómo la llamen. Siempre será la misma.
JUSTO ALDÚ © Derechos reservados 2026
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Autor:
JUSTO ALDÚ (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 13 de febrero de 2026 a las 00:05
- Comentario del autor sobre el poema: La mujer que paría sombras (Leyenda del Magdalena Medio) En los pueblos ribereños del Magdalena Medio se cuenta, en voz baja y con las ventanas cerradas, que hubo una mujer llamada Efigenia, conocida por su vientre siempre abultado y sus ojos siempre vacíos. Nadie recordaba haberle visto un hijo vivo, pero cada luna nueva se la oía gemir como si el parto la partiera en dos. Decían que Efigenia no paría niños, sino sombras. Música original del ícono del Vallenato Leandro Díaz interpretada por Silvestre Dangond
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 26
- Usuarios favoritos de este poema: Ed-win, Lualpri, El Hombre de la Rosa, JoseAn100, Nelaery, Hernán J. Moreyra, Carlos Baldelomar, Poesía Herética, Freddy Kalvo, Jaime Correa, CARMEN DIEZ TORÍO, Javier Julián Enríquez, JUSTO ALDÚ, David Arthur, Mª Pilar Luna Calvo, Tommy Duque
- En colecciones: RELATOS.

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Comentarios9
Estimado amigo Justo...
Una vez más y como siempre, muchas gracias por compartir tus letras.
Fuerte abrazo!
Luis.
Gracias Luis por tu valiosa y esperada visita y comentario.
Gracias amigo.
Que tengas un buen día.
Esplendida y hermosa manera de versar leyendas de la mujer que paria sombras estimado poeta y amigo Panameño Justo Aldú
Recibe un abrazo de Críspulo desde España
El Hombre de la Rosa
Muchas gracias amigo Críspulo por tu amable visita, lectura y comentario.
Saludos hasta España.
Habladurías, resquemores, envidias.. En España, se dice pueblo pequeño, infierno grande. De eso va este extraordinario relato, por supuesto mas explicitado y narrado. También sobre la brujeria, creo.. que en sociedades antiguas era las culpables de muchos males.. Muchas gracias amigo. José Ángel.
Asi mismo José Angel, pero todo representa algo en nuestro entorno. Algún mal de los que se sufren y vemos. Aquí y alá y en muchos lugares también se tiene ese dicho.
El texto se inscribe claramente en el territorio de la ficción y del realismo mágico, donde la frontera entre lo cotidiano y lo sobrenatural se diluye con naturalidad. No estamos ante un testimonio histórico ni ante una crónica social literal, sino ante una leyenda construida desde la imaginación, alimentada por habladurías, resquemores y envidias que suelen crecer con fuerza en comunidades cerradas. Esa idea popular —“pueblo pequeño, infierno grande”— funciona como eje temático: el rumor se convierte en personaje y la sospecha en atmósfera.
Dentro de ese marco, la brujería aparece no tanto como práctica comprobable, sino como símbolo. En muchas sociedades antiguas, la acusación de brujería fue una forma de explicar desgracias colectivas o de canalizar miedos y tensiones sociales. El relato, al abordar ese elemento, dialoga con esa tradición histórica: la figura señalada como “bruja” suele ser más reflejo de prejuicios y temores que causa real de los males.
En conjunto, se trata de una narración que utiliza lo mágico como recurso literario para explorar conflictos humanos muy reales: la envidia, la desconfianza y el poder destructivo del rumor. Esa combinación de leyenda y crítica social le otorga profundidad y lo sitúa plenamente dentro de la estética del realismo mágico.
Es precisamente por la interpretación del lector que Los versos satánicos se volvió una afrenta contra el mundo musulmán, porque no se vio como ficción y construcción literaria.
Gracias José Angel por tu comentario,
Saludos
No, gracias a tí. José Ángel
¡ Qué interesante historia!
El pueblo callaba las culpas.
En principio fue originado por alguien que llevó dibero que no estaba limpio del todo.
Tenía un cura que perdió la fé a causa de la guerra.
Cada uno se sentía culpable de algo en secreto creando un clima de desasosiego.
En medio de todo, se encontraba una mujer que no tenía hijos, sino sombras: las de cada uno del pueblo, a la que cargaban con todos sus pecados.
Ella abandonó su casa.
Los del pueblo quemaron esa casa creyendo que se liberarían de las sombras y sospechas y el pueblo fue desapareciendo.
