Resiliencia

Alena Esperanza

No es justo.

Nunca lo fue.

Algunos nacen con calles de oro bajo los pies,

otros con barro y viento cortando la cara.

Uno sueña con Buenos Aires,

con plazas que nunca visitó,

calles que nunca caminó,

y sin embargo las lleva dentro,

como mapas de un deseo,

como promesas de mundo.

Y luego está un pueblo perdido de Rusia,

donde los inviernos parecen eternos

y los rostros son severos, tristes,

tallados por años de frío y silencio,

miradas que guardan secretos

y enseñan que la vida

es más pesada de lo que uno imagina.

Aprendés rápido que la vida no regala nada,

que duele más lo que parece pequeño:

la traición silenciosa,

el cariño que no llega,

las pérdidas que se acumulan

como nieve sobre los techos.

Pero también entendés que las pequeñas victorias

son las únicas que importan:

el esfuerzo, los idiomas aprendidos,

los viajes que te cambian aunque sea un poco,

mirar el mundo y descubrir

que algunas cosas valen la pena

aunque nadie te lo cuente.

Creímos que la felicidad era risa y brillo,

que el amor era mariposas y fuegos artificiales,

y tarde entendemos:

la felicidad es simple,

como un té caliente en una noche de Noruega,

cuando la nieve cruje bajo los pies

y las auroras bailan en el cielo,

verde y violeta,

como un milagro que no avisa.

Como un abrazo breve

cuando estás enferma y alguien te cuida.

El amor verdadero tampoco llega con estruendo.

Se mete lento, casi sin permiso,

y lo reconocés por la paciencia,

por la certeza que nace de ver al otro

y querer quedarse,

no por emoción momentánea

ni por ilusión de cuento.

Ese amor crece adentro,

se construye con heridas,

con tiempo, con errores,

con la vida tal como es

y no como soñábamos.

Sí, hay injusticia.

Muchísima.

Gente que no conoce el barro,

que no ha tenido que pelear por nada,

que sonríe mientras otros caen.

Eso duele, y duele mucho.

Pero también enseña,

porque todo lo que aprendés

lo aprendés de la lucha

y del camino que, igual, seguiste.

Y sin embargo, seguimos.

Porque algunas cosas mínimas alcanzan:

una mirada que entiende,

una mano que no se va,

una palabra dicha en el momento justo,

un abrazo que llega sin avisar.

Pequeños milagros,

insignificantes para otros,

pero esenciales para quien los vive.

No es destino perfecto,

ni certezas eternas,

ni promesas cumplidas.

Es un hilo que vas tejiendo,

día tras día,

entre sueños de ciudades, idiomas, viajes,

entre esfuerzos que nadie apoya

y batallas que sólo vos ves.

Es un amor que no arde en llamas,

pero sostiene;

una felicidad que no hace ruido,

pero alcanza.

Y a pesar de todo,

las heridas siguen abiertas,

como recordatorios de lo que dolió

y de lo que nos hizo seguir.

No es justo.

Pero todavía es nuestro.

Y con eso,

a veces,

basta para respirar,

para mirar hacia adelante,

para seguir andando,

con los pies cansados,

pero el corazón abierto.

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  • Autor: Alena Esperanza (Offline Offline)
  • Publicado: 13 de enero de 2026 a las 05:39
  • Categoría: Reflexión
  • Lecturas: 1
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