El secreto del deshielo
Tras la estrepitosa huida del mago Kaldurio, cuya esencia oscura se desvaneció como humo entre los pinos, el grupo se permitió un instante de reposada tregua. La cordialidad regresó al Bosque Nevado con una quietud casi irreal, tan densa que el aire parecía a punto de cristalizar en finas capas de diamantes. El silencio absoluto solo se quebraba por el crujir rítmico de la escarcha bajo las pesadas botas del Leñador y el trino, aún algo temeroso, de las aves que regresaban a sus nidos tras el estruendo de la batalla.
Sin embargo, la victoria tenía un sabor agridulce. El mal había dejado una cicatriz profunda. Aunque el contrahechizo de Titania disolvió el lodo negro, el paisaje no sanó por completo. Bajo el Abeto Milenario, el corazón geográfico del reino, la tierra aparecía desnuda. Allí donde la magia de Kaldurio fue más corrosiva, el suelo estaba despojado de su manto blanco por primera vez en eones, revelando una herida abierta en la historia del mundo.
Cerca del tronco centenario, el Leñador clavó su hacha en un leño caído para asegurar su posición. De pronto, la hoja de titanio —forjada por la misma Akelia en las Fraguas Volcánicas del Norte— comenzó a vibrar. Un zumbido agudo, similar al de un avispero metálico, recorrió el mango, alertando de una anomalía bajo el suelo erosionado.
—Aquí hay algo que no pertenece al reino de los seres vivos, ni al de las hadas comunes —gruñó el Leñador, apartando con sus manos enguantadas los restos de tierra calcinada.
Entre las raíces retorcidas por las recientes riadas de agua y lodo, emergió un objeto que desafiaba la lógica del invierno: un cofre de Hielo Eterno, una sustancia extraordinaria que no se derretía por el calor y se mantenía siempre invariable ante las inclemencias invernales. Sus aristas eran tan perfectas que parecían cortadas por el pensamiento, y su superficie emitía un fulgor cian que no cedía ante el calor del sol cenital. El Leñador, consciente de que sus fuerzas no bastaban para entender tal reliquia, convocó a sus compañeras.
Akelia, la Ninfa Guardiana, fue la primera en acudir. Al reconocer la runa que sellaba la tapa —una espiral diamantina entrelazada con una hoja de arce que parecía latir—, su rostro, normalmente del color de la corteza de abedul, palideció hasta volverse ceniza.
—Es el sello de los Primeros Guardianes —susurró con una voz trémula que se evanesció con el viento—. Este arcón pertenece a una era en la que el invierno y el verano eran aspectos complementarios que se alternaban en ciclos milenarios. Fue sepultado entre las raíces más profundas para que ningún ente de cualquier origen pudiera reclamar el poder de alterar el círculo del tiempo.
La Reina de las Nieves se aproximó con paso regio. Su capa de ventisca ondeaba pesadamente, provocando un descenso brusco de la temperatura a cada paso, congelando todo el suelo y las pequeñas flores que apenas empezaban a asomarse. Extendió sus dedos, enguantados en plata flexible, y señaló el cofre con una mezcla de codicia y temor.
—Kaldurio no buscaba solo destruir el bosque, Akelia —sentenció la Reina con voz de carámbano—. Buscaba un lienzo en blanco para borrar el pasado y refundar su dominio sobre las cenizas de nuestra memoria. Este cofre custodia la Savia Primigenia, la esencia líquida de la existencia. Si el bosque olvida cómo brotar, si las flores pierden el recuerdo de la primavera, la muerte será absoluta. Sin identidad, seremos una cáscara vacía lista para ser habitada por cualquier fuerza pérfida.
Titania, sintiendo la vibración del cristal resonando en la punta de sus propias alas, se arrodilló ante la reliquia para observarla mejor. Al rozar la superficie gélida, una visión la asaltó con la fuerza de un rayo: vio el flujo de la Arborigenia, la energía vital del bosque, que tras la batalla emitía un fulgor tan potente que actuaba como un faro en mitad de un océano de bajo una noche oscura.
