Macorina

LeoBau

De las nubes desprendía una lluvia espesa, empapando las aglomeradas calles de los viejos suburbios. Eran ya altas horas de la noche y Macorina se encontraba en aquel inundado rincón. A los lados filas enteras de cantinas y en el ambiente se desprendía el dulce olor a tabaco. 

Se cubría de las gotas bajo la atenuada luz de un farol, contando la poca calderilla que hubo de ganar esa noche.  

—Apenitas y me toca para la comida. ¡Estos viejos siempre acomodando el precio de las cosas! Y una que tiene necesidad... qué se le va a hacer... —pensaba mientras sus delicadas extremidades temblaban bajo su hendido rebozo, prendas surcadas de hoyos.  

Su cuerpo se reflejaba bajo los charcos de su propia miseria, sus brazos, sus dedos infantiles de jovencita. Si bien cada noche se reiteraba que la vida se le había ido partiendo en gajos. Desde niña -recordaba- que el único ingreso de su familia era el de su madre que, convenientemente, también tenía profesión de ramera, mas nunca dejó que ni la polvorienta casa de loza en la que dormía ni los gemidos nocturnos de su madre la afectaran. Macorina, aunque nacida entre aquel nidero de hidras, aquella pobreza desmesurada, siempre trató su situación con tal firmeza. Ella sabía, o más bien, procuraba creer que, tarde o temprano, algo cambiaría... Pero ahora, con las prendas mojadas por la agobiante brisa, con su carita tierna abullonada de maquillaje, desvaneciéndose por sus pómulos... derretida, como vela desgastada. Al notar su humilde semblante, tan solo supo dar una carcajada por no llorar. 

—¿Qué haces aquí, Macorina? —una voz pastosa asomaba a contracalle. 

—Nada, hundiéndome. A lo que uno se acostumbra. 

Macorina miraba de reojo a la alta y tambaleante figura. Apenas salida de una de las tantas tabernas, pestilente a alcohol y a cigarro. Lo reconoció de inmediato; cómo no iba a hacerlo si era su vecino de piso. La única persona con la que, de vez en cuando, podía conversar. 

—Una pena... ¿Y qué haces allí parada como bruta? Ven, déjame acompañarte a tu casa. Y ya que estamos en esas, al menos puedes ayudar a este pobre viejo a caminar unas cuantas cuadras. 

El espesor de la lluvia embrollaba sobre el lienzo de sus rostros. Las calles ahora solitarias, tan solo el eco de las gotas cayendo sobre el agua de sus charcos, hirviendo. Macorina cargaba el cuerpo de aquel borracho en sus hombros. No entendía cómo un médico, casi de renombre, podía haber llegado a tal estado: embriagándose cada tarde, viviendo en un cuartucho a lo indigente. Bueno, no estaba del todo mal; tenía, al menos, un lugar al cual acudir, pero juzgaba que podía aspirar a un poco más. 

—Te ves en muy mal estado, Macorinita, como muerta. 

—Alguien como yo siempre lo está, Aurelio. 

Un silencio atisbó entre los dos. Aurelio lo rompió con su balbucear torpe. 

—¿Y cómo la has pasado? Digo, ya sabes, con lo del duelo. 

—Cómo te gusta hacer preguntas estúpidas, Aurelio. —decía mientras pasaban por el umbral del antiguo edificio— Era de esperarse, ¿sabes? Era ramera, de vez en cuando eso sucede y... no hay nada que pueda hacer uno. Dicen, ahí entre voces, que se suicidó. Ja, ja, ja... qué hipocresía... A mi madre la mató uno como los tuyos, Aurelio. Ya sabes cómo se puede poner a veces. Llevamos la carga en lo más profundo de nuestro infierno. La traemos fermentando entre los huesos... 

—Perdón... Ya sabes que unos tragos encima me ponen de impertinente... —refrescó su garganta para pronunciar mejor— Siento escuchar eso... humm... ¿quieres un cigarrillo? Creo que tengo unos de sobra. Podemos ir al balcón si quieres. 

Macorina arrastró al pobre de Aurelio por las escaleras. Cuando llegaron al balcón la lluvia había apaciguado un poco. Aurelio le ofreció el cigarro y esta aceptó. Lo fumó lentamente. Cada trago de humo, cada suspiro era como si se desprendiera poco a poco de su cuerpo; como si aquel vapor fuese un hilito de su alma. 

—¿Y tú, Aurelio? ¿Por qué un médico como tú vive así? 

—¿Así cómo? 

—No te hagas el interesante. —respondió Macorina con una sonrisa un tanto talante. 

