Peripecias del hada Titania XXII

Salva Carrion

 

 

La Resaca de la Victoria

 

 

Tras la integración del Velo de la Aurora, la realidad misma pareció protestar, como un tejido forzado a una forma que no le correspondía. La atmósfera se volvió densa, casi táctil, transformando el oxígeno en una sustancia espesa saturada de partículas que recordaban al polvo residual de estrellas muertas. Cada inhalación era una lucha física; los pulmones de los viajeros se cargaban con el regusto metálico de una victoria que sabía a hierro oxidado y ozono. Era el aroma de la supervivencia tras el rayo, un calor seco que se negaba a disiparse.

Bajo el Sauce de Cristal, cuyas ramas tintineaban con un sonido vidrioso y penoso, el grupo permanecía en un mutismo tenso. Akelia, sentada entre las raíces de cuarzo, intentaba calmar el temblor de sus manos trenzando flores de azafrán. Sin embargo, la magia remanente era tan potente que las fibras fluctuaban entre sus dedos como brasas candentes. Pequeñas volutas de humo se elevaban de su piel, dejando aparentes manchas que ella ignoraba, mientras mantenía la mirada perdida en un horizonte que apenas reconocía.

A su lado, el Leñador mantenía un ritmo metrónomo afilando su hacha. El shhh-shhh del metal contra la piedra era el único anclaje que le impedía sucumbir a la distorsión de la realidad. Cada chispa que saltaba de su herramienta parecía una pequeña estrella naciendo y muriendo en el acto.

Titania no hallaba descanso. La Gran Costura no solo había unido planos dimensionales; había dejado cicatrices en su propia esencia feérica (la característica innata a todas las ninfas), como si hilos de argente líquido recorrieran sus venas irritando todo a su paso. Al caer la noche, una grieta de sombra absoluta comenzó a devorar el horizonte hacia el oeste. La oscuridad consumía los fotones antes de que pudieran reflejarse en las hojas vidriosas.

—Siento una boca que se abre —balbuceó Titania, su voz resonando fuera de su garganta—. Una ansiedad que desea devolver el mundo al olvido para silenciar este ruido.

De pronto, el suelo rugió. Una trepidación procedente de las profundidades tectónicas sacudió el bosque con tal violencia que el Sauce de Cristal soltó una lluvia de teas ígneas. Guiada por la trepidación, Titania escarbó entre las raíces milenarias, hundiendo sus manos en la tierra que hervía, hasta hallar, incrustado en un bloque de raíz carmesí, un cilindro de cobre pardo.

Al tocarlo, el sello de cera negra se fracturó y la voz del Espíritu de la Tierra retumbó directamente en sus oídos de gelatina:

"Titania, hija del equilibrio: el Velo es un escudo firme, pero ningún escudo aguanta si el brazo flaquea. El Oeste sangra por donde habéis suturado la herida. Busca la Ciudad Flotante de Áureo; allí reside la continuidad de la canción que detendrá el desgarro".

El grupo, unido y compacto. se levantó decidido y partió hacia el oeste, atravesando un paisaje que se deshilachaba en siseos prolongados. Los árboles se volvían en láminas bidimensionales al mirarlos de reojo. El cielo cambiaba de color con cada parpadeo. Tras varias jornadas de fatigosa marcha, el suelo que sostenía sus pisadas simplemente desapareció. Ante ellos se abría el Abismo de los Eones, una caída infinita donde las estrellas se veían por debajo de sus pies. Sobre este vacío flotaba Áureo, la ciudad de oro y tiempo suspendido, girando perezosamente bajo un sol caleidoscópico que proyectaba rayos de colores imposibles.

Para acceder, debían cruzar el Puente de la Arena Etérea, un camino de granos dorados que levitaban magnéticamente. Allí emergió el Guardián de las Horas, un autómata de proporciones colosales hecho de engranajes cósmicos. Su rostro no tenía facciones; era un espejo cóncavo que devolvía a cada viajero la imagen de sus propios yerros y arrepentimientos.

—Nadie entra en Áureo mientras el pulso del mundo sea irregular —tronó el guardián, y el sonido hizo que la arena del puente oscilara—El paso exige pureza. Entregad algo que no sea físico: una memoria, una generosidad, un miedo.

Akelia retrocedió, viendo en el rostro del guardián el incendio de su infancia. Pero Titania, con una autoridad hierática y los ojos encendidos en un blanco puro, dio un paso al frente.

—Aceptamos el trato —declaró—. Pero no entregaremos un miedo baldío, pues el miedo nos mantiene alerta. Entregamos el sacrificio de nuestra identidad. El saber quiénes somos para poder ser lo que el mundo necesita que seamos.

