El manto blanco comenzaba a transformar el paisaje en el hogar de Titania. El hada rebosaba alegría; sentía la profunda satisfacción de haber cumplido su misión: reunir los cinco corazones necesarios para que la Arborigenia, el espíritu vital del bosque fluyera de nuevo, revitalizando el hábitat de sus pobladores.
Acompañada por su fiel amigo, el Leñador, Titania fue al encuentro de Akelia. La ninfa los aguardaba con una mezcla de júbilo y orgullo; por fin, la esencia vital recorría las venas del Dosel Viejo, devolviéndole su lozanía. Fue un instante sublime: los tres se fundieron en un abrazo tan cargado de emoción que de sus ojos brotaron pequeñas lágrimas irisadas.
Sin embargo, la paz fue efímera. Unas voces estridentes rasgaron el silencio y, extrañados, se dirigieron con premura hacia el origen del griterío. A medida que avanzaban, el paisaje se tornaba lúgubre, casi alienígena. Caían copos de nieve agrios y sucios que, al tocar el suelo, se convertían en un lodo espeso que anegaba el esplendor del bosque.
Al llegar, presenciaron una escena insólita: la Reina de las Nieves increpaba enfurecida al mago Kaldurio, eterno enemigo de la espesura, mientras este retrocedía con gesto esquivo.
—¡Mira cómo ha quedado mi vestido! —exclamaba la soberana, señalando sus ropajes arruinados por el hechizo—. ¡Exijo que repares este desastre de inmediato!
La Reina, vencida por la indignación, se dejó caer sobre la nieve manchada. Con sus galas embarradas y el ánimo por los suelos, estaba a punto de quebrarse en sollozos.
—Buenos días, señora. ¿Qué ha ocurrido aquí? —preguntó Titania con voz conciliadora.
—¿Acaso no es evidente? —replicó la Reina con aspereza—. ¿Has venido a burlarte de mi desgracia?
—En absoluto —respondió el hada con calma—. Mi única intención es ayudarte.
—¿Ayudarme tú? —bufó la malhumorada dama—. No me fío de tus artes.
—Recuerdo bien nuestra última contienda —admitió Titania con sinceridad—, y reconozco que no fuimos las mejores aliadas. Pero no guardo rencor; deseo colaborar.
El Leñador, interviniendo para apaciguar los ánimos, preguntó,
—Dama Blanca, ¿podrías decirnos qué ha sucedido exactamente?
—Kaldurio ha regresado buscando venganza —explicó la Reina, recuperando la compostura—. Ese hechicero malintencionado tiene el poder de petrificar la vida. Con un golpe de su vara puede convertir un árbol centenario en carbón negro y quebradizo, deteniendo el flujo de la Arborigenia. Ha lanzado un conjuro para alterar la pureza de la nieve y sembrar el caos. Por fortuna, lo sorprendí en pleno encantamiento y huyó a toda prisa, perdiendo esto en su fuga.
La Reina alzó un objeto de madera alargada y oscura.
—¡Es el Báculo de los Hechizos! —exclamó Titania entusiasmada—. Sin él, sus poderes se debilitan. En cuanto note su pérdida, regresará a buscarlo. Ese será el momento de capturarlo y obligarle a deshacer el entuerto.
—¿Y cómo piensas lograrlo? —cuestionó la Reina—. El mago no viaja de forma convencional; domina la Umbraquinesis y se desplaza a través de los rincones oscuros. Posee un manto de sombras que lo vuelve invisible al fundirse con la corteza de los árboles. Si no lo atraemos hacia una fuente de luz mágica, su captura será imposible.
—Tengo un plan —anunció Titania con astucia—Amigo Leñador, debes tallar una réplica exacta de esta vara. La dejaremos bajo aquel abeto mientras ocultamos una red entre sus ramas.
—No perdamos tiempo —asintió el Leñador, poniéndose manos a la obra.
Mientras él labraba la madera con destreza, la Reina y Akelia camuflaban un entramado de seda entre el espeso follaje de los altos abetos. Una vez lista la trampa, colocaron el señuelo en el suelo y se ocultaron en el silencio del bosque.
Poco después apareció Kaldurio, refunfuñando y maldiciendo entre dientes. Al divisar su preciado báculo, se abalanzó sobre él sin cautela. En un parpadeo, la casi imperceptible red cayó sobre él, atrapándolo como una telaraña gigante. Al verse rodeado por los cuatro aliados, el mago lanzó un repertorio de improperios que de nada le sirvieron.
La Reina de las Nieves, con su autoridad recuperada, sentenció:
—Kaldurio, pronuncia el contrahechizo para devolver la blancura a la nieve. Solo entonces recuperarás tu vara y te dejaremos marchar.
El mago, atrapado bajo la gélida mirada de la Reina, comprendió que no tenía escapatoria. Con un gruñido de resentimiento, extendió sus manos sarmentosas a través de los finos hilos de la red. No necesitaba el bastón para deshacer el daño, pero sí toda su concentración.
—«Nix pura, luto abscondita, ad originem revertere» —susurró con una voz que crujía como maderos secos chocando entre sí.
De sus dedos brotaron fulguraciones de color violeta pálido que se arrastraron por el suelo como serpientes luminiscentes. Al contacto con el lodo, se produjo una reacción asombrosa: el barro burbujeó y emitió un vapor denso con olor a tierra mojada y azufre. A medida que el vapor se disipaba, la suciedad desaparecía, dejando paso a una capa de nieve tan blanca que parecía emitir luz propia.
Un suspiro colectivo recorrió los árboles; la rigidez pétrea que amenazaba las raíces se desvaneció y la Arborigenia volvió a latir con un color verde esmeralda bajo la superficie helada. En pocos segundos, el paisaje alienígena volvió a ser el reino invernal que todos amaban.
Kaldurio, agotado por el esfuerzo de revertir su propia oscuridad, cayó de rodillas mientras la red se aflojaba. Derrotado y frustrado, huyó del bosque cubierto de un barro denso y maloliente, viendo cómo su propia maldad se volvía contra él.
La Reina de las Nieves se volvió hacia sus salvadores con un gesto de gratitud. —Debo admitir que estoy complacida. No esperaba tu apoyo, Titania, tras nuestros desencuentros pasados.
—Ante un problema común —concluyó Titania con una sonrisa cómplice— es preciso apartar la soberbia. Solos somos algo frágiles, pero juntos somos imbatibles.
En la linde del bosque, los bardos que habían presenciado la gesta comenzaron a trovar la historia. Aunque lo hacían con su habitual desentonación, sus cantos rebosaban júbilo.
La unidad de los amigos había vencido, una vez más, a la oscuridad.
*Autores: Nelaery & Salva Carrion.

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