Regreso

Juan Roldan

Cuando la negra nube de la desesperanza cubre tu espíritu con su sombra,

algo en lo más hondo —un latido tenue, casi olvidado—

empieza a golpear contra el silencio.

 

No es luz todavía,

pero tampoco es noche completa:

es una grieta,

una respiración que insiste,

un temblor que no se deja enterrar.

 

Y aunque el mundo parezca hecho de polvo de reloj detenido,

y tus pasos suenen huecos sobre la tierra cansada,

hay un rumor que te llama desde dentro,

como si la vida, testaruda,

se negara a soltarte la mano.

 

Entonces avanzas,

no porque creas,

sino porque no puedes quedarte quieto.

Y en ese gesto mínimo, casi invisible,

la sombra se deshace en su propio peso,

como si comprendiera que ya no puede contigo.

 

La nube se abre,

no como un milagro repentino,

sino como una cortina que por fin recuerda

que detrás siempre hubo una ventana.

 

La luz entra despacio:

primero como un hilo dorado

que roza tus manos,

luego como un pájaro que se posa en tu pecho

y te reconoce por tu nombre.

 

Descubres que el mundo,

ese mismo que parecía hecho de eco apagado,

guarda todavía un resplandor antiguo:

el brillo de las cosas que siguen vivas

aunque nadie las mire,

la música que nace en el pecho

cuando el miedo da un paso atrás.

 

Caminas, y cada paso enciende otro,

como si el suelo despertara bajo tus pies.

En tu rostro,

donde antes habitaba la sombra,

crece una claridad suave,

una certeza humilde

de que aún es posible abrir los ojos

y encontrar belleza.

 

El día, paciente,

había estado esperando tu gesto más pequeño

para derramarse entero.

 

La luz te envuelve sin prisa,

te nombra en un idioma antiguo

que sólo entienden quienes regresan

de sus propias sombras.

 

Y tú, que caminaste con el peso del silencio,

descubres que tu voz vuelve a nacer

justo donde creíste perderla.

 

Respiras,

y el aire ya no duele:

es un puente,

una promesa que se enciende al contacto

con tu pecho abierto.

 

Miras alrededor —una piedra, un árbol,

el vuelo torpe de un pájaro—

y cada cosa guarda un brillo secreto,

como si el mundo celebrara en silencio

tu regreso a ti mismo.

 

Y entiendes, al fin,

que la luz no vino de fuera:

siempre estuvo ahí,

esperando que tu corazón,

cansado pero vivo,

volviera a encenderla.

Ver métrica de este poema
  • Autor: Juan Roldan (Offline Offline)
  • Publicado: 25 de enero de 2026 a las 03:56
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 1
Llevate gratis una Antología Poética ↓

Recibe el ebook en segundos 50 poemas de 50 poetas distintos




Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.