Peripecias del hada Titania XXI

Nelaery

 

 

 

La Voz del Cielo

 

El Velo de la Aurora envolvía al grupo, protegiéndolo de la mirada insaciable del Gran Vacío. Sin embargo, la magia exigía un precio severo: uno de ellos debía ofrecerse como voluntario para custodiarlo, convirtiéndose en un centinela eterno, una estatua de vigilancia perpetua.

Titania se negaba a permitir que sus amigos se transformaran en piedra. Miró a Akelia y al fiel Leñador, y supo que el sacrificio de cualquiera de ellos quebraría la armonía que tanto les había costado forjar.

—La Arborigenia no acepta presiones, ni siquiera las de la luz —declaró Titania con determinación—. Si permitimos que uno de nosotros se convierta en roca, la paz nacerá de una pérdida, y eso sería una victoria para las sombras. El Velo no tendrá un guardián de carne y hueso; su custodio será la propia Voz del Cielo. Además, el Gran Bosque queda ya a muchas jornadas de aquí; no podemos permitirnos perder a nadie en este camino.

El silencio en el claro se volvió opresivo. Akelia mantenía la mirada perdida entre las raíces, mientras el Leñador apretaba el mango de su hacha con una resignación que hería el corazón de Titania. Ambos, por lealtad, estaban dispuestos al sacrificio.

—Pero alguien debe custodiarlo —intervino el Leñador con voz ronca— El Velo es frágil; en campo abierto se desvanece y quedaríamos expuestos.

Titania se elevó unos palmos sobre el suelo. Sus ojos amatista resplandecían con una claridad sobrenatural.

—Si el Velo necesita un centinela, fundiremos su protección con la melodía de lo eterno. Lo anclaremos al aire mismo.

Era una audacia sin precedentes, un desafío a las leyes que sostenían el equilibrio de los ciclos terrenales.

Al intentar alterar el destino del Velo, la realidad pareció rasgarse. El suelo comenzó a rugir con un lamento profundo, un sonido que brotaba de las profundas placas tectónicas donde descansan los secretos del mundo.

De las grietas recién abiertas emergió el Espíritu de la Tierra. Una gigantesca criatura nacida de la íntima emanación de la creación: el primogénito del estrato, una manifestación colosal de la "Memoria del Tiempo". Su origen se remontaba a la era en que el mundo era solo roca y fuego, una bola candente de la terraformación que orbitaba en el inmenso espacio. Él era el juez encargado de vigilar que nada fuera eterno sin pagar su tributo a la muerte, pues sin fin no hay renacimiento.

Su figura era una arquitectura de pesadilla y belleza: extremidades de raíces petrificadas, hombros de carbono diamantino que refractaban la luz de forma amenazante y un torso cubierto de un musgo tan denso que parecía absorber el sonido. Su rostro, una máscara de granito severa, de ojos volcánicos, observaba todo lo que acontecía a su alrededor.

—¿Por qué pretendes atar lo eterno a lo que debe morir? —rugió el Espíritu, provocando aludes en las montañas cercanas—. Yo soy el peso de los siglos. Si el Velo se funde con el aire, el ciclo se detendrá y vuestro bosque no conocerá más primaveras. La vida solo avanza si algo se entrega a cambio. ¡La magia no es gratuita, pequeña centella!

La presión gravitatoria del gigante obligó a Akelia y al Leñador a hincar una rodilla en tierra. Pero Titania, impulsada por una chispa de rebeldía interna, voló valientemente hacia el centro del torbellino de polvo que rodeaba al coloso.

—No vengo a detener el reloj de la vida, Guardián de Piedra —respondió ella, con sus alas batiendo con la velocidad febril de un colibrí—. No busco la inmortalidad estéril, sino darle al tiempo un escudo que respire con él. El sacrificio será inútil si se marchita una vida.

El tono de ambos era agresivo. La batalla que parecía inminente y terrible no sería de acero, pues la espada no hiere a la tierra; sería una lid de frecuencias. El Espíritu extendió un brazo de roca y el aire alrededor de Titania se volvió denso como el plomo.

