La resiliencia
I.
Quien dice amarla hoy dicta la calumnia,
buscando ser el dueño de su aliento;
pero no sabe que el amor no se adueña,
ni se encarcela con el sufrimiento.
II.
Intentó herir mi honor con sus palabras,
forzando al labio a proferir el daño;
más no hay mentira, por más que la labres,
que no se rompa al paso de los años.
III.
Nunca muere lo que es de veras real,
lo que ha echado raíces en la historia;
podrán nublar su juicio espiritual,
pero no borrarán nuestra memoria.
IV.
Llegará el día en que el juego termine,
y el falso dueño muestre su egoísmo;
cuando el honor y el alma se decline,
y ella se asome al borde del abismo.
V.
Cuando su vida se encuentre destruida,
y el corazón se quiebre en mil pedazos;
descubrirá la senda confundida
y el frío inmenso de esos otros brazos.
VI.
Sabrá entonces de su gran equivocación,
de haber creído en sombras y mentiras;
sentirá el peso de la desolación
mientras al cielo, con dolor, suspira.
VII.
Pero no importa, yo no guardo rencor,
mi pecho es noble y sabe de perdones;
yo prefiero quedarme con su flor,
y no con el veneno de sus traiciones.
VIII.
Su imagen para mí será sagrada,
la mujer a quien amé con tal locura;
la honraré siempre, de forma callada,
como un hombre de bien y de postura.
IX.
Cuide a la familia que una vez fue mía,
esos rostros que en mi ser siempre vivirán;
que Dios los guarde en su soberanía,
y que sus pasos nunca se desviarán.
X.
Usted es para mí esa paloma viajera
que hoy vuela lejos, buscando otro cielo;
pero no olvide que la fe lo espera,
aunque hoy el mundo nos cubra de duelo.
XI.
Aquí está el nido, firme y dispuesto,
con las paredes hechas de paciencia;
no importa el tiempo, ni el dolor, ni el costo,
aquí guardaré siempre su existencia.
XII.
El amor verdadero no se impone,
ni necesita de leyes ni amenazas;
es la paz que en el alma se dispone,
y la luz que atraviesa las corazas.
XIII.
Yo seguiré mi senda con orgullo,
sin una maldad que manche mi frente;
mientras espero el retorno del murmullo
de aquel amor que hoy parece ausente.
XIV.
Que Dios la proteja de todo mal paso,
que sane su vida y cure su honor;
yo seré el sol que espera en el ocaso,
con el mismo respeto y el mismo valor.
XV.
Suyo en la fe, soy quien guarda el nido,
con el secreto que nadie podrá tocar;
pues lo que es real nunca será vencido,
y un día, paloma, tendrá que regresar.
Versos sin nombre
I.
Hoy guardo el nombre en un cofre de olvido,
lejos del aire y de toda mirada;
será un secreto que llevo conmigo,
una presencia constante y callada.
II.
No hace falta decir quién inspira el verso,
ni poner letras a este gran anhelo;
mi amor es mudo, profundo y diverso,
como la noche que cubre este suelo.
III.
Borro el apodo y la firma sagrada,
dejo el espacio vacío y sereno;
mi pluma escribe a la luz de la nada,
aunque por dentro me queme su veno.
IV.
Usted y yo sabemos el destino,
hacia qué puerto se dirige el alma;
pero en el trazo de este nuevo camino,
solo el silencio nos devuelve la calma.
V.
Si el mundo pregunta, no habrá una respuesta,
ni un solo rastro que pueda seguir;
mi devoción no requiere de fiesta,
sino del arte de saberla sentir.
VI.
Es un honor el callar lo que siento,
hacer del vacío una prueba de fe;
será un susurro que lleve mi aliento,
aunque sus ojos ya nunca los vea.
VII.
Ella es la sombra que guía mi mano,
el faro invisible que alumbra mi ser;
amar en secreto no es algo en vano,
es otra forma de saber florecer.
VIII.
Que nadie busque entre líneas su nombre,
que nadie intente descifrar mi pasión;
aquí se encuentra la honra de un hombre,
puesta en el centro de su corazón.
IX.
Respeto el límite, acepto el retiro,
hago del "usted" mi mayor distinción;
en cada pausa y en cada suspiro,
vive latente su propia canción.
X.
La orquídea blanca ya sabe la historia,
ella no habla, pero sabe sentir;
guardará intacta su luz y su gloria,
mientras me toca a mí mismo partir.
XI.
