LA MANCHA

I_KENNETH

Vi crecer la nada en sus pupilas.
La vi apagarse. 
No vi lágrimas. 
Vi cómo la vida se le escurría por las comisuras de los labios,
como un baba transparente y espesa.
No era tristeza era un agujero negro,
un animal que se alimenta en silencio,
mientras te vacía los huesos por dentro.

Fue un martes,
o un miercoles,
¿qué más da?
Sus ojos,
dos canicas de vidrio azul,
ya no me miraban.
Se quedaron fijos en la mancha de hongo del techo,
y su pecho,
que antes subía y bajaba con el ritmo de una adolescente aburrida,
hizo un último espasmo,
una sacudida seca de pollo degollado.
Y luego,
nada.
Un silencio tan denso que casi tenía peso.

El olor llegó después.
Olor a intestino vacío,
a bilis derramada,
a la feria final del cuerpo cuando se rinde y empieza a pudrirse en vida.
Un olor a tierra húmeda
y a órganos que ya empezaban a rendirse.

Ese cinturón de colegiala,
con su hebilla de metal barato,
se le hundió en la carne del cuello.
La piel se puso morada,
casi negra,
y sus venas se hincharon como gusanos bajo la epidermis.
La lengua,
esa cosa rosa
y húmeda que solía morderse cuando estaba nerviosa,
ahora era un recordatorio brutal de lo que la belleza nunca pudo salvar.

La silla de plástico,
esa mierda de cinco lucas,
se bamboleó un instante con el peso del último tirón.
Se detuvo.
Y allí se quedó,
testiga muda de un asesinato pactado.

Su madre la encontró.
O eso dice la gente.
Yo sé que la madre no "encontró" nada.
La madre olió.
Y el padre también.
Ese pestilente perfume a putrefacción dulzona
que se filtra bajo las puertas
y se te pega al pelo,
a la ropa,
al alma.

El grito de la mujer no fue de sorpresa.
Fue de confirmación.
Un aullido de animal que finalmente reconoce la jaula.
Tropezó hacia adelante,
se arrodilló en el charquito de orina
que la niña había hecho al morir,
y le tocó la cara.
Fría.
Dura como la cera de una vela.
La piel se le desprendió en un trocito,
como la piel de una fruta demasiado madura.
Y entonces se deshizo en un sollozo que sonaba como vomitar tripas.
Pero lo que yo vi
fue el veneno lento.
Las pastillas,
una comunión de polvo,
y ella en la cama,
sonriendo,
dormida.
Persiguiendo a su muerta,
bien unida.

El padre llegó una hora después.
El tipo duro.
El que no llora.
El hombre que se educó para no quebrarse.
Vio el cuerpo,
ya rígido,
con el cuello torcido en un ángulo que Dios no diseñó.
Vio a su mujer en la cama,
hecha una pila de ropa sucia y mocos.
No dijo nada.
Se sentó en la mesa de la cocina,
frente al plato de su hija.
Aún había un trozo de jamón con mantequilla.
Cogió el tenedor
y lo pinchó.
Se lo llevó a la boca,
lo masticó sin sabor,
lo tragó.
La puerta principal estaba abierta.
Curiosos miraban de reojo.
Y entonces empezó a hablarle al plato vacío.
"Cariño, hoy en cl..."
Le contó su día.
Le contó cosas que ella nunca sabría.
Cuando se le acabaron las palabras,
se levantó,
fue al baño,
cerró la puerta con llave.
La navaja de afeitar,
esa que le dejaba la piel de su barbilla lisa
como un poto de guagua,
no hizo un corte limpio.
De echo no fue un corte:
fue un destajo.
Desgarró la vena del brazo izquierdo con tres tirones torpes
y desesperados.
La sangre no brotó,
salpicó.
Chorroteó contra el espejo,
contra el azulejo blanco,
formando un mapa rojo de su desesperación.
Se desplomó sobre la bañera,
y el agua tibia que se estaba preparando para bañarse se fue tiñendo,
lenta,
muy lenta,
de un rojo cada vez más oscuro.

Para mi,
los amigos siempre fueron una manada de idiotas.
Los que leían sus cartas,
sus secretos.
Vieron el hueco
Y quisieron caber.
Que creen que el dolor es un club exclusivo.
El primero fue el chico del puente.
Dejó una nota en el salpicadero del coche de su padre,
una estupidez sobre "estar juntos siempre".
Los que alcanzaron a verlo, 
dicen que
subió a la barandilla de hierro oxidado,
Y que el viento, le levantó su pelo.
Por unos segundos dudó.
Grito un "te sigo",
y luego saltó.
El sonido no fue como en las películas.
No hubo un "splash".
Fue un golpe sordo,
húmedo,
como el de un saco de papas
lleno de sandias al golpear el suelo.
Se rompió el cuello,
las costillas,
se le salieron los pulmones por la boca.
El río se lo tragó sin ceremonia.

La segunda fue la rubia del garaje.
La que siempre decía que el humo le daba dolor de cabeza.
Cerró la puerta del garaje,
metió por la ventanilla del auto
una manguera conectada al escape del auto.
Se sentó en el conductor
y puso la música de esa puta banda que les gustaba.
Se durmió.
El monóxido de carbono se fue filtrando en su sangre,
tiñéndola de rojo cereza.
Cuando la encontraron,
tenía la cara tan hinchada
y amoratada
que parecía una máscara de carnaval mal hecha.
Un globo de carne a punto de reventar.

Un suicidio en cadena,
un estúpido dominó de huesos
y de amor putrefacto.

Y yo, la que queda.
La vieja.
La que limpia los restos de la fiesta.
La que arranca la alfombra manchada
de orina,
sangre
y vómito.
La que raspa los restos secos del padre del azulejo del baño.
La que tiene que lidiar con los familiares
del cuerpo hinchado
y putrefacto del río,
porque los pacos tiene prisa.

No busco consuelo.
Busco que el olor a muerte se quite de las paredes,
de la ropa,
de mis manos.

Esta casa ya no es un hogar.
Es un contenedor de desechos orgánicos.
Trozos de carne donde antes hubo sueños.
Y yo soy el nido.
Soy la tierra que los trago a todos.

A veces,
en la noche,
cuando estoy fregando el suelo con lejía
y el olor a cloro lucha a muerte
con el olor a descomposición,
creo oír sus voces.
No son risas.
Son gemidos.
Son los sonidos que hicieron al irse.
Y me miro y pienso,
quién de nosotros está de pie barriendo esta mierda,
y quién ya está tirado en el suelo,
esperando a que alguien venga a rasparlo de las baldosas.
Me preguntó quién de nosotros se salvó de verdad

  • Autor: Kenneth (Seudónimo) (Offline Offline)
  • Publicado: 20 de enero de 2026 a las 02:27
  • Comentario del autor sobre el poema: Texto más viseral, literal y explícito en ocasiones. La historia narra una sucesión de suicidios. Parto con una perspectiva más abierta de la situación contando lo más posible. Luego relata la abuela, la que queda, la que sabe todo y vive con ello.
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 9
  • Usuarios favoritos de este poema: William Contraponto, racsonando, Antonio Pais, ElidethAbreu
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Comentarios +

Comentarios1

  • ElidethAbreu

    Gracias Kenneth.
    Letras sentidas y fuertes.
    Llegará al corazón.
    Abrazos.



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