Claroscuro del Deseo
Soñé tu voz en mármol y en ceniza,
ardía sin quemar, fría y despierta;
fui templo y fui ruina en una puerta
que el pulso del querer nunca improvisa.
Amarte fue aprender cómo se eriza
la fe cuando la carne queda incierta,
y el alma, entre lo dicho y lo que alerta,
se parte en luz y sombra que agoniza.
No sé si fue verdad lo que creía
o un gesto del anhelo disfrazado,
pero en mi sed tu nombre se encendía.
Hoy vive el deseo: desatado,
mintiendo claridad a la agonía
de no saber si ha sido o ha soñado.

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