Pero, ni siquiera desaparecieron las culpas construyendo otro pueblo nuevo.
Porque las personas eran las mismas y cada una tenía sus propios errores.
Así sucede. Cada uno tenemos lo nuestro. S no lo solucionamos, esas sombras crecerán y repercutirán en otros.
Muchas gracias por hacernos reflexionar.
Saludos, Justo.
Muchas gracias Nelarery. Has captado con gran sensibilidad el corazón simbólico de la historia: la culpa colectiva, el silencio cómplice y esa necesidad tan humana de buscar un rostro donde depositar lo que no queremos reconocer en nosotros mismos. La imagen de la mujer cargando con “las sombras” del pueblo es especialmente poderosa, porque convierte el miedo y la conciencia en algo casi tangible.
También señalas algo esencial: quemar la casa no purifica a nadie. Cambiar de escenario no transforma la conciencia. Si las personas no enfrentan sus propios errores, las sombras viajan con ellas, crecen y terminan afectando a otros. Esa lectura aporta una dimensión moral y humana muy valiosa.
Gracias de verdad por tus palabras y por detenerte a pensar más allá del relato. Un saludo afectuoso.
Muchas gracias por lo que comentas, Justo.
Es eso mismo lo que pienso.
Un saludo afectuoso.
.Estimado compañero Justo, pañameño.Podrias armar un compilado de leyendas para ver el lado oscuro del ser humano.
Asi pasò con la Magdalena que untaba aceite en los cabellos de JESUA Y OTRAS TANTAS.
Yo, no hace mucho empece a relatar mis pequeñas vivencias.
Aqui te pongo a leer lo que esta en la red;
El Arquetipo de la Sombra (Psicología): Según Carl Jung, esta figura representa la personalidad oculta, reprimida, culposa o inferior que subyace en el inconsciente. Parir sombras es un proceso de "dar a luz" o proyectar hacia afuera todo aquello que no aceptamos de nosotros mismos (maldad, envidia, traumas).
Significado Espiritual/Paranormal: Se interpreta como la creación o atracción de entidades sombrías ("Gente Sombra"). Puede simbolizar a alguien que, a través de su carga emocional (culpa, manipulación, miedo), se convierte en un vehículo para entidades malévolas o energías de bajo astral.
Interpretación Creativa/Mística: En algunos contextos, puede representar la "oscuridad creadora" o la concepción de ideas ocultas, lo desconocido, el doble, o incluso la muerte, simbolizando la transmutación de la energía.
Contexto Psicológico-Emocional: Puede estar relacionado con estados de ansiedad, estrés o parálisis del sueño, donde la mente proyecta figuras amenazantes, a menudo asociadas a una "sombra femenina" que manipula o genera culpa.
En resumen, no se trata necesariamente de un hecho físico, sino de una potente metáfora sobre la proyección de la propia oscuridad interior o una manifestación de fenómenos paranormales ligados a la energía negativa.
Carl Jung, fue uno de mis favoritos, en la escuela Pichoniana, lacaniana,Pichon Riviere fue mentor en el Borda, su mujer Ana Quuiroga aùn vive, aùn traduce los escritos los que atesoro, el enseñaba a los enfermeros a ponerswe en los zapatos del enfermo.( verlo como otro ser humano con dificultades). A mi me ha servido para entender las metàforas de mi cuerpo, como mujer, madre, hija etc.Un saludo matutino desde Argentina en plena guerra e valores.
Estimada compañera,
Te agradezco profundamente tu mensaje, tan generoso y tan lleno de pensamiento.
Insisto —como bien señalo— en que se trata de una construcción literaria. Una arquitectura simbólica. No pretende narrar un hecho histórico ni paranormal, sino traer a la escena, con los ropajes de la leyenda, muchos de los males profundamente humanos: la culpa, la proyección, la envidia, el miedo colectivo. Cada acción del relato es representación; cada gesto exagerado es espejo. La mujer que “pare sombras” no es un fenómeno físico, sino una metáfora encarnada de aquello que el grupo no quiere reconocer en sí mismo.
La quema de la casa, por ejemplo, dramatiza algo muy real: la ilusión de que destruyendo al chivo expiatorio desaparece el conflicto interior. Pero el pueblo nuevo fracasa porque las conciencias no han cambiado. Esa es la verdad simbólica que la ficción permite revelar con más fuerza que un tratado moral.
