D.E.P. Cristianito

Alfredo Ulises Ortiz Castellanos

Te vi llegar al mundo

cubierto de luz,

con los ojos llenos de futuro.

 

Eras pequeño

y yo ya te estaba queriendo

como se quiere lo propio:

sin preguntas,

sin condiciones,

desde adentro.

 

Creciste frente a mí

como crecen las palmas y las parotas:

sin pedir permiso,

con risas torcidas,

con sueños enormes

y los pies siempre llenos de barro.

 

Fuiste primo por la sangre,

ahijado por promesa

y hermano

por decisión del alma.

 

Te vi aprender a caminar,

a esconder travesuras entre sonrisas,

a defender tus ideas,

a volverte hombre sin avisar.

 

Y ahora…

me toca aprender

a decir tu nombre

sin que duela.

 

Hay muertes que no se entienden,

que llegan temprano,

que rompen las horas y el calendario,

que dejan la casa llena de silencios.

La tuya es una de esas.

 

Te fuiste joven,

cuando todavía te quedaban historias,

cuando aún faltaban abrazos,

cuando la vida apenas

estaba tomando forma.

 

Pero déjame decirte algo, Cristian:

no te fuiste del todo.

 

Vives en cada recuerdo,

en cada carcajada compartida,

en cada consejo que te di

y en los que no alcancé a darte.

 

Vives en cada

“¿te acuerdas cuando Cristianito…?”

que ahora digo

con los ojos húmedos

y el corazón apretado.

 

Fuiste el hermanito menor

que nunca tuve,

y eso no lo borra

ni la muerte.

 

Hoy te pienso en paz,

sin dolor, sin prisas,

caminando ligero

por un lugar

donde no existen despedidas.

 

Aquí te quedas conmigo:

en mi pecho,

en mi memoria,

en lo más profundo

de mi corazón.

 

Y si alguna vez la vida me pesa,

te buscaré en el cielo quieto de la noche,

en el viento que sopla lento,

en ese silencio

que también abraza.

 

Descansa, ahijado mío.

Yo seguiré hablándote bajito,

guardándote en el recuerdo,

cargando tu nombre

como una luz.

 

Porque el amor no muere:

asciende,

se vuelve presencia invisible

y aprende a cuidarnos

desde la quietud

y la eternidad.

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