Rimas del alba y la presencia eterna
I.
Despierto y tu nombre es mi primer aliento,
un ruego al cielo que por ti se eleva;
pido que Dios, en cada pensamiento,
te dé la dicha que tu alma mueva.
II.
Abro los ojos y en la luz te encuentro,
fiel como siempre, habitando mi calma;
no estás afuera, vives aquí dentro,
en el sagrario que guarda mi alma.
III.
Eres la flor que la estancia perfuma,
primavera eterna que el frío deshace;
eres el sol que disipa la bruma
y con mi destino su luz entrelaza.
IV.
Estás en la voz que serena mi pena,
en el eco blando de un tiempo dichoso;
eres la paz que mi espíritu llena
y convierte en puerto mi mar borrascoso.
V.
Tu mirada es mística, clara y serena,
un dulce convite para siempre amarte;
es la marea que rompe mi arena
y en cada latido vuelve a dibujarte.
VI.
Tu voz es delicia, caricia constante,
que suena en el aire con suave armonía;
te escucho presente, te escucho vibrante,
aunque me envuelva la noche sombría.
VII.
Recorro la casa y en cada rincón,
encuentro tu rastro, tu sombra, tu paso;
eres la música de mi corazón,
el rayo de gloria que evita mi ocaso.
VIII.
Vives en mi cuerpo, circulas por mí,
como la sangre que el pecho sostiene;
nada de lo que hoy soy sería sin ti,
pues tu esencia divina mi vida mantiene.
IX.
Te busqué en lo eterno y te hallé en lo humano,
en tres décadas largas de fe y devoción;
hoy pongo mi vida de nuevo en tu mano,
sin más recompensa que esta bendición.
X.
Si el cuerpo se rinde y me llama la muerte,
no temas que el tiempo nos logre apartar;
pues yo he nacido tan solo para verte,
y más allá de la vida te habré de encontrar.
XI.
Eres el "poema vivo" que no se termina,
la frase que Dios en mi pecho escribió;
la luz que en el valle del alma camina
y todo el invierno por fin terminó.
XII.
Pido para ti la alegría más pura,
el bien que restaure tu paz y tu esencia;
que nada te falte, que nada sea amargura,
mientras yo celebro tu dulce presencia.
XIII.
Estás en el aire, en el agua, en el viento,
en el breve espacio que ocupa mi ser;
eres el centro de mi entendimiento,
lo que ayer amé y hoy vuelvo a querer.
XIV.
Dunia de los Ángeles, nombre de cielo,
tatuado en el alma con fuego y con fe;
mientras yo camine por este hondo suelo,
jamás de tu lado me desprenderé.
XV.
Despierto y te nombro, sonrío y te espero,
en esta mística y fiel compañía;
porque eres mi todo, mi amor verdadero,
el sol que le da claridad a mi día.
Rimas de la esperanza silenciosa
I.
Hoy guardo el verso en el rincón del alma,
donde el ruido del mundo no lo toca;
mi amor se viste de una dulce calma
y ya no busca el eco de tu boca.
II.
Escribo al aire lo que el pecho siente,
sin esperar que llegue a tus oídos;
amarte así, de forma tan paciente,
da un nuevo pulso a mis días perdidos.
III.
Son quince flores de papel y rima
que planto en el jardín de mi memoria;
un sentimiento que a tu luz se arrima
para escribir en paz nuestra otra historia.
IV.
No necesito que mi voz te alcance
para que sepas que por ti yo velo;
mi amor no es un negocio ni un romance,
es una escala que me lleva al cielo.
V.
En este 14 que el mundo celebra,
yo brindaré con tu sombra y tu ausencia;
no habrá distancia que este lazo quiebra,
pues vivo unido a tu divina esencia.
VI.
Las orquídeas blancas que enviaré a tu puerta
dirán lo que mis labios hoy se callan;
que mi esperanza sigue viva y alerta,
aunque mis fuerzas a veces desmayen.
VII.
Blanco es el tono de la paz que ansío
para tu vida y para tu camino;
que se restaure el cauce de tu río
mientras yo acepto mi propio destino.
VIII.
