Capítulo 1: El yo subjetivo
Antes de hablar acerca del espíritu, del alma o de Dios, hay un hecho que no puede evitarse ni negarse sin caer en contradicción: “Hay alguien que está viviendo esta experiencia”. Alguien que lee estas palabras, que las comprende o las rechaza, que está de acuerdo o en desacuerdo. Ese alguien no es una idea abstracta ni una teoría; es una presencia inmediata e ineludible.
A ese alguien lo llamamos, de manera sencilla, yo.
No se trata del nombre propio, ni de la historia personal, ni de los recuerdos, ni de la personalidad. Todo eso puede cambiar, olvidarse o alterarse. Sin embargo, incluso cuando todo eso cambia, sigue habiendo alguien que experimenta el cambio. Ese alguien es lo que aquí llamaremos yo subjetivo.
1. Un hecho más básico que cualquier teoría
El yo subjetivo no es una hipótesis. No es una construcción cultural. No es una conclusión científica. Es un hecho previo a todo conocimiento. Para poder hacer ciencia, para poder filosofar, para poder negar a Dios o afirmarlo, primero debe existir alguien que piense, dude y razone.
Nadie puede pensar por otro.
Nadie puede sentir por otro.
Nadie puede arrepentirse por otro.
Este carácter irreemplazable del yo subjetivo es absoluto. Aunque dos personas compartan ideas, emociones o creencias, cada experiencia es vivida desde un interior que no puede ser ocupado por nadie más.
Este punto suele pasarse por alto porque el yo subjetivo es demasiado cotidiano. Está siempre ahí. Tan presente, que se vuelve invisible. Como el aire que respiramos.
2. El error más común: confundir el yo con sus contenidos
Una confusión casi natural, surge de a interpretación acerca de que el yo es lo mismo que los pensamientos, las emociones o las decisiones. Pero basta observar con atención para notar que el yo no es ninguna de esas cosas, sino aquello que las vive.
Los pensamientos aparecen y desaparecen.
Las emociones cambian.
Las decisiones se toman y luego se olvidan.
Sin embargo, hay alguien que observa todo eso. Ese alguien no es un pensamiento más. No es una emoción. No es una reacción química. Es el sujeto de la experiencia.
Uno puede decir:
“Estoy enojado”.
Pero ese “estoy” ya supone un alguien que se da cuenta del enojo.
Ese darse cuenta no es observable desde afuera, pero es absolutamente real desde adentro.
3. La imposibilidad de eliminar al yo
Incluso cuando alguien intenta negar la existencia del yo subjetivo, cae en una paradoja inevitable: hay alguien que está negando. El acto mismo de negar confirma lo que se intenta borrar.
Esto muestra algo fundamental:
el yo subjetivo no depende de teorías, porque está antes que ellas.
La ciencia puede describir qué áreas del cerebro se activan cuando una persona piensa o siente. Pero no puede responder una pregunta decisiva:
¿por qué hay alguien que vive esa activación?
La filosofía puede reflexionar sobre el yo durante siglos, pero tampoco puede suprimir el hecho básico de que cada reflexión ocurre en primera persona.
4. El reconocimiento bíblico del yo interior
La Biblia no ignora esta experiencia fundamental. Al contrario, la nombra con una claridad que sorprende. En la primera carta a los Corintios se afirma:
“¿Quién conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él?”
(1 Corintios 2:11)
Este pasaje es decisivo. No habla de funciones cerebrales, ni de procesos mentales, ni de comportamientos observables. Habla de lo íntimo, de aquello que solo puede ser conocido desde dentro. Y afirma que eso íntimo es conocido por el espíritu del hombre.
La Biblia reconoce explícitamente que hay un interior personal, inaccesible desde afuera, donde se juega el conocimiento de uno mismo y la relación con Dios. Ese interior no es un objeto entre otros. Es el lugar desde donde se vive todo.
5. El yo subjetivo y la relación con Dios
Cuando Jesús invita a orar en lo secreto, lejos de la mirada pública, no está proponiendo un ritual externo, sino un encuentro interior:
“Cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en lo secreto.”
(Mateo 6:6)
¿Quién entra en ese “aposento”?
No es el cuerpo solamente.
No es una función biológica.
Es el yo subjetivo, el espíritu del hombre, el alguien que puede hablar con Dios sin intermediarios visibles.
Esto confirma algo esencial: la relación con Dios no ocurre en el exterior, sino en el interior del sujeto. Allí donde la ciencia no puede medir, pero donde la experiencia es más real que cualquier medición.
6. Un punto de partida innegociable
Este ensayo parte de una base que no puede negociarse ni reducirse:
hay un yo subjetivo real, previo a toda explicación científica o filosófica.
No se lo puede pesar.
No se lo puede medir.
No se lo puede observar desde afuera.
Y, sin embargo, sin él no habría conocimiento, ni moral, ni fe, ni duda, ni ciencia.
En los próximos capítulos, veremos cómo la Biblia nombra y sitúa este yo interior, cómo se distingue del alma y del cuerpo, y por qué reconocerlo no nos aleja de la razón, sino que nos devuelve a lo más humano de nuestra experiencia.
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Autor:
Estanislao Jano (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 9 de enero de 2026 a las 03:06
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

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