Gabriela, hija mía, aprende de mi pena prolongada,
la envidia no codicia lo tuyo ni tu senda trabajada,
le duele verte entera, libre, serena y no quebrada,
prefiere verte sin brillo, sin voz y despojada,
porque su alivio es tu ruina lenta y bien administrada.
No ansía tus logros humildes ni tu pan bien compartido,
le incomoda tu pureza, tu pulso no corrompido,
quiere verte desconfiada, pequeña y arrepentida,
pues tu calma es un espejo que denuncia lo perdido,
y tu luz le recuerda lo que nunca ha construido.
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Yo lo aprendí tarde, hija, con el alma erosionada,
confié en demasiadas manos, bajé guardias innecesarias,
y pagué con desengaños mi fe mal entregada,
por eso te hablo despacio, con la voz ya desgastada,
para que cuides tu fuego de la mirada envenenada.
Sigue siendo quien eres, aun cuando duela ser limpia,
no apagues tu ternura por la hiel que otros destilan,
camina sin explicarte, sin vencer ni humillar,
porque quien necesita verte menos para existir,
ya vive derrotado aunque finja brillar.
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Autor:
El Corbán (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 5 de febrero de 2026 a las 10:38
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 11
- Usuarios favoritos de este poema: Salvador Santoyo Sánchez, MISHA lg, El Hombre de la Rosa, Mauro Enrique Lopez Z.

Offline)
Comentarios2
Bellísimo.
Saludos poeta el corban
Hermoso y genial tu preciado versar estimado poeta y amigo El Corbán
Saludos desde el Norte de España
El Hombre de la Rosa
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