Hoy mis estrofas son nubes de paso,
agua de río que busca su mar;
sin etiquetas, sin nudos ni lazo,
solo la gloria de saber esperar.
XII.
Nadie podrá reclamar estos versos,
pues no hay un dueño que puedan citar;
están perdidos en mil universos,
donde solo yo los puedo encontrar.
XIII.
Late, mi pecho, con fuerza y cautela,
cuida el tesoro de nuestra verdad;
mientras la vida sus rumbos revela,
yo mantendré mi total integridad.
XIV.
Mañana será otro día de ausencia,
de caminar por la senda del bien;
honrando siempre su dulce existencia,
pero callando su nombre también.
XV.
Suyo en el alma, mi amor se queda,
con el secreto que nadie sabrá;
mientras el tiempo su hilo nos hila,
nuestro silencio nos protegerá.
Esencia intacta
I.
No me canso de ver tu luz interna,
esa que brilla tras el nubarrón;
mi devoción se vuelve más eterna
al proteger tu buena condición.
II.
Si el mundo te empujó a decir injurias,
mi pecho no las guarda ni las cree;
yo sé que son tan solo breves furias
de un corazón que hoy no sabe qué ve.
III.
Eres ingenua, clara y transparente,
un alma que no sabe del rencor;
aunque el ataque hoy sea tan reciente,
yo te distingo envuelta en mi esplendor.
IV.
Has conquistado el centro de mi anhelo,
sin armas, sin batallas, con la paz;
eres el trozo que cayó del cielo
para enseñarme de lo que eres capaz.
V.
Me basta recordar tu aroma puro,
más dulce que el incienso y el jazmín;
para sentirme en medio de lo oscuro
dueño de un sueño que no tiene fin.
VI.
Tus ojos me mantienen como un preso
que no desea nunca la libertad;
estoy atado al brillo de ese beso
que fue la prueba de tu honestidad.
VII.
No hay hiel que me amargue la conciencia,
ni cicuta que pueda con mi fe;
he cultivado tanto la paciencia
que ante el insulto yo sigo de pie.
VIII.
Toda tú eres bella, no hay defecto
que mis ojos alcancen a mirar;
mi amor por ti se mantiene perfecto,
listo siempre para volverte a amar.
IX.
Cualquiera puede hacer lo que yo hago,
cumplir tareas, dar una opinión;
pero nadie te ofrece este halago
que nace del fondo de mi corazón.
X.
Tu esencia es un jardín que nadie imita,
un sello que Dios puso en tu existir;
por eso mi alma siempre te solicita
y se niega a dejarte de sentir.
XI.
El tiempo es el maestro que no grita,
el que pone el derecho en el revés;
su lección en mi pecho está escrita:
crecer es caminar con altivez.
XII.
Aunque me duela el alma en este instante,
y no entienda el porqué de tu agresión;
seguiré siendo el faro y el amante
que vela por tu propia restauración.
XIII.
Tu amor para mi vida es como el vino,
me alegra el alma y me quita el temor;
es el regalo de un orden divino
que me permite ser un hombre de honor.
XIV.
Siempre estaré presente en la distancia,
cuidando el sitio que te pertenece;
pues ni el agravio quita la importancia
de este cariño que solo florece.
XV.
Guardo en silencio lo que más adoro,
lejos de aquel que te incitó a herir;
tú seguirás siendo mi gran tesoro
mientras me quede un soplo por vivir.
Dignidad y el maestro tiempo
I.
Hoy elijo crecer bajo la sombra,
en la penumbra de un cruel desatino;
aunque el agravio mi nombre hoy nombra,
yo sigo firme en mi propio camino.
II.
No caeré en el juego de ofensas,
mi dignidad es un muro de acero;
ante calumnias y frases intensas,
respondo siempre como un caballero.
III.
Dejo todo en las manos de Dios,
y al tiempo, que es sabio en su lento andar;
no habrá amargura que apague mi voz,
ni puñal que me logre a mí derrumbar.
IV.
Quien le inculcó el herirme de muerte,
no calculó la fuerza de mi fe;
su golpe solo me hace más fuerte,
mientras con honra me mantengo en pie.
V.
Ese acero a mi piel ni la roza,
pues mi armadura es la verdad del ayer;
quien daña el amor con alma alevosa,
tarde o temprano tendrá que caer.
VI.
Nada se funda en el llanto de otro,
ni en el desastre de una ajena vida;
yo no soy víctima, no soy el roto,
soy quien camina con la frente erguida.
VII.
