El Perdón y El Nuevo Amanecer
Señor, te pido perdón por las horas que dejé caer como granos de arena estéril entre mis dedos distraídos.
Por los regalos del alba que observé con ojos ciegos, sin nombrar su luz dorada.
Por las siembras que mi pereza dejó sin fruto en el campo árido del tiempo.
Por los caminos que no anduve por temor a la sombra o al pedregal.
Señor, perdona esta cosecha de nada que ahora enfrento con las manos vacías.
Perdón por el agua clara de la vida que volví salobre con mi amargo desaliento.
Por haber construido un muro de lamentos donde debí abrir una ventana al consuelo.
Por las semillas de bondad que guardé con avaricia en el granero de mi corazón.
Por no ser un árbol firme que da sombra, sino una rama seca que se queja con el viento.
Señor, perdona esta sequía interior que ahuyentó a los pájaros de la alegría.
Perdón por las palabras afiladas que salieron de mi boca como dardos envenenados.
Por el silencio cómplice que fue piedra en el camino del que tropezaba.
Por no tender un puente de palabras buenas sobre el río de la desunión.
Por haber sido nube de tormenta donde se esperaba un cielo despejado para el diálogo.
Señor, perdona el daño de mi lengua precipitada y la tibieza de mi voz cuando era necesaria.
Perdón por el amor que retuve, prisionero en la jaula de mi orgullo o de mi miedo.
Por los brazos que permanecieron como columnas de hielo junto al que temblaba.
Por el fuego del cariño que no avivé, dejando que se volviera ceniza fría.
Por no ser refugio cálido, sino puerta cerrada a media noche para el cansado.
Señor, perdona este corazón que a veces fue fortaleza egoísta en lugar de hogar.
Perdón por haber dudado de tu sombra fresca en el camino más ardiente y difícil.
Por imaginar que caminaba solo, sin ver la huella de tus pasos junto a las mías.
Por confundir la nube pasajera con el eclipse eterno de tu rostro.
Por sembrar desconfianza en el campo fértil de tu promesa siempre fiel.
Señor, perdona mi miopía del alma que no supo ver tu presencia constante.
Perdón por no ser lluvia suave que nutre la tierra sedienta de los corazones.
Por ser, en cambio, roca áspera que hirió los pies descalzos del que se acercaba.
Por no esparcir el aroma tenue de la paciencia que todo lo transforma.
Por elegir ser espina seca en el jardín, en lugar de flor humilde que se inclina.
Señor, perdona mi aspereza y mi fragilidad que no supieron dar belleza ni sostén.
Señor, imploro tu perdón como la tierra pide la lluvia tras el verano largo.
Dame la gracia de un nuevo comienzo, de un amanecer sin las manchas del ayer.
Que pueda caminar de nuevo, ligero, con la lección aprendida en el corazón.
Que mis manos, hoy vacías, se llenen construyendo tu bondad en cada día.
Señor, en tu gran amor, concédeme la paz de empezar de nuevo esta vez.
—Luís Barreda/LAB
Burbank, California, EUA
Enero, 2023.
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Autor:
Luis Barreda Morán (
Online) - Publicado: 8 de febrero de 2026 a las 01:17
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

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