Pienso en la desorientación lingüística y el desconcierto emocional que se atraviesa para hablarle a quien se ama cuando está lejos. La pregunta que me hago es en qué parte del lenguaje se sitúa uno exactamente para poder hablar desde la distancia. Desde toda la fractura espacio-temporal.
Escribo. Es como mejor (le) hablo. Sin embargo, siento que algo falta. No veo las palabras con claridad. Siento que no tienen el mismo peso. Ni siquiera aquellas formas en las que decir su nombre era pisar terreno seguro.
Cada palabra cae sobre las hojas como un cuerpo al que el paracaídas se le ha ahorcado con sus propias cuerdas en el momento decisivo. Así las veo. Son cuerpos terribles. Accidentados. A veces antes incluso de ser escritas.
Llevo pocos días lejos de A. Ella en Venecia, al borde del baile de máscaras; yo en Nueva York, atravesado por copos de nieve sucia. La despedida fue dura. Es la primera vez que decir «adiós» me duele. Lo sentí en los ojos, al girar la cabeza unas cuantas veces y recordar la esquina del aeropuerto donde cada uno se rompió para ir a abrazar su destino.
Estoy torpe. Me choco contra las horas. A pesar de estar en medio de una experiencia que implica un crecimiento, siento que menguo al mismo ritmo y forma que los poemas en los que intento que mi voz le llegue y me acerque.
Estoy incómodo. No hago otra cosa que poner su nombre sobre todo lo que tocan mis ojos.
Estoy aquí, en una ciudad de ensueño. Y, sin embargo, la conciencia de la distancia me parte la luz de las posibilidades como la lanza que golpea al que se cree caballero en una justa.
Repito: pongo el nombre de A. en todo. Soy monolingüe o nomilingüe. Desvarío. (Ella se reirá de esto)
Sé que es un pecado hacer omnipotente a un cuerpo mortal.
Pero el amor…
Pero la distancia
y sus bestias…
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Autor:
asegura1617 (
Online) - Publicado: 5 de febrero de 2026 a las 13:54
- Categoría: Amor
- Lecturas: 1

Online)
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