La Monja Blanca
I
Cuentan que antes del tiempo medido, un Gran Señor de cerros y brumas,
vio en un valle la forma de una joven, un destello que el aire perfuma.
En sus ojos halló la quietud de un lago antiguo y profundo,
y el silencio que guardan las grutas del mundo.
Ofrendó un cofre pesado, un rescate de plata y de luz,
y hacia las alturas la llevó, donde el bosque es más denso y es cruz.
Mas la ambición, serpiente sutil, en el corazón ajeno se enreda:
los padres pidieron más tierras, más fruto, más moneda.
La doncella, de vergüenza y dolor, se tornó niebla y lamento,
hasta ser solo un brillo entre ramas, un tenue nacimiento.
El Señor, con su ira de trueno, petrificó la codicia en madera,
y los troncos quedaron, mudo testimonio de aquella carrera.
Luego, con llanto que era un manantial nuevo en la roca,
recogió aquel fulgor suspendido, esa esencia que el viento evocaba.
Y entre sus manos, de tierra y poder, brotó el milagro sin par:
una flor que era un cuerpo de alabastro, un suspiro lunar.
Así nació, dicen, de un amor y una afrenta fatal,
la doncella sin rostro, la Monja Blanca nacional.
Otra voz habla de un claustro, de un monje de barba nevada,
cuyo pecho guardaba el retrato de una amada, una ilusión aprisionada.
Era un rostro circundado por velos de monja silenciosa,
una imagen que el tiempo desgasta, mas no desvanece completa.
Para purgar el deseo, terrible fantasma en su celda,
enterró la pintura a la orilla de una fuente, donde una parásita se enreda.
Regó con agua clara y con lágrimas de arrepentido ardor,
hasta que la planta, en un acto de gracia, dio su fruto de blanco esplendor.
La monja del lienzo, por arte de amor y de expiación,
halló un nuevo ser en el reino de la floresta y la humedad.
II
No es hermana del rosal común, ni de la breve amapola.
Es epífita: habita el brazo del árbol, mas no es su parásita ni su amiga.
Allí anida, con raíces de plata que buscan el aire, no el lodo,
viviendo de luz y de niebla, de un pacto secreto y arcaico.
Su cuerpo es un códice de curvaturas perfectas.
Tres pétalos se abren como un manto de lino sobre la tierra húmeda.
En el centro, la columna que une estambre y pistilo se inclina,
una figura encapuchada, una orante, una línea
que reza en silencio a la vida que la engendró.
Es una virgen doncella, un ser hermafrodita, capaz de fecundar su propio enigma,
esparciendo semillas como millones de promesas al viento.
Su color es el de la leche de luna, el del alba antes del sol,
un blanco que no es vacío, sino plenitud y evocación.
Un blanco de nieve tropical, de rocío atrapado en la mañana,
de perla que surgió de las profundidades verdes de la montaña.
Es la Lycaste skinneri, pero la variedad alba, la sin mancha,
una mutación rara, un accidente sublime que la naturaleza brinda.
Guarda su néctar, no para el ave bulliciosa, sino para el espíritu,
y su fragancia es un secreto que solo revela a la noche infinita.
III
Su trono no es de oro, sino de musgo y de sombra.
Habita el corazón de la Verapaz, donde la neblina se esconde y se asombra.
En las laderas de Las Minas, en los flancos de los volcanes del occidente,
donde el bosque es nuboso, eternamente fresco y paciente.
Este santuario vegetal, este edén de eterna primavera,
es un mundo de murmullos verdes, de orquídeas en filigrana.
Aquí, la Monja Blanca se esconde con pudor de hada,
entre helechos gigantes y el fruto de la palma altanera.
No gusta de la claridad cruda, del sol que todo lo hiere;
prefiere el tamiz de las hojas altas, la penumbra que todo lo viste.
Solo entre noviembre y febrero despliega su gloria efímera,
un ciclo lento, pues espera quince años para su primera lumbrera.
Es un milagro que exige paciencia, un reloj de savia y de tierra.
Hoy, su reino se reduce, el bosque nuboso retrocede y se encierra.
Queda un cinco por ciento del que había, un jardín frágil y último,
y ya no se la ve en lo silvestre, solo en el invernadero y el culto.
Es un fantasma blanco en la memoria de la selva,
un tesoro que una ley protege de la tijera y de la tala soberbia.
IV
No siempre fue el blasón de la nación, este honor llegó en un febrero,
cuando el acuerdo gubernativo la nombró, por siempre, el estandarte verdadero.
Fue la sugerencia de una mano extranjera, en una exposición de flores,
que vio en su rareza y su porte, virtudes y valores.
Ahora es la encarnación de tres dones: la paz, la belleza, el arte.
Es la musa de poetas, el verso que no tiene fin.
Es la “flor de mayor riqueza expresiva”, el orgullo simbólico de la heráldica guatemalteca,
una enseña viva, silenciosa e inmensa.
No grita su amor patrio, lo susurra con la curvatura de sus pétalos,
con la blancura que refleja la luz de un cielo sin malos.
Es el alma de una joven que murió de pena,
es la oración de un monje que logró su faena.
Es el blanco estandarte de la montaña verde,
el espíritu del país que en su centro la guarde.
Es la Monja Blanca, rara, epífita y señorial,
la flor nacional, el poema hecho materia vegetal.
No es un adorno, es una promesa de blancura en un mundo de color,
un recordatorio perpetuo de la pureza, el amor y el dolor que dan valor.
—Luis Barreda/LAB
Los Ángeles, California, EUA
Enero, 2023.
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Autor:
Luis Barreda Morán (
Online) - Publicado: 3 de febrero de 2026 a las 00:01
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 2

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