Aquel día no hubo prisa en la senda, ni el ruido mundano que la mente aturde. Caminamos sin buscar quien nos entienda, llevando la certeza que en el pecho urde.
No fue una marcha de tambores fuertes, sino un fluir de río, lento y profundo. Aceptando la vida, burlando las suertes, en un silencio más vasto que el mundo.
La fe no era un grito hacia el cielo lejano, era un bastón firme, aunque invisible al ojo. La calma, un manto suave sobre la mano, que apartaba del alma cualquier enojo.
Y así fuimos, sin mapas exteriores, sin pedirle al destino otra razón. Encontramos la paz de los mejores, latiendo, tranquilos, en el propio corazón.
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Autor:
Máx (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 9 de enero de 2026 a las 19:35
- Categoría: Amor
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