Pienso en las manos luminosas de A.. En cómo la vida se filtra ahora en ellas. El más cotidiano de los gestos que se conjugan sobre sus pasos deben ser un acontecimiento prodigioso sobre los surcos de sus dedos. Lo sé porque yo fui curado por su tacto.
Pienso en sus manos porque, a veces, confiamos demasiado en las palabras. Sí, es cierto: las palabras comprometen. Pero el tacto confirma. Hay materia, sustancias que existen no solo por ser nombradas, sino porque necesitan de piel para latir bajo la luz. Mi nombre es un ejemplo.
El sustantivo del que dependo para existir para los demás era solo eso: un sustantivo. Una partícula gramatical más en la extensa galaxia del lenguaje. Dependiendo de las culturas, cobraba significados distintos. Lo sé. Muchos los he leído. Incluso he llegado a sentirme orgulloso y afortunado de algunos de ellos. Pero no fue hasta que la lengua de A. se sincronizó con sus manos para articularme, cuando descubrí que un nombre puede ser más que un nombre.
En el gesto tierno de llamarme y ofrecerme su mano, aunque estuviéramos mínimamente separados por una hebra de cabello o por los cuerpos felinos de la casa —pausando ligeramente nuestra proximidad con su sueño o, sencillamente, con su presencia a la vez enigmática y reveladora—, descubrí que el cuerpo que latía bajo esas letras era realmente algo más una forma de señalamiento. O en términos lingüísticos, algo más que una forma de la deixis. (Sé que me he puesto estupendo en esta reformulación y, quizá, esta aclaración, pero cuando A. lo lea, se reirá. Le hace gracia cuando me pongo especialito)
Pasé de la existencia a la vida.
Sostener con sus manos mi nombre y la criatura de debajo fue una inyección de claridad. Todo cuanto yo era subió a la transparencia. Y es que: cuando el ser amado nombra y tienta, se produce un estallido cósmico que nos sitúa a la altura de todo lo que respira. Nos baña el cuerpo de realidad. Nos entrega una belleza solo posible en esta humanidad con la que a veces no sabemos ser piadosos y que a veces tampoco lo es con nosotros. Y solo así se entienden palabras tan graves como angustia, desesperación, derrota, miedo…
Verdaderamente, detengo la memoria en las manos de A.. Porque aquí, en Siracusa (NY, Estados Unidos), a las dos de la tarde de este febrero lento, el sol está jugando con la textura de la nieve y del hielo como un niño despreocupado. Sin embargo, no alcanza a fundir ni los kilómetros ni los tic-tac laceradores entre sus manos y este presente bistúrico que finjo ocupar sin problemas.
La distancia es una bestia glacial.
Que si bien es cierto, despierta la memoria,
que es otra forma de la vida,
también amplifica el dolor:
Que si bien es cierto, despierta la memoria,
que es otra forma de la vida,
también amplifica el dolor:
sus manos luminosas y dadoras arden a lo lejos.
Yo solo soy un cuerpo que existe,
que deambula.
Porque ella no me llama, porque su tacto está suspendido
en este tiempo terrible de la sed.
que deambula.
Porque ella no me llama, porque su tacto está suspendido
en este tiempo terrible de la sed.
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Autor:
asegura1617 (
Online) - Publicado: 8 de febrero de 2026 a las 19:02
- Categoría: Amor
- Lecturas: 1

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