La lámpara vertía su luz mortecina,
dibujando sombras en la pared fría,
cuando sentí una presencia divina
que entre las cortinas se me aparecía.
No era un fantasma de horror o de espanto,
sino una dama de manto nevado;
me miró fijo, cubierto de llanto,
y se sentó, con aliento pausado.
—"¿Por qué me temes?" —me dijo al oído,
con voz que vibraba como un viejo piano—.
"¿Crees que el mundo te ha echado al olvido
porque te tomo hoy de la mano?"
Yo le respondí con voz temblorosa:
—"Tu frío me aterra, me quita el aliento.
Eres la tumba de toda gran cosa,
el eco vacío de mi pensamiento."
Ella sonrió con gracia infinita,
como quien guarda un secreto sagrado:
—"Escucha, poeta, la paz que te invita,
el don que el tumulto te ha arrebatado.
Yo no soy vacío, yo soy el espejo
donde tu alma por fin se contempla;
soy el remanso, el consejo más viejo,
el fuego que el hierro del hombre destempla.
En la algarabía de plazas y gentes,
te pierdes buscando una ajena mirada,
bebiendo de fuentes que no son tus fuentes,
corriendo tras sombras de nada hacía nada.
Pero conmigo, el tiempo se detiene,
la mente se aclara, el genio despierta;
la paz es la joya que solo obtiene
quien abre a mi paso su sólida puerta.
Mira este libro, mira este piano,
mira la idea que empieza a brotar.
Soy yo quien te ofrece, de modo cercano,
el lujo supremo de saber pensar.
No soy el castigo, soy la recompensa,
el aire puro tras la tempestad;
en mi compañía la vida es intensa,
pues solo conmigo hallas tu verdad."
Calló la señora de pálida frente,
y el cuarto se llenó de un brillo sereno.
Ya no era un náufrago en mar inclemente,
sino un monarca en su propio terreno.
Le di las gracias, cerré los ojos,
sentí que mi pecho cobraba vigor;
la Soledad desarmó mis enojos,
y al fin encontré, en su paz, el honor.
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Autor:
Jose Barrientos (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 5 de febrero de 2026 a las 13:22
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

Offline)
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