Aquí en este pabellón, diciendo adiós,
me acerqué a tu mejilla rosada.
Y qué equivocación, Dios...
Tus espejos negros me miraron,
casi me pedían perdón.
Y yo que te vi ahí, bella, deslumbrante cual faro.
Tu mirada noctámbula me vio, y entendí:
entendí lo que pedías y lo que queríamos,
lo que tal vez llevábamos tiempo esperando.
Un beso.
Un beso de extraña sensación.
Me desarmaste.
Pieza a pieza caí en los espejos de tu mirar.
Un beso inocente
que quitó todo tornillo
y en la lumbre de tus labios se derritieron, uno a uno.
Cerré mis ojos y te sentí:
tímida, frágil.
El miedo se instaló en mi piel como una placa de metal,
pues tú, frágil, abierta y con corazón en mano,
me desarmaste.
A lo único que me sujeté fue a tu beso.
Qué paradoja: aquello que me desarma,
aquello que me hace sentir de esta forma tan resplandeciente,
fue a lo que me aferré, lo que adoro
y quiero más.
Quiero que me desarme.
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Autor:
Roberto Salvador Gonzalez Yañez (
Online) - Publicado: 25 de enero de 2026 a las 05:49
- Categoría: Amor
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