Entre gotones de agua estrellados

Patricia Aznar Laffont

Sólo fueron unos gotones de agua estrellados de pronto en la ventana. Y fue la magia.

Esperados desde hacía tiempo, digamos anhelados y buscados entre ventanas, aleros y pronósticos metereológicos que sólo decían mentiras que se constituían siempre en vanas promesas.

Los gotones la llenaban de ilusión pero luego era el desengaño. Un sol que quemaba las neuronas, por lo menos las de ella. No podía hacer nada, se anulaba,  quedaba paralizada.

Quizás el lector no imagine la importancia de esa agua bendita traída de los cielos y que en ella surtía la paz que no encontraba desde hacía meses.

Digamos que ella no soportaba el calor de Buenos Aires y que como casi todos los años compraba una estadía de casi cuatro meses en el Club de su barrio que contaba con una hermosa pileta, gente conocida de años (jamás amigos) y un buffet con precios acomodados.

Ella no era como los otros, ni mejor ni peor, pero siempre entre grupos sentía que no encajaba, se quedaba callada, no podía conversar de temáticas que no le importaban, aunque digamos que para sentirse normal fingía para encajar, para ser aceptada... vamos, pero por un ratito. No le salía, la sensación de salir corriendo y refugiarse en su solitaria casa siempre ganaba. Y tenía su precio; una sensación de culpa que tenía raíces quizás en su infancia; la gente no le gustaba, desconfiaba de ella, ¡sí!

Le había pasado tantas veces confiar y ser traicionada que las multitudes que hablaban sin ton ni son eran aborrecidas por ella. Eran moscas con un discurso ininteligible que debía ignorarse antes de enloquecer del todo.  Jamás por ella frecuentadas, un gesto con la cabeza y a alejarse. No era que se sintiera superior, es que no… no iba, no le gustaba. Ni idea qué decir, qué aportar…

Y esa culpa. Porque se sentía una alienígena, una paria, una solitaria. Rara. Rarísima. Imposible de entender.

Entonces buscaba en sí misma excusas para no ir, o ir tempranísimo cuando no había nadie, porque la pileta, el agua, sí le gustaba.

Dirás lector que esto es una locura o un desvarío, un capricho o algo raro o no… como pienses, pero para ella era una cuestión de querer ser normal y no poder… le preocupaba.

Y todos los días desde diciembre buscando esas benditas gotas de lluvia, milagro de los dioses para justificar su accionar de no ir al Club y no encontrarlas y no tener que vincularse con nadie.

Llegó a enfermarse. Una neumonía luego dos ataques de asma.

 Y ese sol que derretía hasta su psiquis, menos le ayudaba. Aire acondicionado, ventiladores, turbos y entrar a la ducha así vestida para que la sensación refrescante perdurara…

Hoy por fin hacia la tarde llegaron las espesas gotas de lluvia y como ave fénix renació.

Pudo levantarse de la cama a la que estaba pegada desde semanas, pudo escribir, dibujar, ver un poco de tele.

Se arregló, lavó las sábanas, ordenó el departamento y no hubo culpa alguna. Todo bien. Esas gotas la salvaron de ella misma. Ya no estaba tan triste ni dilucidando incógnitas aquasolexistenciales.

Claro que se pregunta de dónde viene esa culpa, ese deber hacer algo que le fastidia y la llena de ansiedad…Ella es libre de elecciones, entonces ¿qué pasa?

El final queda abierto a tu entender, sólo que la magia de las gotas de lluvia, gruesas y sanadoras, para ella, encierran la explicación, desatan el hechizo y conjuran por fin, el final verdadero y  perfecto. El que ella ignora.

¿Se te ocurre otra explicación? Ella no la encuentra por más que escarbe continua y vanamente en su cabeza.

Ayudala.

Está resucitando de a poco,  por favor ayudala.

Quizás vuelva a la normalidad que para ella es tan, pero tan esquiva tal como los añorados gotones de lluvia.

 

                                                                                                    (Patricia)

 

  • Autor: Patricia Aznar Laffont (Offline Offline)
  • Publicado: 28 de enero de 2026 a las 15:27
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 1
Llevate gratis una Antología Poética ↓

Recibe el ebook en segundos 50 poemas de 50 poetas distintos




Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.