—Nuestro triunfo ha encendido una antorcha demasiado brillante en la negrura —advirtió Titania, limpiándose un rastro de polen plateado que corría por su mejilla como una lágrima—. No solo nosotros hemos visto esta luz. Desde las Tierras Sombrías, seres hechos de vacío y locura ya reptan hacia nosotros, seducidos por la pureza de la llama que hemos recuperado. El bosque ha revelado el cofre no como un premio, sino como una advertencia: lo peor está por llegar.
La Reina soltó una risa seca, carente de alegría. —¿Y qué esperabas, pequeña hada? La luz siempre invita a la sombra; es un imán para las tinieblas, del mismo modo que tu altruismo atrae a ingratos que solo buscan alimentarse de tu buena fe.
Titania se puso en pie, sosteniendo la mirada de la soberana sin pestañear. —Mi bondad es lo que ha mantenido este grupo unido cuando vuestro hielo solo traía aislamiento, Majestad. Pero reconozco mis límites. Este hallazgo —señaló el cofre— pertenece a un círculo de magia que solo vos domináis. No puedo proteger el secreto de la vida yo sola.
El Leñador, impaciente, aferró su hacha y oteó el horizonte, donde las sombras parecían alargarse más de lo natural. —¿Qué contiene realmente? ¿Un arma para aplastar a esos seres o tesoros para comprar inmensos palacios?
—No son joyas, mortal —murmuró la Reina, cuyas manos dejaban un rastro de escarcha al acariciar la tapa—. Son las Lágrimas de la Tierra, la semilla de cada primavera que el mundo ha albergado desde el origen de los tiempos. Es el código de la vida.
Titania cerró los ojos y pronunció un conjuro en lengua antigua, una salmodia que sonaba como el deshielo silencios de un río en marzo. La runa se desbloqueó con un clic cristalino y el cofre se entreabrió. No hubo explosiones, sino una melodía de campanillas que armonizó con la respiración del bosque. De su interior brotó un vapor frío que se condensó en el aire, formando un mapa tridimensional de luz argenta.
Una línea luminosa comenzó a trazarse, señalando un camino sinuoso a través de desfiladeros olvidados, cruzando mares de escarcha hasta detenerse en el pico más alto de las Montañas del Límite.
—Es la senda hacia el Oráculo de los Vientos —declaró Titania con asombro—. El único ser que recuerda el primer amanecer del mundo. Debemos consultarle antes de que la primera mancha de las Tierras Sombrías toque nuestras raíces.
Akelia asintió, ajustando su carcaj de flechas. —El Oráculo no solo habla; él es el eco de la historia. Sus alas son las corrientes que envuelven el globo. Él nos enseñará a convertir la luz de la Arborigenia en un escudo que nos proteja, en lugar de un faro que nos condene.
La Reina de las Nieves guardó silencio un instante, observando a Titania con un respeto nuevo, despojada de su habitual arrogancia. Reconociendo que el tiempo se agotaba, golpeó el suelo con su cetro. Al instante, la nieve se arremolinó hasta formar un carruaje tallado en un solo bloque de hielo translúcido, tirado por cuatro renos de pelaje níveo y ojos de zafiro.
—El camino hacia las cumbres será hostil para tus alas, Titania —dijo la Reina, extendiendo una mano pálida hacia el transporte—. Nuestras rencillas no sirven de nada en las alturas donde el oxígeno escasea y el frío muerde hasta el alma. Es momento de una alianza real.
—Acepto la alianza y los riesgos del viaje —respondió Titania, subiendo al carruaje con firmeza—. El frío extremo será el menor de nuestros problemas si permitimos que el olvido nos alcance. No importa lo despacio que vayamos, siempre y cuando no nos detengamos. ¡Adelante, amigos!.
El grupo partió al galope, dejando atrás la relativa seguridad del Abeto Milenario. Se dirigían hacia los apartados dominios donde el cielo se funde con el vacío, sabiendo que el Oráculo era su última esperanza para mantener encendida la llama de la memoria frente a la oscuridad que ya avanzaba, implacable y hambrienta, sobre el horizonte.
*Autores: Nelaery & Salva Carrion
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Autor:
Salva Carrion (
Online) - Publicado: 16 de enero de 2026 a las 10:11
- Comentario del autor sobre el poema: Autores; Nelaery & Salva Carrion
- Categoría: Sin clasificar
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