Elegía de la Tierra Herida

Luis Barreda Morán

Elegía de la Tierra Herida

Señor, pregunto qué daño han cometido en la corriente clara que antes murmuraba.
Ya no tiene voz, solo arrastra un lamento pesado bajo su superficie envenenada.
Desliza su cuerpo enfermo con pereza, cubierto de una costra gris y espesa.
Su cauce está mudo, sin fuerza ni rumbo, su espejo ahora quiebra la esperanza.
Su caudal es un sueño que alguien robó con manos de sombra y ciega arrogancia.

Señor, cuenten qué pasó con la arboleda frondosa que albergaba nidos y cantos.
Solo quedan huecos y señales de hachas, un desierto de veneros y quebrantos.
Cuando llegue el frío no tendremos brasas que alejen la escarcha de nuestros lechos,
y en el estío no habrá una sola rama que ofrezca su sombra a nuestros cuerpos.
El bosque perdió su nombre y su refugio, sus secretos, sus frutos y sus ecos.

Señor, antes que vuelva la estación de los soles altos y el aire caliente,
guarde en la cueva profunda cada semilla, cada raíz, cada brote viviente.
Oculte los huevos de las aves migratorias, el musgo tenaz, la pequeña hormiga,
porque siento que viene un tiempo de hambre larga, de niebla fría y enemiga,
y la tierra se vuelve lenta y estéril, sin savia que impulse la vida urgente.

Señor, sin troncos robustos no habrá bellotas, ni frutos dulces, ni alimento.
La oruga no tendrá hoja para girar su capullo hacia el viento.
Donde no brota un pimpollo, ni una amapola, la abeja no zumbará en la mañana.
No habrá panal dorado, ni dulzura para untar en la pobre mesa mañana.
El ciclo roto nos deja sin provisiones, solo un páramo extenso y sin aliento.

Señor, el paisaje perdió sus colores, su canción antigua, su verdadero nombre.
Ahora es un extraño con ropas de polvo, un fantasma de lodo que asusta al hombre.
Mañana observaremos cómo la lluvia cae espesa y roja como un gran tormento.
El aire lo anuncia con un silbido triste, con un lloro largo en cada aliento.
El cielo mismo llora la afrenta negra sobre el valle que fue tan sereno.

Señor, ahora avanzan desde el horizonte criaturas de metal que truenan y pasan.
Dejan surcos profundos donde había trigo, y sus alientos hieden a hollín.
Traen gusanos brillantes que escarban venas, que beben el agua hasta la última gota.
No son de esta tierra, no conocen el ritmo de la luna, la siembra ni la derrota.
Solo avanzan rompiendo con fría prisa todo lo que tocan sin ver la derrota.

Señor, no permita que el miedo se apodere de sus palabras y de su pecho fuerte.
Diga que no acepta, que usted resiste en el umbral de su casa hasta la muerte.
Yo aguardaré con las herramientas limpias, con la vista fija en el camino viejo,
aunque todo a nuestro alrededor se calle y solo quede el eco de su consejo,
defendiendo el pedazo de mundo bueno que nos queda, con terco arrebol.

Señor, ellos están acabando con el suelo, con la estela bajo la tierra oscura.
Envenenan las fuentes donde bebe el venado, matan la hierba de la verdura.
Han dejado un erial de ceniza y silencio donde antes crecía el centeno alto.
Han robado el futuro a los que ahora juegan, han escrito la muerte con letra de asfalto.
El campo es una herida que no cicatriza, un recuerdo lejano, un amargo salto.

Señor, es momento de secar las lágrimas que mojan sus mejillas surcadas,
porque han anunciado con voces de trueno batalla contra nuestras vidas sencillas.
No es una lucha con espadas de acero, sino con desprecio y máquinas que talan.
Han declarado la guerra a lo que crece, a lo verde, a lo libre, a lo que resuena,
y debemos pararnos, con la frente alta, aunque nuestras armas sean solo piedras.

Señor, labraremos la dura parcela entre escombros de lo que fue la gran casa,
con las manos desnudas y sudor frío, sin la barca que el río ya no abraza.
Quemaremos los recuerdos para el fuego, las tablas que surcaron aguas limpias,
y pondremos tres llaves en la gran puerta, guardando el amor y las nostalgias,
mientras afuera rugen los monstruos ciegos en las noches sin estrellas y vacías.

Señor, si no llega un milagro temprano con la aurora del próximo invierno,
si la primavera se niega a venir con sus vestidos de colores eternos,
nos volveremos silencio y piedra, parte del paisaje muerto y olvidado,
la última seña de un mundo cuidado, un suspiro en el tiempo congelado,
pero hoy aún luchamos por un retoño, por un canto, por un futuro soñado.

Señor, esta es la elegía del planeta que entonamos con voz ya ronca y baja,
la advertencia final antes del plazo, la señal en la piel de la vieja herida.
Escuche el gemido de la naturaleza que se apaga, herida de muerte,
y levante su voz con la nuestra, señor, en esta postrera despedida,
porque defender lo vivo es el mandato, la razón más profunda de la vida.

—Luis Barreda/LAB
Tujunga Canyon, California, EUA 
Enero, 2023.

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Comentarios +

Comentarios1

  • El Hombre de la Rosa

    Preciado y bien escrito tu genial poema estimado poeta y amigo Luis Barreda Morán
    Saludos desde España
    El Hombre de la Rosa



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