Se llamaba Anselmo Rivas, aunque en el espejo se decía “Sam”, porque Anselmo le sonaba a calendario viejo. Era un hombre de edad madura —recién pasado de edad, diría él— con el alma en bermudas y la nostalgia haciendo abdominales. Jubilado, sí, pero activo en la imaginación: se teñía el pelo con la puntualidad de un reloj suizo, se embadurnaba de gel como si el tiempo resbalara con él, y se parapetaba tras gafas oscuras y ropa deportiva para ahuyentar los soles del mediodía y los de la conciencia. Divorciado desde hacía mucho, buscaba compañía femenina… pero no de su edad. Muuuucho más jóvenes. Tan jóvenes que la seriedad, al verlo, se les escurría por los bordes de la risa.
Hasta que apareció Elena Montoya.
Hermosa interiorana, de gustos un poco envejecidos: le gustaban los boleros con polvo de vinilo, las cartas escritas a mano y el café sin prisa. No era una niña —aunque Anselmo, confundido, la pensara así—, sino una mujer joven que buscaba una figura paternal, un faro tranquilo en un mar de muchachos veloces. Y ese faro, con zapatillas fluorescentes y pasado en sepia, lo vio en Anselmo.
El encuentro fue explosivo como una botella de champán agitada por el destino. Anselmo no sabía cómo pararse, cómo hablar, cómo respirar al saberse atractivo para Elena. Caminaba con el corazón haciendo parkour, tropezando con cada cumplido. Para colmo, su autoestima, que llevaba años en huelga, volvió al trabajo con horas extras.
Desorientado, buscó consejo en Ramiro, otro de su edad, experto en sobrevivir a las noches largas con sabiduría de bar. Ramiro fue claro, casi místico:
—Nada de pastillitas azules, Anselmo. Eso es alquimia barata. Pon Black Sabbath en plena acción y no fallarás. El riff hace el trabajo sucio. Yeeeeeaaaa!
Y así empezaron las cosas. Con Ozzy aullando como un oráculo eléctrico, Anselmo innovaba convencido de su genialidad: luces bajas, poses ensayadas frente al espejo, silencios dramáticos. Él pensaba que todo funcionaba como una maquinaria futurista recién aceitada. Elena, en cambio, escuchaba otra música. Donde él veía modernidad, ella sentía un eco antiguo; donde él creía estar encendiendo fuegos, ella buscaba brasas.
La historia avanzaba como un tren nocturno: potente, ruidoso, sin saber aún en qué estación iba a detenerse. Y mientras Black Sabbath seguía sonando, Anselmo y Elena aprendían —cada uno a su modo— que el amor, cuando se vuelve loco, no siempre baila al mismo compás.
Continuará.
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Autor:
JUSTO ALDÚ (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 12 de enero de 2026 a las 07:48
- Categoría: Sin clasificar
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