Lo que traes de Carl Jung ilumina maravillosamente esta lectura. El arquetipo de la sombra explica con precisión lo que el relato dramatiza: no “parimos” entidades, sino proyecciones. Lo reprimido busca cuerpo. Y cuando no se integra, se externaliza. Desde esa mirada, la leyenda no habla de brujería, sino de psicología profunda.
También es muy valiosa tu mención a Enrique Pichon-Rivière y a Ana Quiroga. Esa enseñanza de “ponerse en los zapatos del otro” es justamente el antídoto contra el mecanismo del pueblo: comprender antes de señalar. Humanizar antes de condenar. Ver al otro como sujeto y no como recipiente de nuestras sombras.
La referencia a la Magdalena que unge los cabellos de Jesús recuerda cómo la historia y el mito han sido reinterpretados, juzgados, deformados por la moral de cada época. Las leyendas —como propones— pueden ser un magnífico compilado del lado oscuro humano, pero también de su posibilidad de redención.
Te agradezco mucho tus conceptos y tu lectura tan rica. Y celebro que estés narrando tus propias vivencias: allí también hay mito, hay símbolo, hay verdad emocional.
Un saludo afectuoso hasta Argentina, incluso en tiempos convulsos. La reflexión es, siempre, una forma de resistencia.
QUIERO COMPARTIRTE LO QUE DICE Nikoláievich Tolstói, conocido en español como León Tolstói, fue un escritor ruso EN SU ¡ LA GUERRA Y LA PAZ! TODO MUNDO INTENTA CAMBIAR AL OTRO MAS NO PUEDE CAMBIARSE ASÌ MISMO. ALGO COMO CAMBIAR LOS VIEJOS PARADIGMAS, MI HIJA ESTA TRABAJANDO EN ESO.SALUDOS.-
Los pueblos y sus leyendas
nos dotan de su cultura
las sombras de la Efigenia
en la actualidad, ¡perduran!
Un abrazo fraterno mi apreciado JUSTO ALDÚ. Gracias por tu aporte cultural en este bonito espacio.
Qué hermosas y sentidas palabras.
Hoy lo dedicaré con todo cariño a mis hermanos salvadoreños, custodios de una memoria viva y testigos del inmenso amor hacia los semejantes de Óscar Arnulfo Romero, cuya voz sigue siendo faro en la conciencia de un pueblo que aprendió a amar incluso en medio del dolor.
En este día del amor y la amistad, que esa herencia de entrega, dignidad y fraternidad nos recuerde que la cultura y la palabra también son formas de abrazo.
Recibo el tuyo con gratitud sincera.
Entrar en tu espacio cada día, querido amigo y poeta, es adentrarse en un ciclón de emociones intensas donde tus escritos nos atrapan en cada verso y en cada línea. Es un viaje maravilloso, ese viaje fantástico que solo la buena literatura nos permite recorrer sin billete.
Tu leyenda de hoy no solo cuenta una historia: construye un sistema moral y simbólico donde el paisaje, el cuerpo y la memoria funcionan como una sola entidad. La verdadera protagonista no es Efigenia, sino la culpa colectiva. Su vientre perpetuo representa la gestación interminable de aquello que no se reconoce ni se repara.
El río Magdalena sugiere que la naturaleza conserva lo que los hombres intentan enterrar. La destrucción del pueblo no es un castigo divino, sino una consecuencia histórica.
También destaca la manera en que conviertes los pecados en presencias concretas. La Avaricia, la Envidia, el Rencor y la Mentira no son conceptos abstractos: caminan, enferman y susurran. Esa encarnación hace que la culpa se vuelva visible y tangible.
El fuego, que tradicionalmente purifica, aquí no limpia: desciende y se infiltra. Esto transforma la quema en una metáfora de la negación fallida. El mal no se elimina destruyendo al “portador”, porque su origen no está en ella, sino en todos.
La idea de un pueblo que desaparece y otro que repite la misma historia refuerza su carácter de advertencia. La repetición no es un destino mágico, sino la consecuencia de la falta de memoria. El relato nos recuerda que lo que no se enfrenta termina por regresar.
Es un verdadero lujo disfrutar de tus inmensas letras. queido amigo. Gracias por compartirlas. fFeliz noche. Un abrazo
Querida amiga,
recibo tus palabras con una gratitud que no cabe en los márgenes de ninguna página. Que alguien lea con esa profundidad —y descubra la médula moral que late bajo la piel del relato— es un privilegio inmenso. Has comprendido no solo la historia, sino su respiración secreta.
