Me adelanto y les digo: este poema no tiene el sentir de la derrota; aun conociendo el final, espero sostener la tensión de su curiosidad.
El alma, el corazón y el cuerpo envejecen con el paso de los años.
Y el envejecimiento más grave de todos es el del corazón.
Todas y todos nacemos —o, mejor dicho, una vez concebidos— y evolucionamos en la pureza de la matriz materna; es tiránico que un agente agresivo invada la santidad del vientre, del útero sagrado.
La batalla por la vida comienza cuando abandonamos ese espacio.
Y el enfrentamiento con el tiempo es, para el ser humano, un arte complejo.
Las interacciones humanas tejen entrelazos emocionales y físicos que perduran…
La fortaleza —espiritual, física y mental— se vuelve esencial en la vida de todo ser vivo.
Cada cual tiene su batalla; sus aliadas y aliados; sus oponentes y rivales.
Los objetivos de una persona pueden delinearse desde la infancia.
La sociedad —y el destino— afectan el curso de quienes caminan con metas claras y evidentes.
Entran otros factores esenciales, como:
el poder;
el sexo y la lujuria;
la envidia;
la rivalidad;
la salud…
y tantos otros no mencionados.
Las vidas de quienes tienen el corazón enfermo o lastimado son difíciles de restaurar.
El corazón, a veces, decae: por ejemplo, cuando ha sido derrotado demasiadas veces…
¡Pero este poema no tiene sabor a derrota!
El amor del bueno es el amor de la familia y de la continuidad.
La vida y las sociedades pueden separar a una hija o a un hijo de su padre, de su madre, de sus hermanos; pueden debilitar, e incluso matar; pueden declarar insana a una persona sana; y más.
Pero las personas fuertes saben mantener el corazón en paz, y dejar reposar las penas hasta encontrar a su pareja definitiva.
Cuando una persona sostiene un sentido
de fe; de valores; de voluntad,
entonces no duda al conocer a su pareja.
La pareja complementa a la pareja en todos los sentidos de la vida.
Y entonces el corazón sana.
Eso es lo bueno del amor… el amor del bueno.
Por eso vivimos.
Las mediocridades… desembocan en muerte.
Los asesinatos… desembocan en venganza.
Quienes no viven guiados por el amor del bueno terminan cayendo, tarde o temprano.
¡El amor del bueno trasciende!
Y debe resguardarse, porque las y los muertos emocionales envidian y contaminan el amor del bueno entre parejas de verdad.
Atacan sin piedad al amor verdadero, por la desesperada frustración
de saberse en letargo emocional y derrota; testigos de lo que nunca sentirán, con el alma prisionera de su propio cuerpo.
¡Pero este poema no tiene el sentir de la derrota!
El amor del bueno trasciende.
Cuando nace la vida como fruto del amor del bueno, comienzan los golpes de la envidia.
Pero la fe y el bienestar del alma de la madre y del padre se alzan con la vitalidad del Fénix: se oponen a la gravedad; se afirman en la verdad más profunda; en la razón de vivir.
El sexo cobra sentido cuando ves y sientes el fruto del amor del bueno.
Sentir a mi hija entre mis brazos me ha hecho renacer; he recuperado la fortaleza de mi infancia, cuando peleaba mis batallas y las vencía todas, sin complejos.
Sentir el palpitar acelerado del corazón de mi hija, contra el mío, me devuelve los bríos para vivir y superar derrotas anteriores, otorgándole a mi progenie dignidad y clase en el mecanismo social.
¡Pero este poema no termina en derrota!
Sentir a mi hija viva entre mis brazos me evoca la espiral del Nautilus, su sección aurea y su memoria del tiempo: me hace volver hacia atrás…
y me devuelve a ser hijo-bueno, en la melancolía del recuerdo, sabiendo haber estado —una y otra vez— en los brazos de mis padres.
Nunca —por más detectives, investigadores, sensoriales… que seamos— logramos resolver por completo nuestro presente.
El mecanismo se vuelve más complejo con el tiempo; y a las y los rivales de finalidades tiranas y cobardes se les debe derrotar —incluso anular— desde las primeras batallas.
Mi alma está en pleno grito del águila.
Fui y soy hijo.
Fui nieto.
Fui y soy hermano mayor.
Fui y soy sobrino.
Fui y soy primo.
Fui y soy amigo.
Fui novio.
Ahora soy marido,
soy yerno,
soy cuñado
y un orgulloso padre de familia.
Con estas palabras me enfrento a toda y todo cobarde emocional que no haya sabido vivir para buscar, encontrar y sentir el amor del bueno.
Porque no hay sentimiento que se compare con la cercanía del cuerpo de la pareja verdadera; ni con adormecer a tu hija —a tu progenie— entre tus brazos o contra tu pecho, sintiendo el latir puro y acelerado de su corazón.
¡Peleo por el amor de verdad!
Las almas heladas se congelarán al saberse derrotadas por no haber buscado —y hallado— el amor verdadero; y sólo recuperarán el calor encontrando a su pareja, aquella que complete su amor total.
Así, este poema se consagra como la victoria de la vida: la que ahora heredo y resguardo en mi familia cercana, y en mi progenie.
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Autor:
Orelac - el Arquitecto Verde (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 19 de enero de 2026 a las 14:47
- Categoría: Amor
- Lecturas: 1

Online)
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