El autobús salió de la terminal de Port Authority, en Manhattan, como un animal cansado que aún cree en el camino. Afuera, la nieve vieja parecía ceniza; adentro, el calor empañaba los vidrios y convertía la ciudad en un recuerdo borroso. Ella se llamaba Mariana Rojas y viajaba hacia Madison, Wisconsin, una ciudad que le habían dicho era tranquila, con lagos como espejos y calles donde la noche no llevaba pasamontañas.
A su lado iba Étienne, un francés flaco, de barba rala y mochila de turista, que hablaba de museos y cafés como si el mundo fuera una postal sin manchas. Sonreía con la inocencia del que aún cree que las fronteras son líneas de lápiz. Mariana asentía, pero su mente viajaba más rápido que el autobús.
Caracas, Venezuela, años antes.
Aquella noche. El ruido de motos, el olor a gasolina y a miedo. Todos lo sabían, eran los colectivos. Ella y su hermana Daniela salieron huyendo hacia Cúcuta, con lo puesto y el corazón golpeando como tambor de guerra. Hicieron una escala en Necoclí, luego el Darién, la selva panameña que no perdona, donde el verde se vuelve oscuro y el barro se pega a los huesos. Allí, la historia se rompió: tres sombras, un grito que no encontró eco, y el cuerpo de Daniela quedándose atrás, como si la tierra la hubiera reclamado con violencia. Ultrajada de forma brutal y muerta al querer escapar, corriendo desnuda entre la espesura. Mariana siguió caminando con los ojos secos, porque a veces el llanto se queda sin permiso.
El norte era una promesa. Estados Unidos, decían, era distinto. Luego de cruzar medio continente llegó a New York y se instaló en Queens, entre la Roosevelt Avenue y la 90th Street, en un cuarto pequeño donde el radiador sonaba como un viejo asmático. Por un tiempo estuvo a salvo. Trabajaba en una factory: manos rápidas, cabeza baja, sueños guardados en el bolsillo.
Hasta aquella mañana.
Hombres con el rostro cubierto irrumpieron como un mal viento. Gritos.
—¡Papeles!
El nombre flotó como un cuchillo: ICE, siglas de Immigration and Customs Enforcement, la agencia federal de inmigración y aduanas. Para ellos, sin embargo, no era una institución: era otra palabra para el miedo. Nadie tenía documentos. El aire se volvió de hierro.
Cuando iban a esposarla, un hombre de contextura gruesa —un gigante cansado— se interpuso. Hubo empujones. Un forcejeo. Mariana corrió. Desde lejos escuchó gritos y luego disparos, como si el destino tocara a la puerta con balas.
Al día siguiente, en su vivienda humilde, leyó el titular del New York Times:
“Agentes de ICE matan a un ciudadano estadounidense en confuso incidente.”
Se le humedecieron los ojos. Era su incidente. El gigante sin nombre había quedado atrapado en las letras negras del periódico. La misma persecución. El mismo miedo, con otro idioma. Venezuela la había seguido como una sombra con pasaporte falso.
Empacó su pequeña maleta. Tomó el autobús. Madison sonaba a refugio: a lago quieto, a silencio sin sirenas. En el bolsillo de su abrigo apretaba la imagen de Don Goyo, José Gregorio Hernández, como si ese cartón bendito fuera un escudo.
—Cuídame —murmuró.
Étienne le ofreció un café del termo. Ella aceptó. Afuera, la carretera se estiraba como una cinta de esperanza. Una lágrima cayó por su mejilla derecha y se perdió en la bufanda. No era solo tristeza: era la forma que tenía el alma de decir sigo viva.
El autobús siguió su rumbo. Y Mariana también. Porque incluso bajo el hielo negro de ICE, hay corazones que aún aprenden a buscar ciudades donde el miedo no tenga uniforme.
Epílogo
Muy lejos de esa carretera, en el corazón helado de Minnesota, otra historia se apagaba. En una calle de Minneapolis, una mujer llamada Renée Good caía bajo los disparos de agentes de ICE. Otra vida rota por las mismas siglas, otro nombre sumado a la lista invisible.
El hielo, pensó el país, ya no solo venía del invierno.
JUSTO ALDÚ © Derechos reservados 2026.
-
Autor:
JUSTO ALDÚ (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 2 de febrero de 2026 a las 00:15
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 2

Offline)
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.