Viaje hacia los Confines Espectrales
El viaje comenzó bajo un firmamento de un violeta herido. Las nubes, desgarradas por corrientes atávicas, se agitaban como jirones de fuego sobre el abismo del averno. La expedición avanzaba con una cautela teñida de urgencia, percibiendo esa quietud tensa que precede a los aludes. El carruaje de la Reina de las Nieves, una filigrana de hielo que levitaba sobre el terreno, era tirado por renos de astas argentadas cuyas pezuñas, bendecidas por la ingravidez, apenas rozaban la nieve virgen.
Desde el interior del vehículo, la transición del paisaje era sobrecogedora. Titania observaba cómo la geometría perfecta de los bosques de cristal cedía ante una orografía hostil. Picos de basalto que rasgaban el cielo como colmillos de una sierpe colosal y cascadas detenidas en el tiempo petrificadas por un frío más antiguo que la memoria.
—El aire se está volviendo afilado —observó el Leñador, frotándose las manos curtidas—. Siento como si cada respiración fuera un trago de limaduras de hierro.
Titania, envuelta en su capa de lana de musgo, último vestigio de la calidez de su hogar extrajo el Mapa de Escarcha. El pergamino latía con una luminiscencia rítmica que delataba la ansiedad de los viajeros.
—Estamos cerca —susurró el hada con voz trémula—. Pero el camino reclama su tributo de valentía. ¡Sigamos!
De pronto, el carruaje crujió y se detuvo en seco. Los renos rebufaron con inquietud, negándose a dar un solo paso hacia el vacío que se abría ante ellos.
—El carruaje no puede seguir —admitió Titania descendiendo sobre la nieve—. El mapa señala la Garganta de los Suspiros. Este puente solo soporta el peso de las almas decididas. Los renos son pesadas criaturas de la tierra que no pertenecen a este vacío donde el mundo se deshace en partículas etéreas.
La Reina de las Nieves se irguió frente a ellos. Su imponente presencia emanaba de la helada misma, pero, por primera vez, un atisbo de inquietud humana cruzó su mirada de ventisca. Se hallaban en el Territorio del Viento Libre.
—Mi reino termina donde la nieve deja de tener nombre —advirtió la Reina con una voz que recordaba el crujido de un glaciar—. Aquí, el pensamiento es más veloz que la palabra. El Oráculo no escuchará vuestros ruegos, sino vuestras esencias. No permitáis que el miedo hable por vosotros; en estas cumbres, el miedo no es un sentimiento... es una manifestación que doblega la carne.
La Reina se acercó a Titania y posó una mano gélida en su hombro. El frío atravesó la capa de musgo que vestía, recordándole la fragilidad del verano.
—Hada del Bosque —dijo la Reina con solemnidad—, tú que custodias los ciclos de la vida, te cedo temporalmente la potestad de mis dominios invernales—. Si fracasáis, no habrá primavera que rescatar; solo una eterna cellisca blanca. Tomad este Cristal de Hielo Perpetuo; es un fragmento de mi propia alma. Usadlo con sabiduría, pues será vuestro vínculo con el Oráculo. ¡Idos ahora!
Con un gesto regio, la Reina se desvaneció en una ráfaga de polvo helado, dejando tras de sí solo el tintineo de unos cascabeles que se atenuaban en el aire ralo.
Al cruzar el umbral de la gruta, el vendaval enmudeció. El silencio era tan absoluto que el parpadeo de una pestaña habría sonado como un trueno. En el centro, sobre un estanque de agua negra que desafiaba la congelación, flotaba el Oráculo: un remolino de brillos platinos, una llama líquida que mutaba entre geometrías imposibles y siluetas de seres olvidados.
—"Donde el sol y la luna se besan"… —susurró Akelia, aferrando su báculo—. Es una contradicción. ¿Cómo hallaremos un lugar que desafía las leyes del cielo? ¿Es un sitio que ya existe, o que aún no ha sido creado?
—Habéis traído el cristal —la voz del Oráculo se filtró directamente en sus mentes—. Lo que veáis en él será la premonición que vuestro valor proyecte sobre el tejido del tiempo. Será el espejo de vuestro futuro.
El Ente levitó hacia Titania con la fluidez de un sueño revestido de un blanco cegador.
