Quise dejar mi huella
antes de que el tiempo cerrara los caminos,
no con laureles ni victorias,
sino con el cansancio noble
del que amó sin medida.
Fui el tonto coronado de esperanzas,
el que creyó en el oro de las promesas
y cambió su sangre por caricias breves,
su fe por nombres que el viento borró.
Amé como se ama en los templos rotos:
descalzo,
sin escudo,
con el corazón ardiendo
como un cirio que nadie protege.
Dicen que fui usado.
Tal vez.
Pero no saben del valor que exige
ofrecer el alma
en un mundo que comercia afectos.
Mis versos no buscan perdón,
buscan destino.
Que rueden por las calles
como hojas de otoño,
que otros hombres los recojan
y reconozcan en ellos
su propio temblor.
Escribí hasta que la pluma se volvió ceniza,
hasta que la tinta aprendió a doler,
hasta que mis dedos, exhaustos,
solo sabían nombrar tu ausencia
como quien reza un salmo prohibido.
No maldigo al amor,
maldigo el mito cruel
que confunde sufrimiento con grandeza
y silencio con lealtad.
Si lees estas líneas
y algo se quiebra en tu pecho,
no sigas mi caída:
ama,
pero no te disuelvas.
Yo caí, sí,
pero dejé constelaciones de palabras
para que otros encuentren salida.
Eso —
lo que queda cuando todo se pierde—
son mis huellas.
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Autor:
clark anderson (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 8 de febrero de 2026 a las 00:04
- Categoría: Amor
- Lecturas: 2

Offline)
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