La belleza también aprende a esconderse.
Wcelogan
Hubo un tiempo
en que la belleza
era un territorio visible,
un relámpago en la piel,
una certeza sin preguntas.
La juventud
—divino tesoro, decían—
no se dudaba:
se caminaba con ella
como quien lleva el sol en la espalda
sin pensar en quemaduras.
El cuerpo bastaba.
La mirada abría paso.
El orgullo no era pecado:
era postura,
espalda recta
frente a todo.
Éramos bellos
sin saberlo.
Y por eso
éramos peligrosamente ingenuos.
La belleza no se pensaba:
se usaba.
Habitaba la risa fácil,
el paso ligero,
la convicción torpe
de que todo esperaba.
No había urgencia.
El espejo asentía.
Las fotos confirmaban.
El tiempo parecía lento,
casi incapaz
de alcanzarnos.
La belleza
no era conquista:
era exceso prolongado.
Pero un día,
sin aviso
ni dramatismo,
la belleza bajó la voz.
Una línea mínima.
Una sombra nueva.
Un cansancio sin coartada.
Nada grave.
Nada urgente.
Solo un resquicio
por donde el tiempo
empezó a cobrar.
Seguíamos siendo bellos,
sí,
pero ya no intactos.
El orgullo
aprendió a desconfiar del espejo.
Después vino la pérdida lenta,
sin ceremonia.
La belleza se volvió
algo que aún estaba
pero ya no respondía igual.
El cuerpo negocia.
La piel delata.
El espejo ya no acompaña:
informa.
La juventud
dejó de estar presente
y pasó a mirarse de lejos.
El orgullo,
a fuerza de caídas pequeñas,
aprendió a callarse.
El tiempo no arrasa:
desgasta.
La belleza visible
se vuelve intermitente,
poco confiable.
Ya no vive en la forma
sino en el esfuerzo.
El cuerpo carga los años
como las casas viejas:
cruje,
guarda memoria,
no se luce.
Lo que antes se mostraba
ahora resiste.
Entonces ocurre lo incómodo:
la belleza no muere,
se repliega.
Abandona la piel
y se refugia adentro.
En la manera de escuchar
cuando la paciencia escasea.
En la calma aprendida a golpes.
En la ternura
que no espera nada a cambio.
Pero esta belleza
también pesa.
También falla.
No es premio ni consuelo:
es trabajo invisible,
lento,
frágil.
Y a veces, en la noche,
uno extraña
la belleza sin mérito,
esa que bastaba con existir.
Hoy,
donde hubo orgullo,
hay memoria.
No consuela.
Sostiene.
La belleza ya no se muestra,
no se defiende,
no promete.
Habita.
Y aunque el mundo prefiera
envoltorios nuevos,
hay cuerpos cansados
que cargan dentro
una hermosura sin brillo:
la que sobrevivió al tiempo
sin volverse dócil,
la que entendió
que no toda belleza seduce
y que seguir de pie,
cuando nadie mira,
también deja marca.
-
Autor:
Wii (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 29 de enero de 2026 a las 00:02
- Comentario del autor sobre el poema: El poema invita a reflexionar sobre cómo la percepción de la belleza cambia con el tiempo y cómo se relaciona con la identidad personal. La belleza ya no se mide solo por lo físico, sino también por la profundidad de la experiencia y la capacidad de amar y ser amado sin condiciones.Es un recordatorio de que, aunque el mundo valore lo superficial, hay un tipo de belleza que es más resistente y significativa, que se encuentra en la sabiduría y la experiencia acumulada a lo largo de los años.
- Categoría: Reflexión
- Lecturas: 2

Offline)
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.