La noche cae despacio,
como si no quisiera interrumpirlos.
Las luces tiemblan en los charcos
y la ciudad, cansada,
baja la voz.
Él la sostiene contra la pared
no por urgencia,
sino por destino.
Su abrigo es un refugio antiguo,
de esos que no prometen eternidades,
pero las cumplen.
Ella se deja quedar en ese pecho
como quien encuentra hogar
en medio del invierno.
No hay palabras:
las palabras sobran
cuando el cuerpo entiende.
El amor, entonces,
no es fuego ni tormenta,
es brasero encendido
que resiste la lluvia
sin apagarse.
Un hombre viejo camina a lo lejos,
encorvado por los años,
quizá por los recuerdos.
Mira sin mirar,
porque ya conoció ese abrazo
cuando el mundo todavía le debía futuro.
Las veredas guardan secretos,
los muros aprenden nombres,
y el tiempo, testigo discreto,
anota en silencio
otra historia que no saldrá en los diarios.
Así se amaba antes:
sin urgencias,
sin testigos,
con la certeza simple
de que el otro era el lugar.
No había miedo a quedarse,
ni prisa por huir.
Amar era elegir,
cada noche,
el mismo abrazo
aunque doliera el frío.
Y bajo esa lluvia vieja,
entre sombras y luces cansadas,
dos almas se prometen
lo único que importa:
permanecer.
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Autor:
Daniii (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 9 de enero de 2026 a las 12:46
- Categoría: Sin clasificar
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Offline)
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