La Casa De Los Espejos Rotos
I.
Me prometieron el brillo de ciudades de asfalto y luz,
un trabajo digno, un futuro sin gris ni cruz.
“Ven”, dijeron, con sonrisa de miel y de confianza,
“tu sueño espera lejos de esta pobre esperanza”.
Era un príncipe de ojos azules, de palabras cálidas y suaves,
que hablaba de estudios, de hoteles y de llaves.
Yo, raíz en tierra seca, con el alma adolescente,
creí ver en su mapa el trazo de mi propia fuente.
Él vio la grieta en mi hogar, la huella del abandono,
y ofreció un puente de oro sobre mi invierno entero.
¡Qué frágil es la rama que confía en la tormenta!
¡Qué niño el corazón que en un espejismo intenta
anclar su frágil barco a un continente de ausencia,
y sólo encuentra un muro, una celda, una sentencia!
II.
No hubo viaje, hubo traslado. No hubo puerta, hubo brecha.
La promesa se rasgó como una tela vieja.
El cielo de la suite era un techo de lámpara rota,
y el trabajo… el “trabajo” era una cuenta, una deuda idiota.
“Debes pagar por todo: el viaje, la comida, este cuarto”.
La cifra crecía en un papel que era mi embargo.
Y aquel príncipe azul mostró su piel de lobo,
su moneda de trueque: mi cuerpo era la nueva moneda.
Me marcaron sin hierro, con miradas y con números,
me desvistieron el nombre, me cortaron los números.
Fui mercancía en un mercado de sombras y deseos ajenos,
un cuerpo sin historia, un llanto entre los venenos.
La fuerza no era sólo de puños, cadenas o cerrojos,
era el miedo a lo peor, a que hicieran daño a mis ojos
(allá lejos, en el pueblo, mi hermana pequeña y mi madre);
era la amenaza sorda, la psicología de la imposición.
Era la niebla espesa de una pastilla en la copa,
era el “nadie te creerá”, era la puerta que topa
siempre a la misma pesadilla, de paredes forradas de terciopelo sucio,
donde el tiempo es un reloj que repite el mismo duelo.
III.
Cada noche, un mismo rito de sal y de desprecio.
Yo, estatua de carne viva, soportando el sacrificio.
Ellos, pasando raudos, buscando en mi un reflejo
de un amor, de un fuego, de un íntimo provecho.
¡Oh, la ironía cruel! Usaban palabras de amor,
frases hechas de éxtasis, de unión y de ardor.
“Hazme tuya”, “Seamos uno”, “Déjate llevar”…
Mientras yo, en mi interior, sólo quería volar,
despegarme de la sábana, de la piel que me cubría,
y escapar de esa ceremonia de muerte y agonía.
Mi sexualidad, raptada; mi erotismo, profanado.
Convertido en pura transacción, en acto denigrado.
Ya no era un cuerpo: era un sitio, una función, un hoyo.
Un objeto de usar y tirar, desechable y de despojo.
Y en el silencio posterior, en el hueco del alba,
sentía cómo mi alma, gota a gota, se quebraba.
Mis sueños, esos pájaros que anidaban en mi pecho,
yacían en el suelo, muertos de viejo y deshechos.
IV.
No estaba sola en el infierno. Había más espejos rotos.
Más chicas con la niñez robada y los proyectos malditos.
Algunas hablaban en idiomas que yo no entendía,
pero el miedo en los ojos era la misma melodía.
Una, casi una niña, con la mirada de anciana,
me susurró una vez: “De mi aldea en la montaña
me trajeron por un vestido y por un teléfono nuevo”.
Su historia era mi historia, era el mismo vil consejo.
Otras parecían fuertes, endurecidas por el hielo,
pero de noche oía su llanto, un quejido sin consuelo.
Éramos un rebaño de sombras, numeradas y vendidas,
hijas, hermanas, estudiantes, todas convertidas
en la misma mercancía, en el mismo producto en venta:
carne joven para el hambre más voraz y violenta.
A veces, una desaparecía. “Se la llevaron”, decían.
Y un silencio más pesado sobre nosotras caía.
¿A otro “local”? ¿A un lugar peor? ¿O acaso… logró escapar?
Nunca lo supimos. Sólo sabíamos callar.
V.
Ahora miro desde esta misma habitación-cárcel.
El mundo pasa allá afuera, indiferente a mi cartel.
He aprendido que mi dueño no es uno: es una red,
un negocio que prospera con mi dolor y mi sed.
He olvidado el sabor de la lluvia en la cara libre,
el abrazo sin precio, la confianza que no vibra
con el miedo al golpe, a la deuda, a la amenaza sutil.
Soy un territorio conquistado, un campo de maíz estéril.
A veces, en un sueño, vuelvo a ser la niña que corría.
Y al despertar, la realidad es un cuchillo que persiste
en recordarme mi sitio: este lecho de baldosas frías,
esta vida prestada, esta historia que no es mía.
Ya no grito. El grito se ahoga en un pozo sin fondo.
Ya no espero. La esperanza es un lujo en este mundo.
Sólo soy el eco de un nombre que ya nadie pronuncia,
el suspiro de un alma a la que la noche denuncia.
Un número en una estadística cruel y deshumanizada.
La esclava del siglo XXI. La mujer desaparecida.
—Luis Barreda/LAB
Glendale, California, EUA
Enero, 2024.
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Autor:
Luis Barreda Morán (
Online) - Publicado: 16 de enero de 2026 a las 00:11
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

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