Se alza mi vida sobre un mármol doble:
aquí, la llama quieta, el oro de la tarde,
una mano que es pacto, amor que no es endeble,
y una promesa firme que el tiempo no acobarde.
En mi fiel compañera, espejo de lo cierto,
hallé el sol de mis días, el puerto de mi sed;
un amor que es sustento, destino descubierto,
la paz que me permite saber por qué y con qué.
Y en medio de ese templo de gratitud sagrada,
donde el placer levanta sus columnas de seda,
se abre una fisura, una grieta no amada,
una voz en el fondo que a la sombra se queda.
Es el espectro tenue del amor que se niega,
el huésped sin asiento que no conoce olvido,
la música que existe, pero nadie me entrega,
el "sí" que fue silencio y sigue aún en mi oído.
Mi existencia es este eterno y doloroso umbral:
soy rey en el abrazo, mendigo en el recuerdo,
tengo el fuego que nutre mi verdad fundamental,
y a la vez, soy estatua de aquello que no muerdo.
¿Es más real el placer que se toca y se vive,
o el eco de un vacío que la memoria desvive?
Soy el que ama y sufre sin nada a cambio,
un hombre en plenitud, el alma a la intemperie,
condenado a medir el cuanto tengo, a diario
frente al hueco perfecto que al final sonríe.
-
Autor:
Leoness (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 12 de enero de 2026 a las 16:23
- Categoría: Amor
- Lecturas: 3
- Usuarios favoritos de este poema: alicia perez hernandez

Offline)
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.