—Tú hablas de escudos, pero yo veo cadenas —tronó el gigante—. ¿Acaso no comprendes que la belleza del alba reside en que debe morir para que nazca el día? ¡Entrégame un corazón de piedra o retírate!

Titania, resistiendo la presión que amenazaba con quebrar sus alas, replicó:

—Tú ves el tiempo como una línea de cenizas, pero yo lo veo como un círculo de polen que fecunda la existencia. No busco detener la caída de la hoja, sino asegurar que la tierra que la recibe no sea devorada por el Vacío antes de que la semilla despierte. Si el Velo canta, la vida no se detiene: ¡se eleva! ¡Acompañadme! ¡Que la música sea nuestro puente sobre el abismo!

El leñador, comprendiendo que su fuerza bruta era inútil, canalizaba su desacuerdo golpeando repetidamente el suelo con el mango de madera. Era el latido de un corazón silvestre; la persistencia del trabajo que doma la naturaleza sin destruirla.

El rítmico ¡Cloc, cloc, cloc! del hacha del Leñador comenzó a calar en los cimientos del Espíritu de la Tierra que mostraba sus dudas,

Fue entonces cuando Titania miró a Akelia. La ninfa, comprendiendo que la palabra debía ceder el paso al alma, lanzó una nota tan pura que el musgo del gigante floreció súbitamente más verde y fresco.

Akelia unió su voz con un canto de siglos antiguos, arpegios que celebraban la belleza de lo pequeño:

 

—“Canta, Ninfa, lo sencillo,

que es del mundo su brillo.

 

Nace el brote en la mañana,

con el sueño de la tierra.

La Ninfa guarda su cuna

mientras el miedo se entierra.

 

Viene el oro del otoño

con su lluvia de cristal,

protegiendo cada retoño

y el secreto del rosal.

 

Canta, Ninfa, lo sencillo,

que es del mundo su brillo

 

Van arpegios de hojas verdes,

voz de savia y de madera;

si en el bosque tú te pierdes,

sigue su senda verdadera.

 

Escuchad el fiel aviso,

pequeña es la bendición:

que en lo humilde de la vida

late con fuerza el corazón. 

 

Canta, Ninfa, lo sencillo,

que es del mundo su brillo”.

 

—¡Mírame! —gritó Titania al Espíritu—. ¡No es un ruego, es una canción de bondad! No obstaculices nuestro propósito frente a las sombras.

En el centro del torbellino, Titania tejió un tapiz de luz, entrelazando las hebras del Velo con el ritmo del hacha y la voz de la ninfa. En un estallido de claridad, el Velo de la Aurora se fragmentó en billones de chispas que se integraron en cada molécula de oxígeno.

El cambio fue vertiginoso. Las flores exhalaban ahora un aroma que actuaba como una barrera infranqueable para la oscuridad. El Velo ya no era una carga; era el aire mismo. Mientras hubiese música, risas o el susurro del viento, el escudo seguiría vivo.

El gigante de piedra se deshizo lentamente, volviendo a ser montaña tras un último gesto de respeto. Titania descendió exhausta. Su brillo era tenue, pero sus alas habían cambiado: ahora lucían un iris permanente que reflejaba todos los colores del alba.

El Leñador guardó su hacha con un suspiro de alivio. —Lo hemos logrado —dijo con asombro—. Ya no cargamos con el Velo. **Ahora... el Velo nos guarda a nosotros.

Akelia sonrió al sentir la brisa en su rostro. —Escuchad... el aire está cantando de nuevo.

Titania miró hacia el horizonte, donde el sol se ponía sobre un mundo renovado, sabiendo que habían creado algo que ni el tiempo ni el olvido podrían borrar.

 

   *Autores: Nelaery & Salva Carrion.

 

 

 

  • Autor: Nelaery (Online Online)
  • Publicado: 26 de enero de 2026 a las 08:58
  • Comentario del autor sobre el poema: Autores: Salva Carrion & Nelaery.
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 2
  • Usuarios favoritos de este poema: Tommy Duque, Nelaery
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