—El mago que enfrentasteis no era más que un emisario. En las Tierras Sombrías, algo más antiguo que el pánico ha despertado: los Devoradores de Sombras. Han sentido vuestro pulso vital y vienen a extinguirlo. Debéis hallar el Velo de la Aurora en el primer resplandor del alba, allí donde los astros convergen. Es la única trama capaz de ocultar vuestra luz a los ojos del vacío. Y recordad: ¡Mantened vuestro rostro hacia la luz, y las sombras caerán a vuestra espalda!
Los Devoradores de Sombras carecen de ojos y son de un color "negativo" que parece absorber la luz de las antorchas y la luminiscencia de las hadas. Al mirarlos, se siente un mareo físico, como si los ojos intentaran enfocar algo que no está a la vista. No caminan, sino que se deslizan como tinta vertida en agua. Se desplazan por las superficies (paredes, techos, suelos) fundiéndose con las penumbras naturales del entorno, lo que los hace casi imposibles de ser detectados hasta que están ya demasiado cerca. Cuando atacan, su "rostro" se rasga para revelar una boca sin dientes, una honda espiral de absoluta oscuridad que absorbe todo y emite un siseo helado mientras se tragan el ánimo de los viajeros. Por donde pasan, la nieve se derrite, convirtiéndose en un líquido gris muy espeso y pegajoso, perdiendo su estructura acuosa hasta transformarse en un polvo inerte que huele a sulfuro.
Titania permaneció pensativa, mirando su reflejo en el estanque. Su imagen sobre el agua parecía más firme que su propia piel. Mientras sus compañeros debatían el "¿cómo?", ella procesaba el "¿por qué?".
Antes de que Titania pudiera responder a más cuestiones, la temperatura de la cueva bajó drásticamente. Las siluetas de los propios viajeros empezaron a deformarse, estirándose contra las paredes como manchas de negro petróleo.
—¡Cuidado! —gritó el Leñador— alertando a las demás y levantando su hacha preventivamente.
De entre la negrura de las paredes de la caverna los Devoradores surgieron inesperadamente hostigando con sus tinieblas a los intrépidos viajeros. Al principio fueron solo manchas aceitosas que reptaban por el basalto, pero pronto cobraron una tridimensionalidad aterradora.
—¡No los miréis directamente! —advirtió Titania, sintiendo un mareo físico al intentar visualizar sus formas imposibles— ¡Akelia, alza tu báculo!
Akelia golpeó el suelo, creando un anillo de fuego fatuo, pero los Devoradores se deslizaron por el techo, amparándose en la penumbra. Uno de ellos se lanzó hacia el Leñador, abriendo su "boca" en una espiral apestosa que pretendía tragarse el alma del Leñador.
Titania alzó el Cristal de Hielo Perpetuo y con su poder neutralizó el fatal ataque de ese monstruo, salvando al leñador de una violenta situación.
—No os alarméis, compañeros —dijo Titania con su convincente temple que apaciguó el caos—. El Velo se halla en el punto de equilibrio absoluto. ¡Ellos no vienen por nuestra carne; vienen por la luz que encendimos al resistirnos!
Titania cerró los ojos y, en lugar de lanzar un ataque, proyectó un recuerdo: el calor del primer brote de primavera. El cristal brilló con una intensidad serena y constante.
Los Devoradores retrocedieron, bisbiseando ante una luz que intentaba quemarlos y anular la débil existencia de su vacuidad.
La gruta quedó sumida en una neblina azulada mientras el Oráculo se disipaba. El mutismo se volvió grave. Los Devoradores se habían retirado a sus defensivas grietas, pero sus murmullos gélidos seguían sonando de entre las rocas
—Los Espectros ya han cruzado la frontera —sentenció Titania, mirando el cristal, que ahora mostraba un camino de luces parpadeantes—. El tiempo de las advertencias se ha agotado. ¡Amigos, permanezcamos todos juntos y sigamos adelante!
Miró a sus compañeros, cuyos rostros estaban pálidos pero decididos. La guerra por la luz vencería con la voluntad de no parpadear ante las contingencias de nuestra misión.
* Autores: Nelaery & Salva Carrion.
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Autor:
Nelaery (
Online) - Publicado: 20 de enero de 2026 a las 08:41
- Comentario del autor sobre el poema: Autores: Salva Carrion&Nelaery.
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 5
- Usuarios favoritos de este poema: Nelaery, Lualpri, Salva Carrion

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