La noche antes del turno

Jose Hugo Rubio River

LA NOCHE ANTES DEL TURNO

 

JOSÉ HUGO RUBIÓ RIVERA

 

4 DE FEBRERO 2026

 

Por un momento, Lorenzo detuvo su mirada en aquellos zapatos viejos que parecían brillar bajo un rayo de luz proveniente de la luna. Era un brillo engañoso, casi una burla: la luz tenue de la madrugada se posaba sobre el cuero gastado como si quisiera recordarles que alguna vez fueron nuevos, que alguna vez caminaron con esperanza. La noche seguía allí, espesa, pero la claridad que vendría en unas horas ya se insinuaba en el horizonte, como una promesa que no le pertenecía.  

 

Era de noche, sí, pero todavía faltaban varias horas para irse a dormir. El insomnio no era un accidente: era una forma de pensamiento. Recordó que esos zapatos los había comprado cuando terminó sus estudios medios, cuando aún creía que el mundo era un lugar donde las ideas podían abrir puertas. “En la universidad encontraré un laboratorio de ideas”, se repetía entonces. “Debo tener zapatos nuevos. Estudiaré filosofía, me volveré filósofo y escribiré sobre el alma, sobre el ser y sobre este gran universo”.  

 

Pero la vida, pensaría después, no siempre respeta los planes de quienes sueñan. A veces los aplasta con la misma naturalidad con la que cae la noche.

 

Cuando era apenas un niño, Lorenzo encontró un libro cuya portada apenas pudo leer, pues no pasaba de los siete años. Sin embargo, logró descifrar el título, escrito con letras grandes: HISTORIA DE LA FILOSOFÍA, de Aquiles Córdova M., Editorial Estentor.  

Ese libro, tirado o perdido por alguien, fue su primer misterio. Lo guardó. No lo volvió a tirar. Pero esa noche se fue a dormir acongojado por no saber leer todavía. Ya estaba en tercero de primaria. “Memo sabe leer”, recordó. “Tal vez si hubiera puesto atención a la maestra Conchita estos tres años…”.  

 

La vergüenza, pensaría años después, es una maestra más severa que cualquier escuela.

 

Al día siguiente, y durante toda su vida como estudiante, se levantó temprano y se alistó solo para ir a la escuela. Cumplía sus trabajos y tareas; no dejaba una sola inconclusa. Su madre, que mantenía sola a tres hijos, admiraba el cambio. Lorenzo tenía un propósito: leer aquel libro. En cuatro meses ya entendía mejor el español y, al pasar de año, sabía leer. Había hojeado el libro antes, pero fue hasta ese día —contento y sorprendido por haber sacado 10 en las siete materias— que pensó: “Poner atención sí ayuda”.  

 

Recordó cuando le preguntó a Memo por qué siempre tenía las mejores calificaciones. “Porque vengo a la escuela a aprender lo que en mi casa no puedo, y porque pongo atención a todo lo que dice la maestra”, respondió él. “Presumido”, pensó Lorenzo entonces. Pero ahora veía que, en un año, él también lo había logrado. Tenía un mes de vacaciones y decidió empezarlo leyendo ese libro. Intrigado, lo terminó justo antes de volver a clases. “FIN”, decía la última página. Pero ese final marcó el inicio de su curiosidad infinita por la lectura.  

 

Años después entendería que ese libro no solo le enseñó filosofía: le enseñó que la ignorancia duele, pero también empuja.

 

Al terminar la preparatoria, su madre le preparó asado rojo, comida reservada para cumpleaños.  

“Ven a cenar”, le dijo. “No tuve para hacerte fiesta, pero estoy feliz de que hayas terminado. Eres el primero en la familia en lograrlo. Tu hermana ni la secundaria acabó y se juntó con ese cholo, el hijo de Julieta. No trabaja, se la pasa en la calle, y tu hermana sufriendo hambres. Y para acabarla, otra vez está embarazada”.  

“¿Otra vez?”, dijo Lorenzo sorprendido. Hizo cuentas. “Cinco con este… pobre hermana”. Menos mal que vivían cerca y su madre siempre cocinaba de más para ellos y sus primos.

 

“Y tu hermano terminó la secundaria y se fue a Estados Unidos. Al principio mandaba dinero, pero ya tiene dos años sin mandar nada. Ahora resulta que allá tampoco hay trabajo. Mira cuánta gente, incluso gringos, están en las calles pidiendo comida. Muchos drogadictos. Las empresas invadieron México y ahora trabajamos para ellos con salarios de hambre”.

 

La madre de Lorenzo lo observó con tristeza. Sabía que él quería ir a la universidad. Su cuarto parecía biblioteca: guardaba todo lo que leía, incluso periódicos viejos. Siempre, antes de que ella se fuera al trabajo, le contaba algo nuevo. Ella no entendía muchas cosas, pero lo escuchaba con atención, afirmando con la cabeza. A veces opinaba, y Lorenzo tomaba su última palabra para hilar una explicación más amplia.  