En ese instante, sus nombres se borraron de sus mentes durante un segundo eterno, dejando un bloqueo en sus mentes.

Al cruzar el Estuario de los Susurros, la última etapa antes de las puertas de la ciudad, el espacio se volvió viscoso. Akelia vaciló al ver espejismos de su hogar entre la boira; sus pies comenzaron a hundirse entre las nubes que se sentían pesadas como arcilla fría.

—¡No mires atrás, no mires el ayer! —le gritó Titania, sosteniéndola con una fuerza que le amorató el brazo—. El pasado es un lastre de plomo. ¡Áureo solo acepta el presente! ¡Sigamos adelante!.

Sin embargo, al alcanzar el último peldaño de la gran escalinata de oro, ocurrió lo inesperado. Un diafragma de clepsidra líquida, una osmosis de inocencia casta los rechazó violentamente. La ciudad estaba blindada por una frecuencia de virtud absoluta.

Los viajeros, cubiertos por el barro de la marcha, con las ropas rasgadas, el aliento entrecortado y el alma manchada por el dolor de la batalla, eran "ruido". Eran una nota discordante en una sinfonía de perfección matemática. La ciudad no los odiaba; simplemente no podía permitir un ápice de impureza dentro de sus muros sin desintegrarse.

En un estallido de energía defensiva que amenazaba con deshacer sus moléculas, el cilindro de cobre en el cinturón de Titania actuó como un ancla de emergencia. El artefacto succionó la energía del rechazo, plegando el espacio-tiempo sobre sí mismo como una hoja de papel arrugada.

En un lapso de vacío absoluto, se encontraron de regreso en el claro del Dosel Viejo, en el Bosque Nevado. El contraste fue brutal: del calor áureo al frío cortante de la nieve que caía en silencio sobre sus rostros.

El Leñador se dejó caer de rodillas, enterrando sus manos en la nieve para limpiar el rastro del "oro" de sus mejillas. Titania, de pie, contempló cómo el cilindro de cobre se enfriaba.

—Áureo no es un destino geográfico —comprendió ella, mientras su identidad regresaba como un torrente de agua fría—. Es un derecho que debe ser conquistado mediante una evolución positiva interna.

Akelia, tiritando, la miró buscando respuestas.

—Somos ruido terrenal, Akelia. Estamos demasiado heridos para entrar en la ciudad del tiempo puro.

Comprendieron entonces su nueva misión: para asaltar el cielo por segunda vez, primero debían descender al oscuro subsuelo. Debían sanar la Raíz Herida del mundo en el Inframundo de la Savia, el sistema circulatorio del planeta. Solo cuando la tierra recuperara su latido armónico, sus propias emociones cambiarían. Solo entonces dejarían de ser "ruido terrenal" para convertirse en la "música angelical" que las puertas de Áureo les exigían para abrirse de par en par.

Titania utilizó el cilindro de cobre para abrir una grieta en la base del Sauce de Cristal. Se deslizaron por túneles de tierra húmeda que emitían una luz mortecina que conducía al sistema neurálgico del mundo.

El descenso fue un viaje hacia las entrañas de la existencia, donde el aire ya no era oxígeno, sino el vestigio seco de la vida en su principio de ebullición.

Al llegar al fondo, hallaron un océano de resina lechosa que alimentaba a todos los bosques. En el centro, la Raíz Herida se retorcía, ennegrecida por una gangrena que plañía un duro lamento.

Para sanarla, Titania vertió su luz feérica (la característica connatural a las ninfas) sobre la herida, mientras Akelia cantaba una melodía de crecimiento. Y el Leñador, con su hacha, podaba con precisión las excrecencias venenosas que asfixiaban el flujo de la reanimación.

La savia volvió a fluir intacta. La voluntad del grupo cambió; el "ruido" de sus almas se armonizó con el latido de la tierra, convirtiéndose en el preludio de una nueva sinfonía

Con la raíz sanada y sus cuerpos vibrando en sintonía con el planeta, ya estaban finalmente listos para volver a ascender hacia Áureo.

 

 

*Autores: Nelaery & Salva Carrion

Ver métrica de este poema
  • Autor: Salva Carrion (Offline Offline)
  • Publicado: 29 de enero de 2026 a las 10:24
  • Comentario del autor sobre el poema: Autores: Nelaery & Salva Carrion
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 1
  • Usuarios favoritos de este poema: Salva Carrion
Llevate gratis una Antología Poética ↓

Recibe el ebook en segundos 50 poemas de 50 poetas distintos




Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.