Que señales la culpa colectiva como verdadero eje, que adviertas cómo el paisaje, la memoria y el cuerpo forman un mismo organismo herido… eso confirma que la literatura cumple su cometido cuando encuentra un lector capaz de escuchar lo que no siempre está dicho en voz alta.
Gracias por caminar conmigo esas sombras, por mirar de frente el fuego que no purifica y la memoria que insiste en regresar.
Te envío un fortísimo abrazo, de esos que sostienen y celebran. Que tengas una noche luminosa.
Con cariño y afecto
JUSTO ALDÚ.
Muchas gracias, amigo JUSTO, por este gran y reflexivo relato, en el que se puede apreciar una exhaustiva reflexión sobre la naturaleza del pecado, la memoria y la recurrencia histórica. De este modo, el relato, ambientado en un pueblo ribereño, evoca una atmósfera de decadencia y fatalidad, donde el tiempo parece estancarse y las culpas ancestrales se manifiestan en la figura de Efigenia, una mujer destinada a dar a luz sombras. En ese marco, el relato explora la idea de que los errores y las transgresiones del pasado persisten, toda vez que se manifiestan en las generaciones futuras. Por lo que la fundación del pueblo, marcada por la corrupción y el silencio, establece un ciclo de sufrimiento que se perpetúa a través de la herencia de las sombras. En tal sentido, la llegada de las sombras, que personifican los vicios humanos, simboliza la internalización del mal y la imposibilidad de escapar de las consecuencias de las acciones. A este respecto, el desenlace, caracterizado por la desaparición de Efigenia y la subsiguiente repetición de la narrativa en Santa Amalia del Vapor, enfatiza la noción de que «el Magdalena», como representación metafórica del tiempo y la memoria, no solo olvida, sino que también se niega a perdonar. Por ende, la recurrencia de un patrón de sufrimiento sugiere una perspectiva pesimista respecto a la condición humana, en la cual los errores se reiteran y las sombras persisten, condenando así a la humanidad a un ciclo interminable de culpa y dolor.
Recibe un cordial saludo y fuerte abrazo con mi más afectuoso aprecio
Amigo, agradezco profundamente tu lectura: has penetrado en el corazón mismo del relato. Sí, la fatalidad que señalas no aparece como capricho del destino, sino como eco de los errores humanos que, al no enfrentarse, regresan una y otra vez con distinto rostro. Esa es la médula de la historia: la memoria no como archivo muerto, sino como corriente viva que arrastra lo que no se ha resuelto.
Has interpretado con gran claridad la función de Efigenia y de las sombras: no son solo elementos narrativos, sino encarnaciones de una culpa colectiva que se transmite cuando el silencio sustituye a la responsabilidad. El pueblo ribereño, detenido en su propia historia, muestra cómo el mal no siempre irrumpe desde fuera, sino que germina dentro y se hereda cuando nadie lo nombra. Y, en efecto, el río —como símbolo del tiempo— no olvida ni absuelve por sí mismo; solo refleja lo que la comunidad decide callar.
Que hayas percibido esa reflexión sobre la recurrencia histórica y la condición humana honra el sentido del texto y le da plena vida. Gracias por tu mirada tan lúcida y generosa.
Recibe también mi cordial saludo y un fuerte abrazo, con sincero afecto.
Saludos
......La primera fue la Avaricia, que aprendió a caminar robando monedas y recuerdos felices.
La segunda fue la Envidia, que hablaba con voz dulce para sembrar sospechas entre esposos y hermanos.
La tercera fue el Rencor, que no decía nada, pero enfermaba a quien sostenía su mirada.
Luego vinieron más: la Lujuria que confundía deseo con posesión; la Cobardía que cerraba bocas cuando era urgente hablar; la Mentira que se sentaba a la mesa como un pariente antiguo; la Soledad que dormía al lado de los vivos como un cadáver tibio.......y mezclados con pociones de ingorancia existe un brebaje de maldad que busca culpables: en tiempos medievales eran las mujeres que sabían por ejemplo de plantas y hierbas que curan: acusadas falsamente hacer brujería, condenadas injustamente a la muerte.
Todavía las malas lenguas acusan.
Muy bueno tu leyenda Justo
Un abrazo amigo poeta
David
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