Hablan de fe con balanza,
pesan el alma en vitral,
confunden ley con moral
y al disenso le dan lanza;
su Dios presume mudanza
según convenga al poder,
dictan cómo hay que creer
con pulcro tono severo;
yo pienso: lo verdadero
no admite amo ni deber.
Visten dogma de argumento,
ordenan con voz cortés,
y llaman “bien” al revés
si amenaza al pensamiento;
administran el viento
como si fuera escritura,
ponen precio a la cordura
y sellan duda en silencio;
mi fe no firma convenio
con oficinas de altura.
Elevan templos de norma,
bancos de fe numerada,
la conciencia es vigilada
si no calza con la forma;
predican paz que conforma
a quien obedece quieto,
pero el miedo es su secreto
y el cielo, su credencial;
creer no es acto legal:
es un pulso discreto.
Declaran culpa elegante,
en latín o ceremonial,
como si el juicio moral
fuera decreto distante;
mi sangre no es militante
de su fe reglamentada,
la verdad no es allanada
por rito ni jerarquía;
creer es soberanía
que no pide embajada.
Guarden su fe normativa,
no me impongan el temblor,
la conciencia no es error
ni la duda subversiva;
si la fe está viva,
camina sin tutoría,
no amenaza, no vigila,
no compra obediencia fría;
libre albedrío es mi vía:
la fe que obliga, vacila.
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Autor:
Loiiz. (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 30 de enero de 2026 a las 15:32
- Comentario del autor sobre el poema: Ninguna religión, por más antigua, pulida o bien intencionada que se proclame, adquiere derecho alguno sobre la conciencia ajena. La fe que necesita presión deja de ser fe y se convierte en administración del miedo. Creer por imposición no eleva: disciplina. Y toda doctrina que exige obediencia antes que convicción no busca almas, busca orden. La conciencia humana no es territorio conquistable; cuando una creencia intenta obligar, se delata a sí misma como poder, no como verdad.
- Categoría: Religioso
- Lecturas: 1

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