No es un anciano de gesto temible en su rincón de silencio y penumbra. Es un artesano de manos nobles
que en telar estelar la noche alumbra.
Su taller flota donde el crepúsculo se deshace en violeta y en grana. Con husos de aliento y rueca de viento, teje la sombra tierna y temprana.
Hilos de penumbra, suaves y largos, hilos de lucero, brillo fugaz, en la lanzadera de la neblina entrecruza con lento y diestro paz.
Primero las cumbres, agudas y frías, cubren su espalda con manto azulado. Les borda estrellas en las hendiduras, un abrigo de sueño apelmazado.
Luego los bosques, sus ramas inquietas, reciben el velo tejido de calma. Entre hoja y hoja, la sombra se cuela,
apagando el verde, prendiendo el alma.
Después las calles, las plazas vacías, se visten de quietud y de misterio. El manto desciende, pliegue a pliegue, tapizando el ruido en un surco serio.
Por último, llega a la ventana pequeña donde un niño, luchando con el día, entre bostezo y parpadeo lento,
ve cómo la sombra dulce cubría.
El Tejedor toma esos blandos hilos— el último suspiro, la pestaña baja— y los incorpora, con pulso sabio,
a la trama nocturna que nadie trabaja.
Así, lo que era temor o vacío, se vuelve refugio, capa y amparo. Cada sombra es un nido tejido con los restos cansados del claro.
Y cuando el manto cubre por completo ciudades, praderas, ríos y cerros, el Tejedor sonríe desde su estrella, mientras enhebra nuevos luceros.
Porque la noche no es despojo ni olvido, sino un manto amoroso sobre lo cansado. Y cada sombra que parece vacía guarda un sueño recién tejido.
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Autor:
Línea Gris (
Online) - Publicado: 9 de febrero de 2026 a las 21:41
- Comentario del autor sobre el poema: Cuentos para dormir 2/6
- Categoría: Cuento
- Lecturas: 0
- En colecciones: Cuentos para dormir.

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