—Ja, ja... Bueno... Humm, hubo un tiempo en el que estuve casado. Era muy diferente a como me ves ahora. Tenía una casa propia y una hija maravillosa... Todavía recuerdo sus ojitos cada mañana; cómo me despertaba... Mi esposa era una mujer firme, intensa, bastante guapa. La verdad, vivíamos bastante bien, acomodados económicamente. Pero algo en mí no se sentía a gusto, necesitaba algo más: un estímulo, ¿entiendes? Empecé a salir con varias mujeres, más que nada enfermeras; era lo que tenía al alcance. Y no porque no la quisiese, sino que, humm... me la vivía estresado por el trabajo y casi no la veía, aparte que... bueno, se la pasaba malhumorada por ello. Pero eso no importa. El punto es que se enteró de lo que hacía por malas voces o... buenas, y se fue de la casa. Claro que yo intenté pararla, según recuerdo... pero estaba muy borracho aquella noche. Cuando empezó a comportarse desinteresada conmigo, opté por dar excusas diciendo que había estado en el hospital, ya sabes, alguna que otra mentirilla. Por ello de mi embriaguez aquella noche... Bueno, la verdad es que ya después no la busqué... Aun así, me sentía culpable. Pero seguía teniendo mis amoríos, supongo que ni tan... culpable, humm... Después de aquello pensé que me iba a llegar una demanda, ¿sabes? El divorcio y todas esas minuciosidades para que a uno le quiten sus pertenencias. Así pues, estuve buen rato esperando. De vez en cuando me daban estremecimientos de dolor, de esas tinieblas que uno siente en el cráneo; pero no es algo que un buen cigarro o un vino no puedan quitar. — las palabras le menguaban en la garganta. Palidecía. Las náuseas le daban ganas de vomitar. 

Alrededor de tres o cuatro años salió una noticia que me dejó sorprendido. Una ramera que trabajaba en el bulevar se había suicidado. Di vuelta a la página, sin poner mucha atención. Pero algo, un presentimiento me hizo tomarla de inmediato. En un pequeño apartado salía una imagen, un rostro muy familiar. Era ella. Y en efecto, horas después recibí llamadas, pues según decían que era mi número el único que encontraron en la escena del crimen (que había sido su casa) y que no reconocían más familiares. Así que yo era responsable de la difunta. Lo demás son detalles de los que no me gusta acordarme... el funeral, las miradas, a mi hija que desde ese día no la veo... Tampoco me di a la tarea de buscarla; sentí punzadas en el vientre cuando me di cuenta de que no me reconoció. Me daba un terror saber qué opinaría o qué diría sobre todo este tiempo si lo hubiese hecho. No encontraba otra forma más que hablar con ella alcoholizado, y no quería que me viese de esa manera. Así que no lo hice. No sé qué tenía dentro mío en aquel entonces que di por seguro que ella estaba bien... 

Aurelio suspiraba agitado, su voz se entrecortaba y sus ojos se movían bruscamente, no encontrando sosiego ni en las espumosas estrellas ni en las pupilas de Macorina. Pero prosiguió con las pestañas húmedas. 

—La herida que llevaba infectando desde que se fueron, pero que calmaba con mis goces, no tuvo más remedio que estallar en pus... En un arrebatamiento en callar mis pensamientos hipotequé mi casa, vendí el carro y mis pertenencias. Y... bueno, me lo gasté en lo que se gasta el dinero podrido: apuestas, alcohol, humm... prostitutas. Dejé por consecuente mi trabajo y lo poco que pude salvar fue para rentar el cuartucho y comer... a veces. Y acá me ves. Estamos muertos, Macorina. Gente como yo no merece ni el infierno; pues sus flamas no podrán borrar nunca el horror de mi pecado. 

Macorina escuchaba sin opinar nada. Tenía una expresión estática, de esas sonrisas ensordecedoras, unos ojos oscuros como la noche en que se encontraban postrados. Dio una inhalada a su cigarro y volvió sus pupilas al vasto cielo. 

Aurelio la miraba, analizándola, casi como quien ve el retazo de su propia ensoñación. 

La veía transparentada a los rayos de luna, con una palidez casi enfermiza... estaba enferma. 

Macorina sobaba su alargado cuello, lleno de moretones, marcas de forma anillada. 

—¿Qué es eso en tu cuello? —preguntó Aurelio. 

—Nada que no sea lo habitual... —murmuró—. ¿No te acuerdas? 

—¿No me acuerdo de qué? 

La observó atentamente bajo la holgura de su rebozo, eran cicatrices, aún más manchas de moretones en la profundidad de su piel. 

