El tiempo,
me obligó a esconderme
en la grieta de aquello que me faltaba.
Allí, el silencio
aullaba buscando un eco:
una respuesta,
un refugio donde nada doliera.
Me puse un parche sobre el ojo,
una excusa para no mirar lo que no quería ver;
un muro
para que mi fragilidad
no se encontrara cara a cara consigo misma.
Pero el instinto no se deja engañar.
Aunque mi mirada permanezca a oscuras,
sé que ella sigue aquí:
caminando a mi lado,
habitando mi parte ciega.
Tiendo a mirar hacia adentro,
un interior lleno de miedos,
como mirar un abismo
que te devuelve la mirada.
Afuera, el paisaje se abre prometedor,
pero mi temor a enfrentar lo que guardo
se siente más grande que cualquier deseo de avanzar.

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