Ustedes lidien con su propio insomnio,
con la conciencia que no deja en paz;
yo no soy parte de ese patrimonio
de bajeza humana y rostro falaz.
VIII.
Tratan de tapar el sol con un dedo,
negando tres décadas de pura luz;
pero yo sigo libre de ese miedo,
llevando con gloria mi propia cruz.
IX.
No se vira la historia con un grito,
ni se borra lo que el alma grabó;
mi sentimiento es un rito infinito
que en el sagrario de Dios se guardó.
X.
Honraré su imagen, pase lo que pase,
por el respeto a lo que un día fue;
aunque el presente hoy me amenace,
en mi nobleza siempre viviré.
XI.
Su esencia es única, nadie la imita,
así lo dice la voz del saber;
esa luz interna que en Usted habita,
nadie la podrá nunca deshacer.
XII.
Caminar con el tiempo es el destino,
aprender que crecer es no detenerse;
aunque sea duro y largo el camino,
el alma no debe jamás de rendirse.
XIII.
Acepto el silencio, acepto la ausencia,
como medicina para mi interior;
cultivando en paz mi propia existencia,
lejos del ruido y del viejo rencor.
XIV.
Que la miel de mi fe cure la herida,
y la esperanza sea mi testigo;
que no haya sombra que opaque mi vida,
mientras yo lleve mi honor por abrigo.
XV.
Suyo en la paz, soy quien se retira,
con la conciencia tranquila y en calma;
mientras el tiempo la verdad expira,
Yo guardaré su cielo dentro de mi alma.
La miel y la esperanza
I.
Quisieron con palabras mi pluma silenciar,
poniendo en mi camino veneno y amargura;
mas no saben que el alma solo sabe cantar
cuando encuentra en su centro la mayor altura.
II.
Si pretendieron darme cicuta por bebida,
o manchar con su hiel la piel de mi destino;
hoy respondo con flores, con fe y con más vida,
limpiando de maleza mi propio camino.
III.
Mi existencia se inunda de una miel sagrada,
que nace del respeto y del honor sincero;
no hay sombra que apague mi voz levantada,
ni ley que detenga a este caballero.
IV.
Hoy mis versos son naves de pura esperanza,
soñando con días de luz y de calma;
donde el odio no tiene ninguna balanza,
y solo la paz se aposenta en el alma.
V.
Será testigo fiel de que el amor de veras,
no conoce de manchas, de herrumbre ni lodo;
cruza los desiertos y todas las fronteras,
y se mantiene firme, entregándolo todo.
VI.
No se engañe, mujer, con falsas promesas,
con fuegos de paja que el viento deshace;
no hay tesoro humano, ni grandes riquezas,
que igualen al lazo que el alma atenace.
VII.
Como yo la he amado, con alma y con vida,
con esta paciencia que el tiempo ha templado;
no habrá otra mano que cure su herida,
ni pecho que guarde lo que yo he guardado.
VIII.
La amo en el presente, con fuerza rotunda,
la amaré mañana, más allá del tiempo;
es una raíz poderosa y profunda,
que no se doblega ante ningún contratiempo.
IX.
Nadie la amará con tal hidalguía,
sin pedirle cuentas, sin buscar su mal;
haciendo del duelo una dulce alegría,
y de la distancia, un puente espiritual.
X.
Podrán obligarla a decir mil mentiras,
a negar el sol que una vez nos brilló;
pero en el silencio, cuando Usted suspira,
sabrá que ese fuego jamás se apagó.
XI.
Yo sigo de pie, cultivando mi huerto,
poniendo en mis letras la miel de mi fe;
aunque el horizonte parezca desierto,
yo sé que mi amor siempre estará de pie.
XII.
Que el mundo comente, que el envidioso hable,
que intenten con saña mi voz apagar;
mi pluma es de acero, mi amor es inefable,
y nadie en la tierra me podrá callar.
XIII.
Espero con ansia los días mejores,
donde la verdad por fin resplandezca;
lejos de calumnias y de sinsabores,
donde nuestra historia de nuevo florezca.
XIV.
Guarde este secreto en su propio retiro,
donde nadie juzgue, donde nadie vea;
que yo seré siempre el último suspiro,
que en su pensamiento su paz recrea.
XV.
Eterno en la miel, soy quien se mantiene,
con el alma invicta y la pluma en sazón;
que nada corrompe al amor que sostiene,
el trono sagrado de su corazón.
-
Autor:
El hombre de la orquidea (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 13 de febrero de 2026 a las 00:03
- Categoría: Amor
- Lecturas: 1

Offline)
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.