La llama que se hereda

Ysabel Gonzalez

 

En un rincón de la casa, sobre una mesita de madera, descansaban dos velas: una grande y otra pequeña. Eran mamá e hija.

 

Una noche, la pequeña vela, con sus ojitos brillantes y llenos de preguntas, susurró: —Mamá, ¿por qué tú brillas y yo no?. La vela madre sonrió y, con una voz tan cálida como un abrazo, respondió: —Pequeña, aún no brillas porque tu llama está dormida. Ella, igual que tú, está teniendo sueños hermosos. No te preocupes, ya llegará el momento de despertar.

 

La pequeña vela se quedó pensativa y, con un poquito de miedo, preguntó: —Mamá...  ¿duele arder?

 

La madre la miró con dulzura, mientras su luz bailaba suavemente: —Al principio se siente un cosquilleo, mi niña. Es como un calorcito que te abraza por dentro y sube desde tu corazón hasta tu mecha. Puede asustar un poquito, pero es hermoso, porque cuando brillamos, ayudamos a los demás a no tener miedo a la oscuridad.

 

La pequeña vela se emocionó y estiró su mecha:

 

—Mamá, quiero sentir lo que tú sientes. ¿Me enciendes?

 

—Claro que sí, hija. Pero recuerda esto: encenderse no es solo dar luz. Es aprender a brillar sin miedo, incluso cuando todo parece oscuro. Verte alumbrar será mi mayor alegría, porque sabré que has crecido.

 

—Entonces estoy lista —susurró la pequeña—. Quiero ser luz, como tú.

 

La pequeña vela respiró profundo, cerró sus ojitos y confió plenamente en mamá. Entonces, con mucha suavidad, la madre se inclinó hacia ella. Fue un beso de fuego, un gesto lleno de amor.

 

Al rozarse las mechas, brotó una chispa mágica:  ¡ la llama de su vida!

 

—¡Estoy brillando! —exclamó la pequeña con un saltito de luz—. ¡Mamá, mira, tengo mi propia luz!

 

La habitación se llenó de un resplandor suave y dorado. Afuera, la noche ya no parecía tan oscura. Al compartir su fuego, la madre le entregó una parte de sí misma, descubriendo que el amor es la única llama que crece cuando se reparte.

 

Así, las dos brillaron juntas, una al lado de la otra, hasta que una brisa suave, como un susurro de buenas noches, las invitó a descansar.

 

—Es hora de dormir, pequeña —dijo mamá—. Mañana será un nuevo día para iluminar.

 

Desde la ventana, una estrella fugaz cruzó el firmamento con una sonrisa, como si el cielo entero celebrara que el mundo tenía una nueva y hermosa luz.

 

  • Autor: Ysabel Gonzalez (Online Online)
  • Publicado: 9 de enero de 2026 a las 09:28
  • Comentario del autor sobre el poema: Cuento para leer con el corazón encendido.
  • Categoría: Cuento
  • Lecturas: 1
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