Hay un cansancio
que no se quita durmiendo.
Un cansancio que se despierta primero que tú y se sienta en el pecho como si dijera:
“otra vez seguimos vivas”.
Ayer me estaba muriendo de amor.
Hoy no siento nada.
Y esta nada es peor.
Porque el dolor al menos prueba que existo,
pero este vacío
me vuelve alguien que no reconozco.
Cuando no siento
me vuelvo cruel.
Distante.
Me miro por encima de todos
como si la frialdad fuera fortaleza,
como si no necesitar
me hiciera superior.
Pero no es poder.
Es anestesia.
Lo amo.
Y decirlo no me dignifica,
me humilla.
Lo amo sin que sepa que existo,
sin que pronuncie mi nombre,
sin que imagine
que en otro punto del mundo
alguien se está rompiendo por él.
Está lejos.
Habla otro idioma.
Vive en una realidad
donde yo no entro.
Rodeado de mujeres que parecen completas,
seguras,
hermosas sin esfuerzo,
mientras yo apenas logro levantarme
de la cama.
No tengo nada que ofrecerle.
Ni una vida resuelta.
Ni éxito.
Ni estabilidad.
Solo sueños grandes
en un cuerpo cansado
y una fe que ya no sabe
si cree o solo resiste.
Sueño con una familia
como quien sueña con salvación.
Muchos hijos.
Una casa viva.
Un amor que no se vaya.
Una vida sin miedo al dinero.
Y la realidad se ríe.
No a carcajadas.
Se ríe lento.
Como quien sabe
que desear tanto
es casi un insulto.
Hubo un tiempo
en que no le pedía respuestas a Dios.
Ni caminos.
Ni promesas.
Le pedía algo más bajo.
Más triste.
Más vergonzoso.
Lloraba con el corazón doblado
por dentro
y le suplicaba
que me amara.
No que me bendijera.
No que me usara.
No que me corrigiera.
Que me amara.
Como si no fuera obvio.
Como si no fuera suficiente existir.
Como si yo fuera una excepción
que necesitara confirmación.
Le pedía amor
como quien pide permiso para quedarse.
Como si algo en mí
no alcanzara
para merecerlo sin rogar.
Y me rompe admitirlo,
pero lo hacía llorando,
convencida
de que quizá yo era demasiado defectuosa
para ser amada sin condiciones.
Solo busco a Dios cuando me duele.
Cuando sangro, rezo.
Cuando estoy bien, desaparezco.
Qué fe tan rota.
Qué amor tan condicionado.
Prefiero el dolor
porque ahí todavía me arrodillo.
Cuando no siento,
no necesito a nadie,
y eso me asusta más
que sufrir.
Voy a la iglesia
como quien entra a un juicio.
Bien vestida.
Educada.
Sonriendo con los dientes
mientras el alma se esconde.
Siempre alerta.
Siempre cuidándome.
Porque si me ven mal
me comen viva
y luego llaman a eso
corrección.
Sirvo por miedo.
Enseño por miedo.
Permanezco por miedo.
No sé si es Dios quien me sostiene
o la amenaza silenciosa
de que digan
que me fui al mundo,
que fallé,
que me perdí.
Quise irme.
Pero algo me sujetó del cuello.
No fue fe.
Fue culpa.
Fue el juicio ajeno
de quienes nunca preguntan
cómo estás de verdad.
Mi cuerpo también se quiebra.
Hormonas que no obedecen.
Fuerza que no aparece.
Pesos que no suben
mientras me llaman infantil
por no poder cargar
lo que nunca fue mío.
Quise llorar en medio de un entrenamiento
y tragué saliva.
Quise desaparecer
entre ruido y repeticiones.
Mi cuerpo gritaba
lo que mi boca
no puede decir.
Ya no escribo.
La poesía se fue
cuando todo mi ser
se ocupó en sobrevivir.
No hay metáforas
cuando respirar
ya es un esfuerzo.
Le pedí a Dios
algo solo mío.
No un milagro.
No una señal.
Solo sentirme elegida.
No compartida.
No genérica.
No una más.
Si esto es pecado,
entonces peque por humana.
Si esto es debilidad,
entonces que Dios me encuentre
débil.
Aquí estoy:
sin inspiración,
sin promesas,
sin sueños posibles,
con el corazón apagado
y la fe colgando de un hilo,
todavía viva
aunque no sepa
si eso significa algo.
- Mel
-
Autor:
Bee Angela (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 25 de enero de 2026 a las 04:40
- Comentario del autor sobre el poema: Me gradué de la universidad este mes :')
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

Offline)
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.