Treinta y dos veces he jurado amarte
y hoy lo repito con más fe que nunca;
aunque me toque hoy de ti apartarte,
mi voluntad jamás se verá trunca.
IX.
Eres el sol que aunque no vea, calienta,
la brújula invisible de mi barco;
aunque la vida nos sople tormenta,
yo bajo tu ala siempre me desmarco.
X.
Dunia de los Ángeles, nombre de aurora,
que en mis silencios resuena constante;
mi corazón por ti reza y no llora,
pues se sabe de tu alma su amante.
XI.
Si el sacrificio de hoy es el olvido,
lo acepto por tu bien y tu victoria;
prefiero verme de ti desprendido,
que ser un peso en tu nueva gloria.
XII.
Pero en lo íntimo, donde Dios escucha,
tu nombre es la oración que me sostiene;
mi amor es paz después de tanta lucha,
el único tesoro que me conviene.
XIII.
Caminaré por Cuenca, por sus ríos,
llevando tu recuerdo como un manto;
disipando con fe los desafíos
y transformando en rima todo el llanto.
XIV.
Mañana será un día de alegría
por Camilita y su luz de quinceañera;
seré el apoyo y la mano que guía,
mientras aguardo tu eterna primavera.
XV.
Suyo siempre, en la luz y en lo sombrío,
más allá de la piel y de la historia;
mi amor es un eterno y manso río
que desemboca siempre en tu memoria.
Rimas del latido y la eternidad
I.
Late mi pecho con tal fuerza y brío,
que parece querer saltar al viento;
es que le falta el calor de tu río
para calmar este gran sufrimiento.
II.
No sé si el alma resista tu ausencia,
este vacío que el aire me deja;
busco el aroma de tu propia esencia
mientras mi vida de ti se me aleja.
III.
Si el corazón todavía golpea,
es por la luz de una fe que no muere;
aunque el destino hoy nos contrariee,
mi ser entero todavía te quiere.
IV.
Vivo esperando que el tiempo regrese
y que tus pasos busquen mi guarida;
para que el odio al fin desaparezca
y sellemos de nuevo nuestra vida.
V.
Agonizante, mi pecho te espera,
como la tierra que aguarda la lluvia;
eres mi otoño y mi primavera,
la calma clara y la nube más rubia.
VI.
Al cerrar mis ojos, en la despedida,
cuando el cristal de mi pecho se quiebre;
llevaré tu imagen de amor esculpida,
curando el alma de tanta fiebre.
VII.
Tu nombre irá grabado en mis entrañas,
como el sello que Dios puso en mi frente;
tú eres la cima de todas mis montañas,
el sol que nace siempre por oriente.
VIII.
Susurrará mi boca en el instante
en que la muerte me pida la mano:
"Fuiste mi meta, mi luz y mi amante,
nada en mi vida se queda en vano".
IX.
Eres quimera, sueño y realidad,
el dulce néctar y el trago más fuerte;
la luz que guía mi propia verdad,
y si es preciso... serás mi muerte.
X.
Te esperaré más allá de las horas,
donde el reloj ya no marca el olvido;
allí donde nacen todas las auroras
y el corazón ya no se siente herido.
XI.
Ofrendaré lo que quede de mi,
las tristes ruinas de un hombre devoto;
pues desde el día en que te conocí,
mi corazón nunca estuvo ya roto.
XII.
Dunia de los Ángeles, mi único puerto,
mi religión, mi paz y mi alegría;
aunque el camino parezca un desierto,
tú eres el agua de mi profecía.
XIII.
Si hoy el dolor me nubla la mirada,
sacaré fuerzas de nuestro pasado;
de cada risa y de cada alborada
que durante años pasé a tu lado.
XIV.
No hay hierro frío ni golpe de suerte
que logre borrar lo que está en el alma;
mi amor es más poderoso que la muerte,
y en tu recuerdo reencuentro mi calma.
XV.
Late, corazón, no dejes de hacerlo,
aunque el dolor sea un peso constante;
pues amarla a ella es nuestro consuelo,
nuestra misión de caballero y amante.
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Autor:
El hombre de la viola (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 12 de febrero de 2026 a las 00:06
- Categoría: Amor
- Lecturas: 1

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