A veces, cuando abrimos los ojos, llegan luces con formas varias: de bombilla o lumbre u otras; que nos iluminan mucho o poco tiempo, más fuertemente o menos, de lejos o de cerca; da lo mismo.
También a veces, aunque menos veces, logramos asirlas: mucho o poco tiempo, más fuertemente o menos, de lejos o de cerca; da lo mismo. Esas veces, aún son las más especiales, las que guían en la brillantez.
Luego están las veces que ese foco resulta vano, efímero y lacónico. A pesar de esto, incluso las más someras (espiritualmente hablando) son capaces de dejar en la oscuridad más negra (creada por su desaparición repentina) luciérnagas en los ojos que no se mueven. Se mantienen estáticas y son hacia ellas que, careciendo de cualquier otra posibilidad de luz, nos dirigimos, andamos hacia ellas a pesar de que conocemos el rastro que solo son. Pero, ¿qué nos queda si no?
A ese andar le llamamos esperanza, llamamos esperanza a la creencia de que esa luz puede volver, y de que cuando vuelva estemos más cerca que nunca, para avivarla y agarrarla.
Me gustaría que no hubiese más veces, pero quedan las peores y más inspiradoras: cuando no podemos andar más hacia la luciérnaga pasada, cuando nos damos cuenta de que esos ojos (una vez abiertos) se cerraron. Y en el momento que decidimos reabrirlos es que viene el momento de darnos cuenta por fin, del fantasma que hemos perseguido o hemos creído perseguir o hemos querido perseguir y es ese momento en el que nos decantamos por dos tipos de pensamientos: "hecho de menos esa luz" o mi preferida (aunque no siempre sigo) "que bonita fue la luciérnaga".
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Autor:
Santísimo (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 16 de enero de 2026 a las 13:28
- Comentario del autor sobre el poema: Las etapas se acaban antes de que nos llegue la noticia de que se ha acabado la etapa. Me pasa últimamente.
- Categoría: Reflexión
- Lecturas: 1

Offline)
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