No es bandera el aire, sino el pan que se nos niega,
la mesa coja donde el miedo se sienta a comer,
y este silencio espeso, esta sombra que ciega
el derecho sencillo de sentir y de ser.
Te muerden los costados con dientes de decreto,
te arrancan a los hijos como se arranca el trigo,
y el hogar, que era nido, se vuelve un amuleto
frente al invierno huraño de un estado enemigo.
Pero escucha el estruendo de la sangre que avanza,
no es un rezo doblado, es un martillo despierto.
Hay una metafísica de luz y de esperanza
que nace en el arado y florece en el huerto.
Nuestros hijos no heredan la rodilla en el suelo,
traen el ojo de hierro y la mano de aurora;
son pragmáticos dueños de su trozo de cielo,
los que escriben mañanas en la piel del «ahora».
Levantarán el muro que el tirano ha abatido,
con la cal de su entrega y el ladrillo del paso,
porque un pueblo que siente su derecho herido
es un sol que decide no aceptar el ocaso.
Volverá la palabra a ser libre y sencilla,
como el agua en el vaso, como el beso en el pan,
pues no hay cárcel que encierre la fuerza de la semilla
cuando hijos valientes por su patria se dan.
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Autor:
Jose Barrientos (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 2 de febrero de 2026 a las 11:18
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 15
- Usuarios favoritos de este poema: Nelaery, Emilia🦋, Mauro Enrique Lopez Z., karl.eduard.marius von blumenthal

Offline)
Comentarios1
Que así sea. Que todo mejore.
Que donde hay hambre y desesperación, se torne en un mundo de abundancia.
En las actuales personas y en sus descendientes está la posibilidad de un cambio a mejorar, cuando despertemos de este letargo que no nos deja buscar lo que es justo.
Saludos, José Luis.
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