Te miro en la raíz, patria de surco y herida,
donde el hambre de justicia se siembra en lo profundo.
Hoy te arrancan la sombra, te niegan la salida,
y quieren que este huerto sea el resto del mundo.
Han cercado la acequia, han prohibido el retoño,
y a mis hijos, los brotes, se los lleva el exilio;
pero no saben ellos que el rigor del invierno
es solo el mudo ensayo del eterno auxilio.
Resistimos con palas, con la uña en la tierra,
porque el derecho es semilla que no sabe morir.
Nadie puede enterrar lo que la sangre encierra:
esa terca costumbre de vernos florecer.
Mis hijos no son paja que el viento desmorona,
son tallos decididos, pragmáticos y fieros;
traen en el bolsillo la luz que nos corona
y limpian de rastrojos los viejos senderos.
Ellos abren el cauce, ellos traen el abono,
con manos que no saben de miedos ni cadenas.
Ya no somos el fruto que espera un abandono,
sino el huerto valiente que corre por las venas.
Mañana, la cosecha será un pan compartido,
sin leyes que marchiten el sol de la mirada;
porque un pueblo que cuida lo que ha florecido
no entrega su futuro a la tierra callada.
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Autor:
Jose Barrientos (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 4 de febrero de 2026 a las 16:32
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 2
- Usuarios favoritos de este poema: Carlos Eduardo Antoine

Offline)
Comentarios1
Qué sucede en Costa Rica.
Saludos
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