Plegaria para un Mundo Herido
Señor, explicadme la suerte del arroyo que ha perdido su murmullo,
arrastrándose mudo y lento bajo un velo de espuma amarga,
una sombra de lo que era su cauce de aguas claras y puras,
sin fuerza para seguir su camino entre las piedras antiguas,
un fantasma de lodo que apenas moja la arena de la orilla.
Señor, contadme por qué la arboleda ha quedado desnuda y fría,
donde antes había una bóveda de ramas verdes y altas,
y ahora ni un solo tronco queda para dar sombra al cansancio,
ni leña que recolectar cuando llegue el tiempo del hielo,
ni refugio donde guarecerse del sol de los días ardientes.
Señor, el viento ahora solo trae un polvo amargo y espeso,
y el horizonte se ha vuelto pálido, sin canto de alondras,
porque ya no brotan piñas que alimenten a las criaturas,
ni hojas que cobijen los gusanos que tejen su seda fina,
y el silencio se ha adueñado de los caminos del monte.
Señor, antes de que regrese la estación de los días largos,
guardemos cada semilla, cada raíz, cada fruto pequeño,
llenemos hasta el borde las vasijas de nuestra alacena,
porque la cosecha futura se presenta pobre y escasa,
y el hambre llama con su voz seca a nuestras puertas.
Señor, si no hay flores de colores en el prado desolado,
tampoco habrá zumbido de insectos ni panales dorados,
ni podremos endulzar la comida con ese oro líquido,
ni tendremos cera para alumbrar nuestras noches cerradas,
y la oscuridad será más profunda dentro de nuestra casa.
Señor, el paisaje que conocimos ha cambiado su rostro,
los cerros están yermos y los valles llenos de heridas,
ya no se oye el croar de las ranas al caer la tarde,
ni el aleteo de los pájaros que huían del gavilán,
todo es un inmenso páramo que entristece al mirarlo.
Señor, pronto caerá del firmamento un rocío espeso y rojo,
y la brisa gime una canción triste de despedida y duelo,
anunciando la llegada de una época de gran tristeza,
donde el sol se esconderá tras un manto de niebla sucia,
y el aire será difícil y pesado para nuestros pulmones.
Señor, ya se acercan seres deformes de piel dura y fría,
con orugas metálicas que aplastan la yerba y el nido,
rompiendo la tierra fértil con sus garras de acero bruñido,
dejando un surco de muerte por donde avanza su paso,
y un ruido atronador que enmudece todo resto de canto.
Señor, no permitáis que el temor anide en vuestro corazón,
negad con firmeza a quienes preguntan por nuestro rumbo,
yo os aguardaré en el lugar donde antes corría el agua,
protegiendo la última simiente que queda escondida,
y el secreto del manantial que una vez fue vida pura.
Señor, están asesinando lentamente el suelo de la patria,
envenenando la savia que sube por los tallos tiernos,
y el humo de sus máquinas apaga el azul del cielo,
transformando el mundo en un lugar yermo y sin futuro,
donde ni los sueños más humildes logran encontrar sitio.
Señor, es hora de secar las lágrimas de nuestros rostros,
porque nos han enviado un aviso de lucha y combate,
y debemos defender con uñas este último pedazo,
aunque solo nos quede la fuerza de nuestra voz unida,
y la memoria del verde que cubría toda la montaña.
—Luis Barreda/LAB
Glendale, California, EUA
Enero, 2023.
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Autor:
Luis Barreda Morán (
Offline) - Publicado: 13 de enero de 2026 a las 09:15
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 8
- Usuarios favoritos de este poema: racsonando, El Hombre de la Rosa, Mauro Enrique Lopez Z.

Offline)
Comentarios1
Genial y precioso versar estimado poeta y amigo Luis Barreda Morán
Saludos de críspulo desde España
El Hombre de la Rosa
Feliz día amigo bendiciones
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