Me retiro a mi soledad eterna.
Enciendo esta noche una linterna
entre el frío que por esta ventana
entra a borbotones, como mi alma
en la muerta materia desvencijada
haciéndola jirones de blanca niebla.
Me retiro a mi soledad eterna,
aunque nunca daré por perdida
aqueya estreya que briya a oriyas
de mi vida, entre marea y arena...
Me voy volando al alba al despertar
a esta realidad tan extraña,
que se sueña, es la verdad...
Me voy flotando en una ola enfática,
a toda velocidad, cortando las aguas,
y la gran distancia que nos separa igual.
La realidad era en realidad irreal, o tan real como un sueño fugaz del que apenas quedan meros retazos tras despertar a la realidad que en realidad es tan irreal como la nada donde Rai vuelve a reconocer el conjunto de escenarios cotidianos: la amplia y humeante y extraña ciénaga bordeada por el camino de tierra bronceada, y más lejos, apenas visible entre la falsa niebla, la casa de los fantasmas descansando contra el monumental montículo de piedras blancas con pintas negras (que no llegaba ahora a diferenciar muy bien, pero igualmente lo imaginaba como creía que era en realidad: irreal). Fumaba encogido, rascándose un tobillo con un palo: las moscas bullían más excitadas que nunca en aquel verano inmemorial y memorable, en el que lo único real era la irrealidad, patente en los desiertos mentales que Rai, abandonado a inercias dignas de poetas marginales, anestesiada su alma gracias al vicio de crear posibilidades alternativas a lo sucedido en otros días, en un pasado cuya materia se le antojaba bastante fácil de malear, exploraba ávido de descubrimientos, como un alquimista que viera abierta la vía hacia la consecución final de la filosofal pureza, hacia la piedra o perla flamígera, hundida bajo un mar compuesto de una sola lágrima de alegría interiorizada. Porque retenía sus ansias de realizar la realidad que imaginaba, la cual, todavía increada, encapsulada en su hermético cráneo, se le presentaba, sin interrumpir para nada la conversación solitaria que Rai mantenía con Rai, igual de irreal que la incuestionable realidad, con todos sus pilares firmemente establecidos sobre el vacío mar vacilante, exento de leyes o azares, y qué más? Entró en un trance. Ela lo esperaba en la entrada de la casa, en medio de un par de columnas que habían sido tomadas en posesión por plantas trepadoras, decoradas con collares de flores azules; el hecho irrealmente real era que ahí estaba ella tristemente sonriente hablando del pretérito con una sombra o algo así -puede que fuera un cuervo o un espacio sin cubrir: faltarían detalles a su sueño-. El pobre Rai estaba cansado de no hacer nada, destemplado sudando en el apogeo del verano, pero frío por dentro calculando los postreros progresos de los astros en aumento con aquel ocaso de ambiente denso y pesado, cayendo poco a poco pero sin pausa sobre un todo cansado, como un edredón de plomo puesto a contraluz, oscureciendo, del mismo modo: poco a poco pero sin pausa, la realidad del mundo irreal, fenómeno lógico y no menos ominoso que el soporífero soplo que experimentó temporalmente el corazón de Rai: el cielo se había ido nublando durante la segunda parte de la tarde, y el ambiente le venía resultando extremadamente bochornoso, y más habiendo entrado en calor al pensar demasiado en todo estando cansado de antemano. Y qué más? A pesar del cansancio y de todo, se fue recargando conectado a ningún dispositivo de lo real, cerrados los ojos, irrealmente durmiendo sin soñar ya nada, existiendo, así de simple -sin más retruécanos-, sin existir, porque existir era (sino difícil si no imposible) si no difícil imposible, más aún habiendo subido sobremanera su temperatura corporal unos cuatro grados por encima de la barrera de los cuarenta -la fiebre chunga, como solía llamarla Ela cuando yacía en cama enferma de nada más que una desgana antipática-, sin embargo se sentía casi genial Rai mientras mantenía un soliloquio -intermitentes afirmaciones, preguntas incontestables, y algunas breves y concisas respuestas intercaladas con la otredad, con la morbosa soledad propia de aquella fantasmagórica casa, cuyo locuaz silencio ya no lo amedrentaba, no mientras se mantenía reconfortado al fin comenzando a entrar (en un trance chamánico) en contacto consigo mismo mediante la prerrogativa de un loco soliloquio- que lo mantenía sobrio, bien sano, adecuadamente colocado en el centro del cósmico caos ordenándolo poco a poco pero sin pausa a pesar del cansancio y de todo
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Autor:
Romey (
Offline) - Publicado: 14 de enero de 2026 a las 17:24
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

Offline)
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