 

Era su forma de agradecerle. Era su forma de decirle que el mundo podía ser más grande que la fábrica.

 

Lorenzo notó el cambio en su semblante.  

“¿Qué tienes, madre?”  

“Lorenzo… dejaré de trabajar. La productividad bajó y anunciaron otro recorte. Ya tengo un mes trabajando medios turnos. Mi amiga de recursos humanos dice que vengo en este recorte”.

 

“Como la empresa es gringa y no se le aplica la ley… ya sabes que la presidenta, aunque diga en la tele que somos soberanos, ha permitido que hagan con México lo que quieren. Cuando tu padre y yo llegamos de Guerrero, aquí pagaban bien. Esta casa es lo que él nos dejó. Ahora, para que una familia tenga casa, deben trabajar juntos: padre e hijos. Y cuando el padre muere, el hijo, si bien le va, podrá dejarles esa casa a sus hijos. Al rato, como van las cosas, se unirá el abuelo. Ya ni la chingan”.

 

Guardó silencio. La alegría por su hijo se transformó en angustia.  

“La empresa no nos liquidará. Nos dará un bono de diez mil pesos y un ‘gracias’. ¡Malditos obesos, no llenan! Los Musk… esa familia multimillonaria que produce bolsas de piel de ‘virgen’, relojes con polvo de diamante, ropa con hilos de titanio, celulares transparentes que programan tus sueños, pastillas para conservar la piel cien años… Todos ellos, en la tele, lucen increíblemente obesos. Son cien integrantes. El mayor tiene 160 años. Dicen que ellos pusieron a la presidenta de México”.

 

La revista Forbes publicó una foto: “Los 100 hombres más ricos del mundo”. Noventa y nueve eran Musk y uno mexicano, Slim. Para ver la foto completa había que unir 27 páginas. Alguien lo hizo y lo subió a redes: eran tan gordos que ocuparon la revista entera. Ya no había fotos en papel; todo era digital y supervisado por inteligencia artificial.

 

“Así que, hijo… no sé qué vamos a hacer. Los 200 mil pesos que juntamos para que entraras al Colegio de México y el bono de diez mil es todo lo que tenemos. No me dan trabajo en ningún lado. Voy a cumplir 50 años y ese dinero apenas alcanzará para un año. El kilo de tortillas ya cuesta 200 pesos. A ti te dieron la beca del bienestar, pero solo sirve para que el gobierno diga que eres disciplinado. No da un solo peso. Solo te mandan formularios donde cada mes debes poner que estás de acuerdo con la transformación y que la presidenta siga el tiempo que ella quiera, porque si no, regresan los conservadores”.

 

“Todavía recuerdo a ese señor que empezó con eso de conservadores y corrupción… apenas iba a cumplir 18. Ya ni la chingan”.

 

Lorenzo entendió.  

“No te preocupes, madre. Yo trabajaré. Puedes anotarme como tu sucesor. Tengo derecho a que la fábrica me contrate por cinco años”.

 

Miró sus zapatos y se preguntó qué habría sido de él si hubiese ido a la universidad. Se levantó y se alistó para ir a la fábrica donde su madre trabajó toda su vida. No quería presentarse. Era una noche hermosa; habría preferido seguir soñando con ser filósofo, seguir recordando a su madre, a quien esa tarde acababa de sepultar. Lorenzo estaba por cumplir 45 años, pero se sentía de 60. No se casó ni tuvo hijos; pensaba que traerlos a este mundo era un castigo para ellos y para los padres.

 

Tenía que irse. La empresa le negó el permiso de faltar un día. Recordó que a su abuelo lo velaron dos días. Pero con la reforma del poder judicial, controlado desde Estados Unidos, el sepelio de los pobres debía hacerse antes de las 24 horas, so pena de perder tres meses de sueldo.

 

“Ya ni chingan”, murmuró Lorenzo mientras cerraba la puerta de su casa para irse al trabajo.

 

Y mientras caminaba, pensó —como quien piensa para no quebrarse— que quizá la filosofía no estaba en los libros que no pudo estudiar, sino en la forma en que uno enfrenta lo que no eligió. Que tal vez el ser no era una categoría abstracta, sino un cuerpo cansado que aún se levanta. Que el alma, si existía, debía estar hecha de resistencia. Que la filosofía en estos días debería servir como arma del pueblo, como decía su primer escritor al que leyó y entendió que organizar a los obreros debería ser su nuevo destino.

 

 Fin.

  • Autor: Jose Hugo Rubio River (Online Online)
  • Publicado: 6 de febrero de 2026 a las 15:40
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 1
Llevate gratis una Antología Poética ↓

Recibe el ebook en segundos 50 poemas de 50 poetas distintos




Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.