Llegó la primavera a nuestras calles. El sol despertó de su letargo. Era el amanecer. Ascendía gallardo y renacido. La luz se colaba por la rendija de la persiana. Ese haz ámbar jugaba entre mis manos. Fui tomando conciencia del cuarto. Tú seguías dormida a mi lado. Aproveché para mirarte. Para observarte. Me levanté y fui hacia la ventana. Subí la persiana; la luna decía adiós con aire somnoliento. Sincronicé mi conciencia con la naturaleza. Era primavera. Te miré, mecías tus sueños en una cadencia rítmica con tu respiración. Sonreí, ajeno a tus sueños. Volví a mirar por la ventana. El canto alado de los gorriones despertaba mis ensoñaciones. Me giré y te vi despierta. Entonces comprendí que la primavera también había nacido en tu ser. Me acerqué a ti y te besé. Murmuraste con una sonrisa en tus labios...
...y la mañana entera pareció inclinarse para escuchar ese sonido diminuto. Tu voz, a medio camino entre el sueño y la vigilia, tenía la textura de una caricia que no termina de irse, como si la noche se resistiera a abandonar la garganta de la oscuridad. Sentí que algo en mí también despertaba, una parte antigua, dormida bajo los inviernos que se acumulaban en el pozo de mi ser sin darme cuenta.
Te quedaste mirándome, todavía envuelta en las sábanas, como si fueran la última nube antes del día claro. Estabas desnuda. Insinuante y frágil, dócil y traviesa. En tus pupilas cabía una supernova recién creada, y comprendí que la luz no venía solo de fuera: también nacía en la curva tranquila de tu pecho, en el ritmo suave de tu respiración, en la forma en que tu mano buscaba la mía sin preguntar. Me senté a tu lado, sintiendo el frío del suelo rendirse ante la tibieza que emanaba del colchón y de tu cuerpo, como si la primavera tuviera su centro de gravedad en tu piel, como si un volcán vomitara lava desde su cima hasta mi costa.
Afuera, los gorriones afinaban el día en las cornisas, y cada trino subrayaba un pensamiento que no terminaba de convertirse en palabra. La ciudad, al otro lado del cristal, bostezaba semáforos en ámbar, aceras de infancia y persianas que subían con el chirrido torpe de quien vuelve a creer en la inocencia. Dentro, el tiempo se volvía espeso, denso, casi inmóvil, como si el reloj entendiera que adelantar un segundo sería una falta de respeto a la insinuante escena que presagiaba.
—Es primavera —susurré, sin estar seguro de si se lo decía a la ventana, a tu cuerpo o a mi propia memoria. Tú asentiste despacio, con los ojos aún somnolientos, y ese gesto sencillo fue una revelación más poderosa que cualquier discurso: en tu mirada cabía la certeza de que no se trataba solo de una estación, sino de una forma nueva de estar vivos. Tomaste aire como quien estrena pulmones, y al exhalar dejaste escapar una risa mínima que se mezcló con el canto de los pájaros, el rumor lejano de un coche, el crujido íntimo del colchón y el despertar de nuestras pasiones.
Me incliné hacia ti, despacio, atravesando la breve distancia como quien cruza un puente recién construido sobre un río antiguo. Cada paso era una decisión: el apoyo de la mano en la sábana, el leve hundimiento junto a tu cintura, la sombra de mi rostro acercándose al tuyo hasta que el mundo se redujo a la frontera precisa de tus labios. Al besarte, todas las primaveras de mi vida parecieron guardarse para esta mañana exacta, para este rayo de luz en tu mejilla, para este instante en que el azar y la ternura se daban la mano, entrelazados en minúsculos de deseo y dicha.
El olor a azahar se hizo nítido, como si los árboles hubieran florecido de golpe bajo nuestra ventana para acompañar ese beso. Noté el temblor leve de tu risa en mi boca, y supe que algo cambiaba dentro de ti: una pena vieja hallaba descanso, un miedo cerraba los ojos, una puerta ignota se abría sin ruido. Tú despertabas no solo del sueño nocturno, sino de una hibernación más profunda, más íntima y serena, esa en que uno sobrevive sin preguntarse si es feliz o solo existe.
—Quédate aquí —dijiste, casi en secreto, como si temieras que el aire robara la frase. No pregunté cuánto duraría ese “aquí”, si minutos, un día o una vida; entendí que era permanecer en ese punto donde tu respiración y la mía tejían el mismo ritmo. Te rodeé con el brazo, y la habitación —tan pequeña, tan conocida— se transformó en patria nueva, un territorio donde el mapa se dibujaba con la geometría sencilla de tu cuerpo encajando en el mío.
La persiana, alzada del todo, dejaba que la luz entrara sin permiso, derramándose sobre muebles, paredes y objetos humildes que nos acompañaban desde años atrás. Todo parecía recién creado: la taza olvidada en la mesilla, el libro abierto por la mitad, la camisa colgada en la silla, tu pelo desordenado sobre la almohada. Era como si el mundo se hubiera escrito de nuevo en la noche, y nosotros fuéramos sus escribanos en la inspección rutinaria de cada mañana.
Cerré los ojos un instante, para escuchar mejor. Percibí el roce minúsculo de tu pestaña contra mi mejilla, el latido contenido de tu pecho, la cadencia del tráfico lejano, el coral discreto de los pájaros en los cables de la luz. Todo en su sitio, pero nada igual: una balanza invisible se inclinaba a nuestro favor, decidiendo sin ruido el peso de nuestras dudas.
Cuando los abrí, seguías ahí, tan cerca que podía contar las pequeñas primaveras abriéndose en tu mirada. Ya no eras solo la mujer a mi lado, sino el refugio al que volvía cuando el invierno me ahogaba en lluvia y frío. Lo supe con claridad serena: no cambiaba solo la estación, éramos nosotros, renacidos, inaugurando una forma nueva de amanecer y de vivir.
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Autor:
David Marín Castaño (
Online) - Publicado: 10 de febrero de 2026 a las 08:42
- Comentario del autor sobre el poema: Prosa poética para serie publicable llamada Murmuraciones.
- Categoría: Amor
- Lecturas: 1

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