—Era una noche como esta, Aurelio. Las nubes lloraban y gritaban a truenos. Era tarde... y me encontraba contando la poca calderilla bajo la luz de un farol. Nunca gané mucho, siempre eran malos días, pero allí era el lugar donde se ganaba más: el bulevar, infestado de sanguijuelas borrachas y con ganas de alivianar su placer. Salías, Aurelio, de una cantina, como cualquier otro de por esos rumbos. ¿No lo recuerdas? Te acercaste hacia mí, preguntaste si todavía daba servicio y respondí que sí. Me llevaste a tu casa. Esperé sentada en tu cama, mientras te quitabas la ropa. Pero me miraste como ahora, analizaste mi cara y mi cuerpo desnudo. Gritaste mi nombre... ¿Cómo sabías mi nombre? Nunca te lo había dicho, pero seguiste y seguiste...: “Macorina, hija”. Tus labios se partían, temblabas Aurelio, tus dedos se movían convulsamente. Palidecí, ¿quién no lo iba a hacer ante esa situación?... Agarré mi rebozo y cubrí mis senos. Traté de escapar de allí. ¿Acaso no lo recuerdas, Aurelio? Me tomaste del brazo, me arremetiste contra el suelo y empezaste a gritar aún más: “¡¿Por qué?! ¡¿Por qué haces esto?!” Estrujabas mis manos, mis brazos, dabas golpes... manotazos duros, Aurelio. Tus puños se hundían bajo mis frágiles huesos... y repetías: “¡Tanto tiempo que no te veo y lo hago así!”, “¡ramera!”, “¡puta!”. Cubría mi cara con las pocas fuerzas que me quedaban. Apretabas mi rebozo, lo rasgabas con tus sucias manos. Intenté gritar, pero en vano. A mi primer esfuerzo te embestiste contra mi cuello, mi garganta... No eras consciente, no razonabas; pero no te arrepentías de tus acciones. Era casi como si estuvieses lúcido, Aurelio... lúcido. 

Aurelio palideció al escucharla, su estado de embriaguez se había esfumado... ahora lo veía. 

—¿Quién alguna vez ha visto por mí? Dígame... ¡dime! En las tardes veía por mi ventana a los niños jugar afuera de sus casas, en la escuela, en sus bicicletas; he visto a jóvenes reír, besarse, disfrutar del hermoso azar de la vida... he visto a los creyentes rezarle al Todo Poderoso Dios, hincársele, lamerle sus selectivos dedos de hombre no hombre, ¿acaso es que yo no puedo? ¿A quién le debería rezar? ¿A quién me le hinco? ¿A dónde va a llorar alguien como yo? Quien no es más Dios que el que ha sufrido tanto y visto tanto. ¿Acaso Dios se habrá acostado con diferentes hombres cada noche? ¿Habrá sido su madre una puta? 

Estamos en un constante juego, un ocio entre ocios, ¿o me equivoco, Aurelio? Nadie se fija en las ataduras ajenas, ¿o me equivoco? Ahora los idiotas tienen el premio. Dime, Aurelio, ¿acaso crees que mi madre quiso ser puta? ¿Acaso no crees que quiso despedazarte parte a parte, mutilar tu amargada existencia? Aurelio, ella no decidió aguantar sus cadenas por puro gusto; como así no decidió hacerte bodrio la vida. Ella estuvo esperando, esperó... Lo hizo hasta que las tripas se nos pudrieran del hambre, hasta que la vida nos consumiera. Bien sabías que ella sola no podía mantener ni una maldita hormiga, y aun así nos abandonaste. El hambre pesa, Aurelio, más que la tristeza y el arrepentimiento, pero a ella le pesó más tu ausencia. Dime, Aurelio, ¿qué queda de alguien como yo, si ni en su propio hogar pudo caber, si el único amor al que podía aspirar era de viciosos transeúntes? ¿Qué esperabas de mí?... ¿Qué esperaba de mí?... Ahora no tengo duda alguna de que seas mi padre, pues de tu boca fermenta la muerte... 

Ya muerta me miraste a detalle las facciones, la calavera. Mi morado rostro, la sangre que borbotaba de mis extremidades... Este moretón en el cuello. Volviste en ti, Aurelio, la angustia ofuscó tus pasadas acciones y te arrepentiste, muy tarde, pues ya estaba muerta. Abrazaste mi cuerpo aun llorando y lo subiste al balcón. Ahora estamos fumando un cigarrillo... ¿Lo recuerdas? Padre. 

Su padre calló. Lo recordaba todo, ¿cómo no iba a hacerlo? 

Era una noche hermosa: crispaban las nubes, irisaba la luna... La noche en que asesinó a su hija... 

—Lo recuerdo, hija. —susurró—. Lo recuerdo todo. 

Aurelio vio el cuerpo de su hija en el suelo... destrozado, embadurnado en sus propios golpes. 

Miró las estrellas e inhaló por última vez su cigarrillo. Era una noche hermosa, pues al fin podía ver de nuevo a su hija. 

 

  • Autor: LeoBau (Offline Offline)
  • Publicado: 1 de febrero de 2026 a las 01:46
  • Comentario del autor sobre el poema: Es el primer cuento que escribo
  • Categoría: Cuento
  • Lecturas: 5
  • Usuarios favoritos de este poema: alicia perez hernandez
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